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lunes, 1 de junio de 2015

Una paloma se posó sobre una rama a reflexionar sobre la existencia

Una paloma se posó en una rama para reflexionar sobre la existencia porque no tenía dinero. Es un poema que va a recitar una niña discapacitada en una representación de niños discapacitados, pero que no recitará porque el profesor, que no tiene trazas de estar muy capacitado, ya anuncia con detalle lo que no recitará así que ella sólo asiente y vuelve a su sitio, a su plaza, su butaca. Esa es la sensación en la vida, te adelantan lo que puede ser la vida, pero luego no se cumple, no hay poesía, simplemente esperas en un estacionamiento, en una butaca, en una parada de autobús. Y te preguntas de qué somos capaces realmente. Y te preguntas qué pasaría si consideraras que lo importante no es saber que es miércoles, y que después siempre será el mismo día, jueves, no otro, sino qué día sientes que es. 'Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia' (En duva satt pa en gren och funderade pa tillvaron, 2014), de Roy Andersson, te hace sentir que es otro día distinto del que es porque su mirada abre brechas en el inercial ángulo con el que miramos y representamos la realidad. Es una comedia, pero es tan sombría que supura.
A Sam (Nils Westblom) y Jonathan (Holger Anderson) les gusta hacer sentirse felices a los demás, suministrarles un poco de alegría, aunque su expresividad sea más bien circunspecta, envarada, incluso apesadumbrada en el caso de Jonathan, al que a veces sacude el llanto porque no se siente apreciado por su compañero. Una actitud, una imagen, que no parece ser muy efectiva si eres comercial del espectáculo e intentas vender cajas de la risa, colmillos de vampiro o una careta de un hombre con un diente. Se desplazan como autómatas, y no se diferencian mucho de la maleta y del maletín que portan. Viven en una pensión cuyo pasillo parece más bien el de una prisión. Esa sensación transmiten los encuadres del cine de Roy Andersson. Son planos celda. Planos de larga duración, o larga condena. Parecen viñetas, como los encuadres del cine de Wes Anderson o Ulrich Seidl, viñetas de elaborada composición en la que cuerpos y objetos y vacíos se confunden, indistintos, engranajes de una impecable simetría en la que todo parece en su sitio. Aunque nada lo esté. Los semblantes son cerúleos, como cubiertos por una capa de ceniza, o la primera capa de maquillaje de un payaso. Son espectros que transitan con aspecto inmovilizado la sucesión de encuadres como capítulos deshilachados aunque ajustados con nudo corredizo.
La narración se orquesta sobre gestos y frases que se enquistan como letanías, como si no hubiera nada más allá de los repertorios y los trámites, y no hubiera forma de subvertir la coreografía. Hay quienes se tumban, o se sientan con gesto absorto en la celda de su habitación, porque no tienen dinero. Disponer de tiempo, y preocupaciones, incita a la reflexión. Hay quienes, y son bastantes, se alegran de que a alguien, con quien hablan por teléfono, le vaya bien. Como si estos siempre estuvieran fuera de su realidad, porque a ellos, los que habitan esta celda de realidad disecada, no parece irles bien. De hecho no parece ir nada, como si vivieran en compartimentos estancos. En consonancia, los tiempos se confunden porque realmente no se ha avanzado ni evolucionado mucho. Los tiempos se han apelotonado, cambian las apariencias pero no hay progresión sustancial remarcable. Por eso, varían las letras de las canciones, pero no la música, que es siempre la del aleluya, ese aleluya que parece eludirles. Por eso, en un bar cualquiera en el que entran Jonathan y Sam porque se sienten perdidos y no encuentran una dirección, irrumpen inmediatamente unos soldados de inicios del siglo XVIII que sí parecen saber cuál es su dirección, una guerra, contra los rusos, en la que serían derrotados, con la batalla de Poltava como decisiva confrontación, inicio del fin de Suecia como país dominante en Europa. Su pretensión no deja de ser el reflejo de una arrogancia, humana, demasiado humana, imponerse a los demás, y ejercer la dictadura del capricho, como ejemplifica su rey, Carlos XII, cuando expulsa a todas las mujeres del bar, porque su único interés son los hombres).
Cuatro siglos después, se sigue traspirando derrota. Y poca confianza en el género humano. Un cartel indica 'Homo sapiens'. A continuación, como ilustración, un mono atado con correas sufre descargas eléctricas. Y posteriormente, para remachar cuáles son las principales inclinaciones que definen cuán escasa es nuestra evolución, unos soldados del siglo XIX introducen a unos nativos negros en una especie de gigantesco barril que se usa como asador que se cocina a fuego lento. Homo sapiens, o cómo remarcar la posición dominante mediante el ejercicio de la crueldad. Quien devore antes al otro, gana. Hay resquicios, brechas, en el paisaje lunar de estos planos celdas, cuerpos que se abrazan y acarician, cuerpos que parecen desasirse del envaramiento o de la pesadumbre, esa que te puede condenar a una misma silla en un mismo bar durante setenta años después de una decepción amorosa. Por eso, muchos tienden a contemplar criaturas aladas disecadas en vitrinas de museos. No dejan de ser su reflejo. Seres estacionados que esperan la misma línea de autobús a la misma hora de cada día mientras escuchan el arrullo de una paloma posada en una rama para reflexionar sobre la existencia. Quizá la mente de alguien sí vuele, y sienta que es otro día distinto a aquel en el que se posan los que sólo esperan que la sucesión de los días siempre sea la misma. Quizá alguien sí recite una poesía con su vida alada en vez de apoltronarse en la misma plaza de vida disecada.

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