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miércoles, 6 de mayo de 2015

Brubaker

'Brubaker' (1980), de Stuart Rosenberg es una de las obras más representativas, dentro del subgénero carcelario, de la vertiente que, de modo más directo, se centra en reflexionar sobre la misma institución. Específicamente, ficcionaliza el ensayo de Thomas O Munston y Joe Hyams, 'Cómplices de un crimen: El escándalo de la prisión de Arkansas', centrado en los intentos reformistas de Munston, entre 1967 y 1968, en las granjas penitenciarias de Tucker y Cummins en Arkansas. Munston fue requerido como asesor técnico, y se percibe en la minuciosidad de la ambientación, en la veracidad que rezuma, su concreción y fisicidad, su mejor cualidad. 'Brubaker' incide, como otras obras previas de esa década, que transcurren el ámbito carcelario, caso de 'Rompehuesos' (1974), de Robert Aldrich o 'Fuga de Alcatraz' (1979), de Don Siegel, en la cuestión de abuso del poder, haciéndose eco una convulsión social cuestionadora, que sería prontamente amordazada y reconducida hacia senderos de triunfalismo patrio, representada en los músculos de los héroes de acción de los ochenta. Del caso Watergate que sacudió la consciencia de las escasa fiabilidad de los estamentos del poder, revelando fisuras con formas de barrotes se pasaría diez años después al caso Irangate, que aún así no lograría remover los cimientos de una bien establecida prisión invisible de una dictadura económica que favorece a unos privilegiados que detentan las posiciones de poder. Figuras como el protagonista, Brubaker (Robert Redford) parecen figuras de un tiempo pasado, y su final, excluido por querer transformar radicalmente un conglomerado de alianzas de intereses que no permite la transgresión del statu quo, no deja de ser elocuente. Personajes como Brubaker quedan fuera del juego. Como le señala la senadora Gray (Jane Alexander) que apoya sus intentos de transformación, no se puede ir frontalmente con los cuestionamientos, hay que saber jugar en el escenario político para conseguir lo que se quiere haciendo ciertas concesiones. Pero, como expone Brubaker, aunque ella crea que es así, ambos no son iguales, no buscan lo mismo como ella cree. Las concesiones derivan en corrupción.
Los primeros pasajes, aquellos que narran cómo Brubaker se hace pasar por recluso para averiguar qué tratamiento reciben los prisioneros, no están inspirados en la experiencia de Munston, sino en la experiencia del alcaide de Sing Sing Thomas Mott Osborne, quien en 1913, hizo algo parecido en una penitenciaria del estado de New York, Auburn state. Esta variación remarca el ángulo sobre el que se edifica la obra. El ángulo que busca la otra perspectiva. Los que rigen y configuran las institución carcelaria establecen una separación con respecto a los reclusos, que son condenados, son seres de otra ralea. Lo que propicia el abuso de autoridad por cuanto el recluso se convierte en una entidad cercana a la cosa, y aún más a la excrecencia. En este caso concreto, alcaide y guardianes son señores feudales que disfrutan de los privilegios de su posición, de la que se aprovechan incluso financieramente, en sus tratos con diversas empresas, para las que utilizan los obreros como mano de obra, o apropiándose de materiales que deberían estar destinado a los reclusos, para hacer negocio con los mismos. La institución carcelaria es una combinación de estamentos feudales y capitalismo canibal.
Brubaker se preocupa de la otra mirada. Ve cuerpos y seres que, aun aislados y apartados en un espacio que les separa de la realidad como sanción, no tienen porque ser maltratados o degradados. Brubaker destapa una corrupción que se extiende largamente en el tiempo, literalmente pretende levantar las tumbas de todos los cadáveres de prisioneros cuya muerte fue silenciada. Y corrupción de tal envergadura no puede ser permitida por los que detentan el poder. Hay grados de abuso de poder que pueden incentivar a una sublevación, a la transformación radical de un sistema. La sociedad se erige sobre esos cadáveres, pero deben permanecer ocultos, y así hizo la propia sociedad estadounidense, fue la opción que venció en el pulso. En principio la obra iba a realizarla Bob Rafelson, pero fue reemplazado por Stuart Rosenberg, quien ya había realizado en 1967 una obra centrada en ambiente penitenciario, 'La ley del indomable' (Cool hand Luke), mitificada en el imaginario cinéfilo por una ingesta de huevos, pero también declarativa de una derrota anunciada, como enuncia su final trágico. Los que no querían ser domados eran eliminados, o como Brubaker, excluidos. Se quedó solo, y cierto que es la unión hace la fuerza, pero parece que suele ejemplificarse más en el caso de quienes quieren mantener su posición de poder privilegiada permitiendo sólo unos mínimos cambios, aquellos que no hagan evidente el hedor de la corrupción.

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