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jueves, 18 de junio de 2015

The americans

No sabes cuándo se acabará tu historia, cuando se acabará tu vida. El rollo de película se termina, y generalmente no sabes cuándo, pero a veces sí. ¿Y cuando se combina? Estás inmersa en el mismo ritual que realizas casi cada día, un ritual que te hace sentir conectada con el pasado, que te hace sentir que el lazo que más te unía con la vida, que más te hacía presente, aún vibra como un recuerdo adherido al espacio que compartías con él, con tu marido. Y la muerte irrumpe súbitamente, alguien desconocido, alguien que ignora lo que has vivido, lo que esos rituales significan para ti, pero eres una interferencia en su escenario previsto, y te anuncia que debes morir, y paladeas cada instante, cada minuto, cada segundo, que te queda antes de que desaparezcas, de que tu historia termine, la historia que importa a muy pocos, la historia que sólo vivías tú, mientras consumes pastilla tras pastilla sabiendo que te precipita cada una que ingieres en el abismo sin retorno de la muerte. Esta sobrecogedora, y extraordinaria, secuencia (que situaría entre lo más poderoso visto este año, en cine o televisión); tiene lugar en 'Do mail robots dream of electric sheep', el magnífico episodio noveno de 'The americans', serie creada por Daniel Sackheim, que mejora con cada nueva temporada, como con esta sobresaliente tercera.
La muerte está presente de modo permanente, en particular el hecho concreto de morir, y el hecho conreto de matar. Les confronta con su misión, con la abstracción que es su misión, que implica eliminar y ejecutar cuerpos que son representaciones (rivales, interferencias), hacerles sufrir, como ser testigo de como arden con un neumático alrededor de su cuerpo, o fracturar los huesos del cadáver de la compañera de misiones durante tres años. Acaban con sus historias, pero la historia de su misión se superpone. Son lo que son, actores en un escenario, espías que sirven a su patria, con el propósito de de que prevalezca un mundo más justo, lo que consideran más justo, el escenario ideal. Son espías rusos en territorio americano. Son un par de agentes que parece un matrimonio normal con dos hijos. Y las máscaras se confunden y enredan con la carne, con las emociones y sentimientos. Lo que sienten entre ellos con cómo tienen que actuar con otros para conseguir los objetivos. Establecen otras relaciones, y no sólo ocasionales, meramente sexuales, sino relaciones afectivas de larga duración, matrimonios por conveniencia porque esa identidad les propicia acceso a una información valiosa en el interior de las agencias gubernamentales enemigas. ¿Y cuándo intuyes, o entreves, que quizá esa relación consolidada sea una ficción? ¿Cómo reaccionas? ¿Puedes asumirlo? ¿No preferirás creer que no sea una representación, una falsedad de relación, ya sólo porque sino tu vida se desmoronaría completamente?
La identidad es un disfraz, tu vida una sucesión de representaciones, y la abstracción de la misión se convierte en el puntal, sobre todo para ella, Elizabeth (Keri Russell), porque el de él, Philip (Matthew Rhys), se tambalea, duda, se cansa de supeditar las emociones a las misiones que se ajustan a una abstracción a la que deben plegarse. Y la hija mayor, Paige (Holly Taylor), se convierte en campo de batalla, porque las directrices abstractas (representado en la implacable presencia de Gabriel, encarnado por Frank Langella) marcan que debe ser su relevo, y la perspectiva de ella y la de él difieren (marcar pautas o ser flexibles y dejar espacio para que tome las decisiones). E irónicamente, la hija, en su proceso de definición se adelanta en marcar su posicionamiento, y lo hace con otra rígida abstracción, en las coordenadas religiosas, que no divergen, en su substrato de dogma trascendente, de las ideológicas que rigen a sus padres. Y se encuentran ante un reflejo que desestabiliza el propio porque se confunden, son el mismo aunque sean diferentes, otra letra para una misma música. Y las cadenas ahogan a unos y otros, como al vecino, y amigo, el agente del FBI, Stan (Noah Emmerich), que ve como su matrimonio se descompone, y su esposa le abandona, y se obceca en rectificar sus errores, intentando conseguir que la agente rusa que utilizó en el pasado, y condujo a la desgracia, pueda retornar de su cautiverio ruso. Y los sentimientos se enmarañan en él. En la admirable conclusión del séptimo episodio se acompasa a la acción, un secuestro, la canción de Fleetwood Mac, 'The chain'. Y las cadenas no dejan de oprimir a medida que avanzan los capítulos, sin que la liberación se efectúe.

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