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viernes, 28 de febrero de 2020

Reina de corazones

La cámara invierte su posición en el primer plano de Reina de corazones (Donningen, 2019), de la directora egipcio sueca May el-Toukhy. Como el giro de 360 grados que cambia una vida. Ya no será lo mismo. En esa secuencia introductoria no se señalará aún qué. Anne (Tine Tyrholm), retorna a casa de paseo en el bosque, y su marido, Peter (Magnus Krepper), con gesto grave, le dice que la policía de Estocolmo le ha llamado para que se desplace allí. No se señala aún por qué. Tampoco qué relación tendrá, en la línea temporal, con lo que después se nos narra. Pero se efectúan sutiles sugerencias. A un plano de las ramas de un árbol le sucede otro de la pareja dormida, con sus hijas. En la imagen de la aparente normalidad subyace un retorcimiento que no se evidencia en primera instancia. Su complemento, pocas secuencias después: a un plano de la copa frondosa de un árbol le sucede un plano cenital del interior de un edificio, unas escaleras. con forma espiralizada. Se acompasa a la nueva llegada de un nuevo componente a su hogar, Gustav (Gustav Lindh), un adolescente de diecisiete años, hijo del anterior matrimonio de Peter. Un adolescente, en primera instancia, que parece complicado, una discordancia o perturbación, por ciertos aspectos de su conducta: discute con su padre, roba en casa… Pero ¿qué hay tras esa apariencia disconforme y, en ocasiones, áspera?¿Es él el componente retorcido?
Anne es abogada. Defiende a quienes reciben abusos o maltratos, aunque, los resultados sean insatisfactorios, como a una chica joven, cuya denuncia es desestimada, en parte, por su promiscuidad, o cuando no consigue que una niña quiera denunciar a su padre por maltratos. También en la vida de Anne, bajo las apariencias, se advierte insatisfacciones. En ocasiones, la cámara la aísla de sus amigos, cuando se reúnen, como si estuviera y no estuviera a la vez. Hay ramas, que no son frondosas, que se agitan en su interior. Y su mirada se desvía, y centra, en quien representa la disconformidad, y sugiere frondosidad, esa que siente que comienza a secarse en ella misma por las inercias de las rutinas y los deterioros de la edad. Y Gustav se convierte en lo que representa para ella, su juventud, la frondosidad de la ilusión renovada. Pero las fantasías colisionan con la realidad, o se pueden combinar durante un tiempo pasajero sino se quiere que provoque la implosión de los cimientos de la costumbre.
Lo que parece un sueño deviene una pesadilla cuando las actitudes colisionan. Cuando choca la actitud de quien no separa escenarios, y simplemente se mueve por deseos y sentimientos, con la de quien compartimenta la realidad en escenarios. Para Gustav ella se convierte en centro, pero para Anne él no es sino el pliegue de un sueño que esconde en un bosque con apariencia de sótano. La divergencia entre lo que quieren, y quieren o pueden asumir, retuerce la circunstancia. La frondosidad se torna ramas secas y retorcidas. Anne se convierte en una actriz que defiende el escenario que no quiere desmontar ni derruir sino hacer prevalecer.
Reina de corazones evidencia, o recuerda de modo pertinente, en tiempos de desquiciada corrección política sobre los victimarios por pertenencia étnica o género sexual, cómo el maltrato o el abuso lo realiza cualquiera, sea cual sea su condición identitaria. Toda discriminación, sea no sólo por etnia o género sexual, sino también por tendencia sexual o afiliciación política, credo religioso, o el que fuera, es un despropósito y una aberración, pero cualquiera, en posición de poder, o por impulso, puede ser retorcido, abusivo y cruel. Cada cual protege como sea el escenario conveniente, el escenario que quiere que prevalezca, su propio escenario, y cualquier medio es válido. El réptil que hay en el ser humano dispone de una piel que asemeja a las máscaras. Es parte de la condición humana. Lo que nos distingue es la actitud que se evidenciará en nuestras acciones.

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