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jueves, 13 de febrero de 2014

A propósito de Jerry Lewis

Contrastar al personaje que encarna Jerry Lewis en la segunda obra que dirigió, Un espía en Hollywood (1961), con el que interpreta en El rey de la comedia (1983), de Martin Scorsese, supone asistir a una lacerante elipsis, la herida del tiempo que transforma la ilusión en decepción, el irreverente impulso en impávido cinismo. La pantomima que le caracterizó como actor, sus muecas desencajadas que convertían su rostro en una masa moldeable salida de un dibujo animado, se ha transfigurado en una máscara pétrea. Alcanzar el éxito despoja de signos de vida, y convierte más que en un autómata, en un ser deshabitado de expresión severa, rígida, que no deja asomar fisura alguna, para sobrevivir en un medio inclemente. Los espasmos histéricos, neuróticos, son ahora en una máscara coraza que sabe puede ser demolida cuando deje un resquicio de entrada al aspirante. Aquel chico de los recados (The errand boy, título original) de Un espía en Hollywood, que alcanza el éxito como cómico sin proponérselo, ni contemplarlo siquiera como finalidad, es sustituido, en El rey de la comedia, por otro ser espasmódico (aunque este más que gesticulante, verborreico), encarnado por Robert de Niro, que viste con colores chillones que podrían salir de la paleta de las películas de Lewis y Tashlin, cuyo empecinado objetivo, para el cual cualquier medio es válido, tal es su ciego obcecamiento, es llegar a ser un comediante de éxito (y lo consigue). Jerry Lewis no dirigió ya más cine.
Su última obra fue ese mismo año, El mundo loco de Jerry, cuyo título original era Smorgasbord (entremeses), a lo que asemejaban, en un grado u otro, las construcciones narrativas de sus obras, miscelanea de episodios (set pieces de gags), con algún hilo conductor, más que delinearse con el desarrollo de una trama. Una narrativa, sin aparente centro, o armonía, como el cuerpo de una jirafa, de apariencia descoyuntada como el propio cuerpo del interprete Lewis, reflejo de su condición desubicada,y aún en formación, o aún en colisión con el cuerpo social. En su obra subyacía una corrosiva mirada sobre el éxito, la importancia del valor de imagen y de la posición, como sobre la falta de empatía y el narcisismo. Las acciones del personaje de Lewis, en especial en sus primeras obras, se convierten en (involuntarias) descoyuntaciones de un pautado orden, la inconsciente ( por ingenuidad) alteración o perturbación de las cuadrículas de un universo/espacio rígidamente codificado y estructurado, tanto en las obras que interpretó en estos años sesenta para Frank Tashlin, con cuyo universo tiene tantas coincidencias, caso de los grandes almacenes de Lío en los grandes almacenes (1961) y el hospital en Caso clínico en la clínica (1963), como en sus primeras obras, el hotel en El botones (1960), el estudio cinematográfico en Un espía en Hollywood, la residencia en El terror de las chicas (1961) o el colegio en El profesor chiflado (1962).
Otro espacio roturado en el que amplió la demolición fue la noción de identidad, a través de la modelación, en Jerry Calamidad (1963), en la que unos ejecutivos de un Estudio cinematográfico moldean a una figura anónima (Lewis) para convertirle en estrella de cine, o de la multiplicación de los diversos personajes que interpretaba: en Las joyas de la familía (1966) a un chofer como a los distintos tíos que tiene que visitar una infante heredera para escoger a uno como tutor, o en Tres en un sofá (1967) al novio de una psiquiatra, y a los tres novios de tres pacientes. El éxito, la escalada en la sociedad, tiene bastante de enajenación, abocados a ser la posición que detentamos, mientras la identidad se revela como algo en esencia bastante mutable o moldeable, subordinados a modelos establecidos ( y por tanto inferidos como deseables), ampliables a las mismas aspiraciones sentimentales, cuyos cuadriculados parámetros de cánones físicos y de conducta, el valor de imagen, o sus miedos e inseguridades (o la decepción con el amor transformada en susceptible rechazo) disecciona, respectivamente, en El profesor chiflado y El terror de las chicas.
Lo surreal, lo absurdo, que quiebra el verosimil ( como dinamita la propia realidad, una construcción sostenida sobre ficciones), alienta y define el cine de Lewis. En su universo, por ello, todo es posible, como que tras un ejercicio con pesas se estiren tanto los brazos que pueda rascarse los pies en la cama sin moverse (El profesor chiflado), o que en un ajetreado viaje en avión, los bamboleos afecten hasta a los actores de la película que se proyecta (Las joyas de la familia), o que en el interior de una piscina se comunique con carteles, en los que manifiesta que se está ahogando (Un espía en Hollywood), o que como duda de que George Raft sea George Raft lo necesite confirmar realizando ambos un baile juntos (El terror de las chicas). Pero parece que su humor, entre lo naif y lo transgresor, acabó postergado como, en El mundo loco de Jerry, los remeros en las galeras de los sótanos del avión. O dicho de otro modo, a Lewis le cortaron las alas.

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