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martes, 2 de junio de 2015

Nuestro último verano en Escocia

Si hay una característica predominante en el ser humano sin duda es la inconsistencia. Por eso, en Nuestro último verano en Escocia (What we did on our holiday, 2014), de Andy Hamilton y Guy Jenkin, si algo ha aprendido el septuagenario Gordie McLeod (Billy Connolly) es que desperdiciamos demasiado la vida con disputas y reproches y susceptibilidades. Si uno es demasiado envarado, si otra habla demasiado sin pensar en las consecuencias o implicaciones de lo que dice, si otro es un desastre que no deja de cometer torpezas en sus relaciones con los demás, como quien se queda dormido al volante del vehículo de su vida porque no sabe qué dirección tomar, o quiere tomar demasiadas a la vez, y si hay quien se define por un amplio repertorio de manías que puede asfixiar a los que le rodean y en cierto punto asfixiarla a ella misma cuando implosiona su neurosis (y que puede ser en un supermercado acorde a quien su vida la configura como una arquitectura de estantes clasificados con sus correspondientes etiquetas identificatorias, y a poder ser rebosantes de objetos de lujos), qué más da, para qué enervarse o agobiarse. Como decía el protagonista en una de las más bellas secuencias de El curioso caso de Benjamin Button (2008), de David Fincher, y de la historia del cine, cuando lleva a su padre a que vea el crepúsculo antes de morir, olvidándose de cualquier resentimiento que tuviera hacia él por abandonarle, 'déjalo estar'. De alguna manera es lo que le transmite Gordie a su nieta Lottie (Emily Jones). Para qué tanto aspaviento, para qué tanta tontería. Por qué tanta frustración e ira cuando los demás no se ajustan ni adaptan al escenario de vida que quisiéramos configurar. Qué logramos con ello cuando después de tantas décadas en esta vida te das cuenta de lo poco que sabes.
En Nuestro último verano en Escocia, esa inconsistencia de los presuntos adultos se ve contrapunteada desde un principio por la mirada infantil. Por eso, en el día en el que se han congregado a más de doscientos invitados en la ostentosa mansión de uno de sus dos hijos, el envarado y compulsivo del control Gavin (Ben Miller), para celebrar el que probablemente sea su último cumpleaños, ya que padece cáncer terminal, Gordie opta por pasar buena parte del día con los tres hijos de su otro vástago, Doug (David Tennant), quien prefiere mantener oculto a su padre que se encuentra en trámite de divorcio de su esposa Abi (Rosamund Pike). El contraplano de los hijos evidencia cuánto hay de grotesco en las relaciones enquistadas en las confrontaciones desquiciadas, sin dejar de señalizar la mirada resignada de la desolación (cómo contemplan la discusión fuera del coche, sin sonido de diálogo, entre sus padres), e incluso desmonta las presuntuosidades y los cuadriculamientos (en especial, en su tío). Su lenguaje abre fisuras que buscan crear otra realidad que no resulte tan patética ni arrogante. Sea el lenguaje de las piedras, como la menor Jess (Harriet Turnburn), pizpireta criatura que porta gafas de colores, porque ese así sabe mirar la vida, o la fascinación por los vikingos en Mickey (Bobby Smallbridge): en las secuencias iniciales, en la preparación del viaje, contempla imágenes de Los vikingos (1958), de Richard Fleischer, la secuencia de la primera llegada de la nave al poblado, al son de la exuberante música del cuerno que le recibe, y el funeral con que se clausura la narración. Es la película, y es la música, que inicia y propulsa viajes, y miradas que se sublevan ante una realidad encogida y encorvada.
Para Mickey su abuelo es otro vikingo. Al fin y al cabo, es de otra dimensión, no tiene que ver con sus padres o sus tíos, figuritas atrapadas en sus disputas y manías, en sus mundos de desconcertada o escasa perspectiva, enmarañada en indecisiones y volubilidades o acotada en un ombligo inane de acumulación de posesiones. El abuelo pertenece a la realidad deseada, al mundo del sueño, ese en el que las piedras sí hablan, y tienen más vida que los humanos encapsulados en sus ridículas dramaturgias vitales de restringido repertorio. Por eso, la hermana mayor, Lottie, no deja de tomar nota de todo, como quien tiene que registrar las pautas de un guión para el que tiene que prepararse cuando sea adulta, aunque no le estimule nada, sobre todo porque lo que más tiene que consignar son las mentiras que se supone que debe considerar en las diferentes situaciones. Las mentiras son componentes fundamentales en la enrevesada, y un tanto desnaturalizada, trama de la vida. Por eso, ante tal poco estimulante escenario humano por qué notificar que el abuelo ha muerto plácidamente frente al mar. Por qué no hacer algo especial, que además dignifique a alguien que ciertamente es singular y diferente entre tanto ser anodino y enquistado. ¿Por qué no hacerle un funeral vikingo al que parece el último de los vikingos?
Posdata: Este comentario es sobre la película que es, y a la vez sobre la que podría ser. Puede parecer una contradicción, pero no lo es. Según se mire con el vaso medio lleno o con el vaso medio vacío. Probablemente, los que miran con este segundo vaso remarcarían que hay tanta luz que se amortiguan demasiado los aristas dramáticas y hasta desfigura el encanto singular del paisaje escocés. Dirían que es una versión suavizada de las aproximaciones, sin complacencias ni miedo a los aspectos más incómodos y patéticos o más turbios y siniestros, al mundo infantil que realizaron grandes cineastas como Alexander MacKendrick o Jack Clayton. Y, sobre todo, que en su desenlace, imposta demasiado la voz con las buenas intenciones conciliadoras y aleccionadoras, con lo que resulta una conclusión un tanto torpe que parece licuar sus cargas de profundidad. Pero, aún así, qué más da, 'déjalo estar'. Mejor mirarla con el primero de los vasos, y destacar lo reconstituyente que resulta la combinación de su revulsivo aliento vikingo vital con la irreverente mirada infantil que aún no se ha dejado atrofiar, una combinación que, a ráfagas, sabe dejar al desnudo lo irrisorio de tanta inconsistencia humana, esa que utiliza pantalones cortos en sus neuronas.

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