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martes, 19 de agosto de 2014

Hud, entre cuerpos y maniquíes, entre McMurtry y el fantasma de Tennessee Williams

Melvyn Douglas y Patricia Neal durante el rodaje de 'Hud' (1963), de Martin Ritt. Ambos dan un recital interpretativo (añadiría que ambos ganaron sendos Oscars pero eso no es indicativo de calidad ni de lo contrario).. Douglas transita los senderos de la sobriedad que es silenciosa exclamación de la integridad que se mantiene tenaz, inexpugnable, y que sólo puede ser vencida por la propia naturaleza, por la muerte, por una epidemia que asola su ganado, y derrota la inversión de una vida, o una caída del caballo que remata tu impotencia y te desaloja de la vida. Neal transita los sutiles mares de los matices, esos que son escurridiza coreografía en los silencios, en las pausas entre palabras, y las hondonadas de la mirada, allá donde un brillo o una sombra insinúan el recorrido de una vida, las estaciones donde se detuvo para recuperar impulso, las vertebras dolidas de su corazón, las costras con las que se ha ido protegiendo como polvo que oculta en la intemperie. La interpretación de Douglas es firme prosa, el fragor de los seres extraordinarios de otros tiempos aún no corrompidos. Neal es temblor de versos, la tristeza haciendo filigranas con una sonrisa. A su lado, Newman queda desdibujado, una figura envarada que no logra dar el suficiente cuerpo a la podredumbre que ya carece de escrúpulos y cuyo horizonte es exclusivamente él mismo. No se palpa pasado alguno, las hiedras de sus amarguras y frustraciones, el manantial que se fue pudriendo. En 'Hombre' se protegió interpretativamente en la impasibilidad de su personaje, para no quedar en evidencia ante las inmensidades actorales de Fredric March o Richard Boone, Aquí su presencia se asemeja a la de un maniquí entre cuerpos. Siendo una adaptación de una obra de Larry McMurtry, se echa en falta, en buena parte de su narración, la respiración del tiempo, el aliento de un espacio, de la huella de las personas que lo habitan, los matojos que ruedan por las calles deshabitadas o las expresiones que se quedan disecadas por un instante en la distancia, de otra adaptación de una obra de McMurtry, la estupenda 'La última película' (1971), de Peter Bogdanovich. Se percible cierto envaramiento. Por momentos me parece más cercana a esa espesura escénica, de aire retenido, de buena parte las adaptaciones de obras de Tennessee Williams, aunque hay secuencias en las que parece que elude el construir la planificación alrededor del texto, como da la sensación en las adaptaciones de las obras de Williams. Y eso que aquí se adapta una novela, pero hay momentos que se resienten de cierto toque impostado escénico (la aparición en la noche del padre, arrastrándose en la carretera), aunque es descarnadamente espléndida la secuencia en la que tienen que matar al ganado enfermo.

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