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domingo, 21 de junio de 2015

Tu dors Nicole

No hacer nada es todo un arte. Puede resultar placentero, puede resultar exasperante. Y la vida puede constituirse de muchos momentos de nada, tránsitos o estados de pausa. No hacer nada puede ser una grata elección o una condena. Como puede resultar complicado decidir qué hacer. Tanto que la mejor opción puede irse a un país que sino representa un universo opuesto al propio, al familiar, Canada, al menos sí es diferente, y lejano. Por lo menos, allí brota algo, los geiseres. Porque Nicole (Julianne Coté), tiene en la sensación de que en su vida no acaba de brotar nada, como si fuera una vida en un territorio intermedio entre la infancia y la vida adulta, y los territorios intermedios también se pueden confundir con los atascos. Nicole siente que está dormida en vida. 'Estás dormida Nicole' es la traducción del título de esta magnífica producción canadiense 'Tu dors Nicole' (2014), tercer largometraje de ficción de Stephane Lafleur. Se lo dice en una de las secuencias finales la madre del niño que cuida. Un niño de diez años, Martin (Godefroy Reding), cuya voz es la de un adulto (Alexis Lefevbre). Nicole no sabe aún con certeza cuál es su voz. Nicole tiene 22 años pero parece habitar una edad indefinida en una realidad indefinida que parece fuera del tiempo, del mismo modo que sus padres están fuera, de viaje. Es un espacio aparte, un espacio de ensueño, en blanco y negro porque aún no sabe cómo combinar la gama de colores en su realidad, en ese tiempo entre medias que es un verano, en el que aún parece que se puede desparramar como si fuera una niña, junto a su amiga Veronique (Catherine St Laurent), y perder el tiempo, y luego buscarlo, o dejarse precipitar en su mullida abstracción mientras no se hace nada y te preguntas qué hacer. Pero hay dedicaciones que antes resultaban divertidas y ya no.
Y en la noche despierta y también erra, y camina en la noche, o corre en la calle, o contempla a los vecinos que sacan a pasear a sus perros para que hagan sus deposiciones que luego recogen con aspiradoras, o bebe leche mientras observas a alguien dormir, alguien cuya presencia parece ayudar a despertarla porque le atrae. Le cuesta dormir, quizá porque se duermes con su vida.Sus días parecen cautivos de la repetición como los cientos de prendas colgadas de sus perchas en el almacén de donaciones en el que trabaja. Siente que flota, pero quiere brotar. Nicole se siente como un gran muñeco de peluche que lanzan a un rincón apartado. Porque su realidad parece apartada, por mucho que se desplace en su bicicleta, con cuyo candado no deja de tener dificultades para abrir, como su propia vida, que se le resiste. La realidad es una composición músical que se ensaya, pero no parece que aún se encuentre la conexión necesaria entre las diversas piezas, como le pasa a su exigente hermano, Remi (Marc Andre Gredon), quien siempre acaba insatisfecho con alguno de los componentes de su grupo que, exasperado, acaba marchándose. Y puede que pase con el nuevo batería, Amant (Pierre Luc Lafontaine), la nueva pieza en el entramado difuso de la vida de Nicole, la pieza que no sabe cómo encajar, porque quizá le atraiga, y más si hay alguna interferencia como su amiga Veronique.
Una silla es una silla, una mesa es una mesa y un batería es un batería. Hay que saber distinguir. Hay que empezar a diferenciar. En el principio, la secuencia inicial, Escucha el sonido de unas cascadas cuando despierta, pero no es una cascada real, sino un efecto sonoro, y es una habitación ajena, junto a otro cuerpo indiferenciado cuyos rasgos concretos no importan mucho con quien acaba de disfrutar del sexo. Resulta complicado encajar esas piezas. Entre lo ajeno, lo indiferenciado y lo irreal resulta complicado establecer cimientos. Y cuando comienza a escuchar una música que sí puede gustarle, y empezar a tocar su propio instrumento, la voz que empieza a encontrar en ese territorio indefinido de voces de adulto en cuerpos de niño y mujeres que dejan atrás al muñeco de peluche gigante que gustaba ser porque es un placer hacer nada en esos veranos en los que el tiempo parecía disponer de prorrogas, quizá se enfrente a las decepciones, y los despidos, y los cerrojos que no logran abrirse, y las amistades que se rompen, y los amores que no se cumplen. Pero quizá, también, empieza a sentir que, realmente, Islandia está dentro de ella. Y entonces, brota.

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