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viernes, 17 de enero de 2025

Hombre lobo

 

Hombre lobo (wolf man, 2025), de Leigh Whannell es una de las propuestas más sugerentes, y a mi parecer logradas, entre las múltiples obras realizadas sobre la licantropía, con La maldición del hombre lobo (1961), de Terence Fisher, a la cabeza. Una aguda reflexión sobre nuestra intemperancia, en las relaciones, o la bestia latente en nosotros. En primer lugar, resulta estimulante que se realicen películas tan inspiradas con una duración que escasamente sobrepasa la hora y media, y además con escasas localizaciones, y pocos personajes, y cuya acción transcurre en un breve periodo de tiempo, como es el caso de varias obras que se estrenan en las mismas fechas, caso también de Mikaela, de Daniel Calparsoro, Amenaza en el aire, de Mel Gibson o Septiembre 5, de Tim Fehlbaum. La acción dramática de Hombre lobo transcurre, mayormente, durante una noche, en una cabaña de un bosque, y aledaños, con tres personajes intentando superar una amenaza. En segundo lugar, también resulta estimulante cómo, aunque se hayan realizado tantas aproximaciones a la figura del hombre lobo, aún se puedan plantear perspectivas singulares. Whannell ya lo había conseguido también con su mordaz (re)planteamiento de El hombre invisible (2020). Y de nuevo el enfoque, metafórico, focaliza en la dinámica de las relaciones afectivas. En concreto, en el miedo y la intemperancia como reflejo de un desajuste (incluso potencial en nuestros impulsos)

En las primeras secuencias de Hombre lobo, planteadas con un calmo tempo, sobria planificación y escaso uso de música, queda patente cómo al niño Blake su padre le impone sobremanera. Cómo se prepara y hace su cama con pronta rapidez tras que se le avise de que es hora de desayunar. Padre e hijo salen de caza. Dos acciones destacan, porque dispondrán de su correspondencia en las secuencias finales. Una, es la contemplación de un hermoso valle, la inmensidad de la naturaleza. Pero ¿Cuál es la nuestra?. Durante su trayecto por el bosque, el padre cuestionará a su hijo que no atienda de modo adecuado a lo que dice porque el propósito de sus indicaciones es la enseñanza para la supervivencia (como cuando le habla de unas setas venenosas). Su padre le indica que es muy fácil morir. De nuevo, el hijo será cuestionado cuando salga corriendo, separándose de él, sin decir nada, para buscar un mejor ángulo desde el que disparar a un ciervo. Una amenaza, que no logran visibilizar, determinará que suban a una caseta de observación. Lo que les amenaza asciende hasta ellos, pero, sin que se le visibilice, se retira. Ya los títulos de crédito han hablado de un hombre que fue mordido por un animal y que se supone vaga por los bosques; de acuerdo a las leyendas de los indígenas, se les llamaba cara de lobo. El padre está determinado a buscarlo, porque su principal propósito es proteger a su hijo.


Una elipsis nos traslada treinta años después. Ahora Blake (Christopher Abbott), escritor, es padre, de una niña, Ginger, y está casado con Ginger (Julie Garner), periodista. Tres secuencias condensan cómo a Blake, en ciertos momentos, le supera la intemperancia, sea con su hija, al recriminarla que no la escuchara cuando, en la calle, le dijo que se bajara de unas obras, porque se ponía en riesgo, o sea con su esposa, cuando, por dos veces, le indica, cuando ella llega a casa, que se vaya a otra estancia a seguir conversando por el móvil (como si no tuviera en consideración el efecto en otros; pero ella replica que era una llamada importante). Es una conversación, como él explicitará con ella en la siguiente secuencia, que indica que en su relación hay un cierto desajuste (que propicia esas intemperancias: las intemperancias son signos de alarma). En cuanto a la relación con su hija, Blake le dice que los padres quieren evitar que sus vástagos tengan cicatrices pero en ocasiones por su celo precisamente las provocan. El celo se torna intemperancia, la bienintencionada preocupación se torna daño. Ese el substrato metafórico de este enfoque sobre la licantropía. Y Whannell lo sugiere, con precisión, en una introducción que destaca por la capacidad de condensación. La amenaza no visible. La amenaza tras la buena intención. El desequilibrio de la furia contenida incluso en los buenos propósitos o las justas reclamaciones (pero que no consideran otros ángulos). La naturaleza de nuestra bestia en los detalles cotidianos.

El desarrollo dramático acontecerá, sobre todo, en la cabaña del padre, al que se ha dado por muerto tras largo tiempo desaparecido después de una incursión en el bosque. Cabaña a donde vuelve el hijo, que llevaba sin retornar muchos años, ya que cortó comunicación con su padre (por tanto, una relación dañada por los desajustes que se tornó distancia). Viaja, para recoger sus pertenencias, con su esposa e hija, con el propósito, también, de reconstituir la relación marital. La dosificación de las circunstancias de amenaza son espléndidas. En principio, jugando con lo entrevisto, o con las sombras, y con un notable uso del espacio y de la oscuridad (de lo no visible). La amenaza externa es reflejo de un influjo externo, de una herencia, en nosotros, que no solo se restringe a la herencia del temperamento de nuestros padres, sino en un sentido amplio, al ser humano como especie. La amenaza interna, en la propia familia, la transformación de Blake, es el reflejo de esa herencia, las intemperancias, la furia que no controlamos, como arma de daño, por bienintencionado que sea nuestro propósito. En la mutación colisionan y forcejean el amor y la enajenación de la furia, el colmillo de la bestia. En las secuencias finales, en la caseta de observación, sí se visibiliza la amenaza, como la transformación es el reflejo de la bestia que somos o podemos ser en cualquier momento, la criatura dañina que en potencia somos. En la inmensidad de la naturaleza, de nuevo, resuena la interrogante ¿Qué o cómo somos?

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