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viernes, 24 de enero de 2025

The brutalist

 

La expectativa sobre películas que han recibido superlativos parabienes en sus primeros pases, por ejemplo en festivales, dirigidas por cineastas que hasta entonces no han suscitado particular entusiasmo se asemeja al temor por una tierra movediza camuflada. Es el caso de Brady Corbet, con The brutalist (2024), la cual, presentada en Venecia, fue recibida como una excepcional obra que parecía salirse de cualquier coordenada, y a la vez parecía recuperar esa dimensión más grande que la vida de las superproducciones de las décadas de los sesenta o setenta con su uso del formato de Vistavisión y su larga duración de tres horas y media. Como si representara (recuperara) al Cine con mayúsculas, en contraposición a lo que ofrecen las plataformas televisivas (por mucho que ya, a diferencia de décadas atrás, en el siglo pasado, no haya diferencia particular entre formato televisivo y cinematográfico). El temor provenía, en mi caso, de que sus dos largometrajes anteriores, La infancia de un líder (2015) y Vox Lux: El precio de la fama (2018), no me habían cautivado. De hecho, me habían parecido sobrecargadas y afectadas. Más pretenciosas que sustanciosas. Pero quizá por el deseo de ser espectador de una obra que desafíe moldes y además evoque un tipo de cine que raramente encuentra su eco en estas últimas décadas confié en que The brutalist pudiera ser una película que sorprendiera y conmocionara y sobrecogiera. Ya se han dado casos en los que un cineasta me sorprendía con una notable, cuando no excelente, obra pese a que su previa filmografía no me había resultado prácticamente atractiva o interesante. Interesante sí me pareció The brutalist, pero no me suscitó entusiasmo.

El título alude a un estilo arquitectónico, el brutalismo, caracterizado por construcciones minimalistas en las que no importa la vertiente decorativa sino que se resalta la materia usada para la construcción, como el hormigón. Importa la estructura más que la vistosidad de proporcionan los ornamentos, o el mismo color. Surgió en la posguerra, con particular incidencia en Gran Bretaña. The brutalist es una obra que a través del pasado intenta ser metáfora de un presente. Es una obra que pone en primer término la entraña clasista en la sociedad estadounidense, por tanto su materia básica desnuda, y además , por añadidura, expone la colisión o el pulso entre el creador y el empresario o inversor. Un inmigrante, húngaro, arquitecto brutalista, Laszlo Toth (Adrien Brody), llega, en 1947, a Estados Unidos. Un largo plano secuencia, en primer plano, que lo sigue por un espacio oscuro hasta que sale a la luz, la superficie, y contempla la Estatua de la libertad. El símbolo del país al que llega tras una travesía de padecimientos en Europa, por judío (por lo tanto, superviviente de un holocausto). Pero lo que parece no tiene porque ser. Su primera colisión se producirá con su primo, Attila (Alessandro Nivola), quien le ofrece cobijo y empleo, en su empresa de diseño de interiores, pero la conducta, inesperada, de Audrey (Emma Laird), la esposa de su primo, por sus relatos acusatorios (en cuanto conducta inapropiada), determinará que sea rechazado por su primo. Su segunda colisión, de más largo recorrido, será con otro superior, pero representante de la (dominante) identidad estadounidense, el millonario Van Buren (Guy Pearce), quien, tres años después, requerirá sus servicios como arquitecto para crear un espacio comunitario de grandes dimensiones, en honor de su madre, con gimnasio, teatro, biblioteca y capilla. Van Buren es el prototipo de hombre blanco, no lejano de lo que puede representar Trump, que, como dice su hijo, Harry (Joe Alwyn), tolera a los inmigrantes. Tras sus palabras admiradas se camufla la condescendencia de quien a la vez que se siente superior envidia la singularidad, no por posición y posesión, sino por talento, lo cual le reconcome. Y a quien la envidia reconcome no tardará en evidenciar que la sonrisa de la admiración pueda tornarse en colmillo de abuso.


Resulta prometedora, interesante, esa primera mitad, la primera colisión y el afianzamiento del vínculo contractual con Van Buren, tras un primer rechazo, ya que la primera reacción de Van Buren al ser conocedor de la renovación de su espacio personal, con la construcción de una nueva biblioteca, ocurrencia de su hijo Harry, será más bien colérica. Por eso, esta primera reacción, aunque Van Buren la intente justificar por la reciente muerte de su madre, sedimenta la sensación de que es un hombre que pese a sus recurrentes sonrientes muestras de admiración puede sorprender con algún giro de conducta que no sea precisamente cálido sino todo lo contrario. Y así será cuando la relación se irá agriando con reveses financieros y conductas abusivas. Su culminación acontecerá precisamente en un espacio de materia básica, la cantera, lugar de extracción del mármol, en Carrara, Materia básica: abuso. En paralelo, Toth seguirá lidiando con su adicción a la heroína y recuperará, tras larga separación, la relación con su esposa, Erzsébet (Felicty Jones), ahora inmovilizada, por osteoporosis. Pero en este segundo segmento, pese al expresivo tratamiento tenebrista de la iluminación y los colores, comenzará a asentarse cierto regusto por el tremendismo y la afectación. Por mucho, que se evoquen a películas como La puerta del cielo (1980), de Michael Cimino, en la que coincide por su planteamiento crítico de la naturaleza clasista de la sociedad estadounidenses, ya desde sus orígenes, The brutalist dista de su magisterio. Y, de nuevo, evocar a David Lean, en particular Lawrence de Arabia (1962), puede resultar desorientador. Es como mencionar un océano con respecto a un modesto arroyo. The brutalist, pese a su interés, no es lo que calificaría como el Cine. No conmociona, sino que se sobrecarga, entre el énfasis y su regusto por la turbiedad. Sus sugerentes apuntes críticos se diluyen en cierto autocomplaciente manierismo y en el deleite por los aspavientos o golpes de efecto dramáticos y formales.

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