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jueves, 20 de febrero de 2020

Una vida oculta

Una vida oculta, una vida cualquiera, una de esas vidas anónimas que han conseguido que el mundo avance o progrese, no sólo en la vertiente material o tecnológico, sino en esa asignatura aún pendiente para tantos humanos que es la inteligencia emocional. Una vida oculta (A hidden life, 2019), de Terrence Malick es una obra sobre una anomalía, la integridad. La integridad que no sabe de concesiones ni de conveniencias. La integridad que actúa de modo consecuente a lo que piensa, siente y cree. No importa lo que su entorno piense, aunque le aíslen y desprecien por desmarcarse de lo que los demás piensan o aceptan (sumisos), ni importa lo que piensen aquellos que comparten su credo, católico, incluso los altos representantes eclesiásticos. Todos le empujan a que se pliegue a la voluntad dominante, a la que exige pleitesía. Por eso, durante la mitad de la narración, Franz Jägerstätter (August Diehl), que vive en Radegund, una pequeña localidad austríaca entre montañas y valles, dedicado a su granja, su esposa y tres hijas, espera que no le llegue la carta que implique la llamada a filas porque eso supondría la exigencia de que jure lealtad al ideario nazi. Pero la carta llega a finales de febrero de 1943. Y Franz no puede hacer lo que no siente. En cierto momento señalará que no considera que piense que tenga razón, y los otros no, él no sabe muchas pero sabe que no puede hacer lo que piensa y siente que está mal. A su alrededor todos cuestionan el absurdo de su decisión. Su acto carece de transcendencia, no modificará la realidad, nadie sabrá de su decisión, es una mota de polvo de la que nadie se percatará, será un gesto que no alcanzará resonancia alguna, como si su eco sólo se propagara en el vacío. Sea su abogado, su obispo o quien preside el tribunal militar, todos resaltan la inutilidad de su gesto. Nada conseguirá manteniéndose fiel a su forma de pensar y sentir. Perderá todo lo que tiene, dejará de ver a los que ama y le aman, perderá incluso la vida. ¿Por qué no hacer lo que le exigen, y mantener su creencia en su intimidad?¿Por qué no bajar la cabeza, y cimentar la vida en las concesiones que todos realizan para sobrevivir, para mantener un trabajo, para poder pagar su hipoteca o mantener a su familia?¿Por qué no ser como cualquiera?¿Por qué desperdiciar su vida siendo fiel a sí mismo, siendo íntegro, actuando de acuerdo a lo que piensa y siente aquel que comparte toda nuestra vida, uno mismo, aunque a nadie, o muy escasos, importe o afecte lo que haga o deje de hacer? Franz es el bastión de ese don preciado que es la integridad. Se mantuvo fiel a cómo pensaba, aunque implicara su ejecución, en agosto de 1943.
El cine de Malick es una rara anomalía. Su sentido del montaje es el tejido de un cuerpo emocional. Es un trance, una ceremonia narrativa. No combina escenas sino que hila una emoción que sostiene, con las variaciones de su modulación, durante su trayecto narrativo. La vida oculta está modulada sobre un constante filo, el filo de la aflicción y la desesperación, contrapunteada por la armonía y la conciliación amenazada. Es un trayecto entrecortado, la planificación de las conversaciones, los encuentros, no se define por la continuidad, sino por los tajos, o esquirlas, como las composiciones, con profundidad de campo, en ocasiones quedan distorsionadas, como la armonía que se desfigura. El hilo emocional se teje con hebras quebradas o desajustadas. Se siente la naturaleza, la materia de que está constituida (la niebla o las montañas, el agua, la hierba o la roca), y la extracción que brota de la incapacidad del ser humano de conciliarse con su entorno y los demás. La construcción narrativa de La delgada línea roja (1998) se inspiraba en la de otra obra magistral, ¡Qué verde era mi valle! (1941), de John Ford, en la que se describía la armonía y felicidad (posible) en sus quince minutos iniciales, y después se narraba su desintegración. En la de Ford eran todos los compartimentos que el ser humano instituye como estructura social, el sistema laboral, la misma familia, la educación, la religión, las diferencias de clases. En todas demuestra su falibilidad, su tendencia al abuso, al estigma o a la desigualdad. En la de Malick, era la institución militar y el teatro de la guerra como emblema de la sublimación que tantos humanos realizan del ejercicio del daño, tan fácilmente justificable por una idea abstracta o una emoción personal.
La dualidad cimenta Una vida oculta, como a un plano de la guillotina en la que será ajusticiado Franz le sucede un plano de las aguas de un río. Una vida muere, pero el flujo (de otras vidas) prosigue. El silencio de la naturaleza que vibra en las aguas, testigo de la ciega y soberbia inconsecuencia del ser humano. En este caso, no es el escenario bélico de la guerra del Pacífico, sino el reducto interno desde el que se gestó la guerra en Europa. En aquella, desentonaba la figura del soldado Witt (James Caveziel), anomalía que no quería infligir daño y violencia en un escenario codificado al que se plegaban, incluso, los que, como el oficial que encarnaba Nick Nolte, eran conscientes del desatino del que formaban parte, y que él habilitaba como un esbirro más. En esta, Franz se resiste a aceptar un escenario que se impone como realidad. Todos sus vecinos le desprecian por ello, e incluso los hay que le insultan o agreden, por pensar diferente, o por actuar de acuerdo a lo que quizás otros no se atreven a expresar. Franz, como Witt, se guían por el impulso de armonía, de empatía por el otro (aunque vaya esposado, se preocupa de ayudar a alguien a recoger algo que se le haya caído): En cierto momento, alguien se pregunta para qué sirvió la muerte de Cristo, si veinte siglos han demostrado que resultó un ejemplo o gesto inútil porque ha prevalecido la tendencia humana a infligir el daño y destruir. Franz soporta su martirologio, los desprecios e insultos, las humillaciones y torturas que sufre durante su detención. La narración se enrosca, como una conmoción que es flujo, en las preguntas que se realizan en dos diferentes momentos, para qué fuimos creados y para qué vivimos. Se enrosca con la desesperación que mira a las montañas como si alguna respuesta fuera factible en su silencio. La extraordinaria banda sonora de James Newton Howard

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