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viernes, 19 de junio de 2015

The myth of the american sleepover

Aún no sabes que la muerte te sigue, aún no eres del todo consciente de que eres una criatura finita, y vulnerable. Aún estás en ese proceso de transición. Aún estás definiéndote, mirando hacia adelante, pensando cómo seguirá la vida, cómo la perfilarás, y si te acompañará quien deseas y quieres en ese trayecto. Aún estás en esa fase de confusión llamada juventud que quizá no sea como esperabas, como te la habían vendido. No estás exento de las colisiones, las torpezas, las decepciones y los tropezones. Estás en un espacio intermedio, como un verano que está a punto de acabarse. Aún disfrutas de esas fiestas de pijamas que aún mantienen en tu adolescencia el vínculo con tu infancia, con lo que has sido y aún no has dejado de ser, y abre pasajeramente la ilusión de que podrás ya ser alguien que no dependa de voluntades ajenas, la de los adultos, la de tus padres, cuando no haya horarios que marquen otros. No hay uniformes, portas el vestuario de quien no tiene que cumplir obligaciones, como si la noche pudiera ser perpetua, el espacio proscrito, el espacio de los susurros, y las travesuras y transgresiones entre las sombras. En esas fiestas juegas, aún en el espacio difuso de las fantasías, compartes confidencias, juegas a truco o verdad, te sientes carne de adulto exponiéndote como si tus emociones tuvieran consistencia, sustancia, y juegas a quebrar límites en los que se pueden revelar lo que se quiere mantener oculto, lo que se supone que no conviene que sea de conocimiento ajeno. Eres un ser social realizando sus ensayos. Y te maquillas, y haces pasarelas, como actriz social en ciernes para quien la imagen es cuestión social. Es el mito de las fiestas de pijamas americanas. Esa es la traducción del título de la opera prima de David Robert Mitchell, 'The myth of the american sleepover' (2010), en correspondencia con el mito de la juventud, capítulo previo a 'It follows' (2014) sobre la adolescencia y sus sombras, esa edad de transición, un movimiento que busca una dirección y un sentido, y se encuentra con desvíos, estaciones de paso y callejones sin salida.
Más allá de esos ritos codificados, la realidad se presenta un tanto incierta, difusa, como los mismos deseos de unas miradas y emociones en proceso de formación. La realidad es un laberinto en el que predominan las sombras, en el que te cruzas, colisionas y encuentras con otros cuerpos y otras voluntades. Enciendes una pequeña luz, pero puede no ser suficiente. Quizás no te cruces con quien deseas, aquella que es objeto de tus ensoñaciones, aquella con la que cruzaste aquella mirada en el supermercado que parecía abrir una brecha, como un rapto, en el curso de tu vida. Quizás diverjan vuestras rutas en el tráfico de la vida, y os crucéis sin veros. Quizá cuando coincidan adviertas que no ibas en la dirección adecuada, tu mirada podía estar un poco desenfocada, la materia difusa de los sueños, cuando comienza a perfilarse, puede no corresponderse con lo que imaginabas o anticipabas. Quizá la conexión estaba más cerca, esa luz, esa llama, que no habías advertido. Los signos a veces son manifiestos pero no los adviertes, y sigues otros que quizás sean equívocos, y aquella mirada no tenía la significación que proyectabas. No resulta fácil discernir. Las proyecciones también pueden enturbiar la percepción. Puedes desear a un chico, pero también a otro, y esa oscilación se debe a que te estás enfocando, y a veces no deseas a alguien, sino que te determinas también a desear, o a conquistar a alguien, o necesitas contrastar esa indefinida atracción que sientes. Tu cuerpo, al fin y al cabo, es un hervor, y la realidad que sigues es una espesura, y tu mirada tiene que aclarar sus legañas, y pruebas y cometes errores, haces ajustes.
La realidad es como dos gemelas, sabes que gustabas a una, pero a ti te gustan las dos, y no sólo es cuestión de distinguir los signos, es cuestión de distinguir lo que realmente deseas, qué quieres, cuál es la raíz de tu emoción, qué te lo genera, si el anhelo abstracto o alguien concreto, una u otra, no ambas a la vez, como si la realidad fuera intercambiable, como si lo primordial fuera tu proyección. Te das cuenta también de que la realidad es como el recodo aún no visible del tobogán. Piensas que quieres algo, pero te das cuenta después que aún no, y modificas tu perspectiva, y reajustas tus deseos, y la configuración de cómo quieres que sea la realidad, los procesos en los que se conjuga y definen las relaciones. Esa incertidumbre, esa continúa reelaboración define la sustancia de una realidad laberíntica con múltiples recodos en los que portas una pequeña luz y entre los que intentas aprender a advertir cuál es la luz con la que encenderás de verdad tu trayecto en la vida, las compañías que no serán espejismos sino presencias con las que seguir avanzando juntos, creando una dirección, entre las sombras con más sabor a realidad que a mito.

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