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martes, 19 de agosto de 2014

Il giardino della dellizie

El jardín de las delicias puede convertirse en una pesadilla, como en el principio ya está su destrucción, como se revela cuando se abre el tríptico que compone 'El jardín de las delicias' de El bosco. Se abre, y ya es visible el infierno, la conclusión en el siniestro y tortuoso panel de la derecha. También una noche de bodas puede convertirse en una pesadilla, y derivar en un tortuoso infierno, en el que el irritante goteo continúo de la cisterna es la exasperante banda sonora de una decepción y una frustración cuando toda música de la ilusión es sustraída, y la muerte en la mente que proyectaba esa ilusión se corporeiza en el cuerpo que la inspiraba. Ese es el trayecto que padece Carlo (Maurice Ronet) en la fascinante 'Il giardino della delizie' (1967), de Silvano Agosti, una obra de la que fueron recortados veinte minutos por mandato de la censura (o del Vaticano: aun así permanecen imágenes como la sustitución de un Cristo crucificado por una muñeca). Ese trayecto se condensa en tres fragmentos de la pintura de El bosco que se destacan en el prólogo: 'El sueño de Adán', 'El pecado original' y 'La caída del Eden'. Previamente, incluso, en las primeras imágenes de ese prólogo se condensa ya ese sueño de Adán a través de la figura del robot que suplantará la identidad de la disidente María en Metropolis' (1926), de Fritz Lang. La proyección, la idea que se anhelaba hacer cuerpo. La autómata, la muñeca, que se intentaba modelar, pero la mujer se ha sublevado, se ha quedado embarazada, no se ha dejado domesticar, no se ha plegado a su voluntad, la realidad no se ha acomodado a las fantasías.
La decepción ya arrasa a Carlo, expuesta en las breves imágenes iniciales de la boda que concluyen con un vaso que cae y se rompe, y en su expresión al llegar al hotel, como un fúnebre autómata, la voluntad doblegada. No deseaba casarse. Carla (Evelyn Stewart) está embarazada de tres meses. La delicia se ha tornado tortura. Aún en la cama, Carlo lucha consigo mismo, no quiere de nuevo volver a caer en la tentación, dejarse llevar por el instinto y abordar ese cuerpo que observa y recorre con la mirada mientras duerme, porque ya supuso que cayera en una vida que ya siente como trampa y clausura. Los planos cerrados se combinan con planos más abiertos, como un descoyuntamiento, en el que los planos detalles son fisuras, como la realidad se ha fracturado, los nexos se han disuelto, es una deriva. La narración se va asfixiando, y descentrando. Se combinan los tiempos, evocaciones de la infancia, discusiones previas con Carla, y otros imaginarios, algunos que adelantan acontecimientos, una sucesión de planos de Carla en distintas situaciones de la opresiva futura convivencia que Carlo imagina. La narración se precipita, como notas musicales que se disgregan, en ese desorden que agita a Carlo, alguien que siente que 'ha sido adiestrado en la vida como el perro al que enseñan a caminar', y que de repente ha perdido el paso, porque siente que la vida es obra de un prestidigitador. Era un engaño, un truco, una impostura. El sueño se hizo escatalogía.
Ahora no puede dormir, porque su mente es como esa cisterna, dominado por un ruido, un fragor, que le convierte en una sombra errante por los pasillos. Hasta la duda se establece sobre lo que puede ser real o imaginario. Quizá el niño que mira cómo él introduce bajo la mesa la mano en la entrepierna de Carla es él mismo. Quizá él mismo sea su propio íncubo, dominado por su pesadilla, como la irrupción de esa súbita imagen siniestra de un rostro deformado que resulta ser una máscara que portaba de pequeño cuando se arrastraba por el suelo en el umbral del dormitorio de sus padres para observar furtivamente cómo disfrutaban del sexo. Hay una mujer enfrente, sin nombre, que encarna Lea Masari, con la que no cruza palabra, pero con la que hace el amor, entra en su habitación, y despierta al día siguiente en su cama, ambos desnudos. Puede dejarse llevar por esa tentación que se niega con Carla ,y esa negación se corresponde con la degradación de su cuerpo, con la enfermedad que hace mella en el cuerpo de Carla y que parece acompasada a su rechazo y desprecio en una sonrisa congelada, como si esa infección fuera la que Carlo necesita expulsar de su propia mente. Sus vómitos son los de su mente. Carlo añora el cuerpo, no la prisión en la que siente que se ha convertido su vida. No atender a su esposa enferma, no suministrarle la medicina, mientras hace el amor toda la noche con esa otra mujer con la que no intercambia palabra alguna porque no hace falta, porque no hay pensamientos ni nombres, sólo cuerpos, sensaciones, liberación, fuga, dejar morir a su esposa es matarse, dejarse arrinconar por la amargura y la frustración, volver a la autómata, al sueño y la proyección, a la pantalla en blanco, al cuerpo inmóvil, ahora ya no promesa que respondiera a su voluntad y deseos, sino muerto, el cuerpo que ya no puede sublevarse. El infierno se hizo silencio. La pantalla se apaga. Una extraordinaria secuencia que refleja la belleza de este prodigio nada conocido (tres palabras sólo, gestos, cuerpos, miradas, movimientos, sudor, elipsis con interrogantes adheridas, una ceniza en la bañera, un uso admirable del sonido: olas, pájaros... Un delicioso/inquietante pasaje de la hermosa banda sonora compuesta por Ennio Morricone.

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