Paul Schrader decidió comprar la novela Aflicción, de Russell Banks (publicada en España por Anagrama), tras quedar cautivado por sus primeras líneas. Schrader sintió que reconocía a sus personajes. Aunque su padre no fuera alcohólico ni abusivo, conocía de primera mano esas conductas masculinas, esas agresivas relaciones paternofiliales. Concluida la lectura decidió adquirir sus derechos, pero tardaría cinco años en conseguir la financiación necesaria para poder realizarla. Ya tenía claro desde un primer momento que sería Nick Nolte quien debería ser el protagonista, aunque Willem Dafoe, a quien enseñó la novela durante el rodaje de Posibilidad de escape, aspirase a encarnarlo. Si aceptó interpretar a Rolfe, el hermano menor, aunque intervenga en escasas secuencias, fue por su admiración por la magnífica novela. Casualmente, Aflicción (Affliction, 1997) coincide con otra adaptación de otra novela de Banks ese año, El dulce porvenir, de Atom Egoyan, por contar con el mismo director de fotografía, Paul Sarossy. Resulta curioso cómo dos cineastas de marcada y diferenciada personalidad conectaran tan bien con el universo de este autor. Egoyan realizó más variaciones, de entrada estructurales, con respecto a la novela. Schrader por su parte condensó con ejemplar habilidad las extensas páginas de la novela, produciéndose un admirable ejemplo de mirada afín entre ambos autores. Como él apuntó, en este caso, su conclusión se desmarca de sus más recurrentes conclusiones, definidas por la consecución de una gracia. En esta la conclusión es simplemente desoladora. La constatación de la desaparición de un hombre, Wade (prodigioso Nick Nolte), cuya vida parecía gradualmente deshilacharse, como si fuera desvaneciéndose en la nieve que domina el paisaje de este pueblito de Nueva Inglaterra. Wade es un hombre que parece haber perdido el paso en el tráfico de historias de las que está constituida su realidad, como ejemplifica ese momento en que se queda paralizado, como si le hubieran dejado de dar cuerda, mientras está regulando el tráfico, con una mirada entre ausente y perpleja, como quién se pregunta quién soy y qué hago aquí, cuál es mi historia, o en qué ha desembocado mi vida, más bien escombrada. Es la mirada de quien ha perdido vínculo y raíz con lo que le rodea, como ratifica una secuencia posterior, otra conversación telefónica con su hermano, en la que comparte cómo no se reconoció en el espejo, como si estuviera mirando a alguien que desconoce. Su presente, su frustrada relación con su hija Jill, amplifica su desajuste, enraizado en una relación doliente con su pasado, encarnado en la figura de su violento padre, Glen (James Coburn). ¿Puede uno escapar a esa influencia, evitar ser aquello que odia, esa figura cruel y autoritaria, que se impone con sus actos violentos?¿Por qué uno es cómo es? Durante el desarrollo del relato tomará consciencia de que pareciera convertirse en el reflejo de su abusivo y agresivo padre, como si fuera poseído gradualmente por él.
De la misma manera que en El dulce porvenir los personajes buscan en un relato, la necesidad de culpabilizar a alguien del trágico accidente (debe haber una causa), la forma de contrarrestar su impotencia, Wade se enajena con ese relato especulativo, como si proveyera compensatoriamente de un sentido o propósito su vida, ya que, de ese modo, siente que los sucesos no acontecen por accidente sino por retorcidas y aviesas causas, hay siempre un culpable o responsable. Una forma de proyectar su impotencia por el curso de su propia vida. ¿A qué o quién puede culpabilizar del desastre de su vida que parece escurrírsele? Resulta irónico que Rolfe apunte que ciertos recuerdos de su infancia no ocurrieron realmente, como evoca de forma diferente otros. Los recuerdos también son relatos, quizá sin base real, o quizá no sean coincidentes con los de otros que vivieron aquella experiencia. El descubrimiento de la muerte de la madre, mientras el padre permanecía sentado en sofá del salón, parece abrir esa brecha de desesperación que torna el mero gruñido o ladrido en mordisco. Toda su amargura comienza a supurar. Esa amargura de quien siente que su vida se condensa en la conducción de una niveladora de nieve. Ese resentimiento también se refleja en sus especulaciones sobre los integrantes de la conspiración en lo que él cree un crimen, ya que son aquellos que, por su posición de poder, institucional y económica, reflejan (apuntalan), como contrapunto, la miseria de su vida, de su dedicación, entre policía y limpiador de nieve. Son aquellos que le hacen sentir más acusadamente que es nada en un lugar perdido, sean su jefe, su amigo, o el rico sobrino del muerto que le humilla cuando le quiere poner una multa. Su especulación paranoica no deja de ser reflejo de ese resentimiento por una vida humillada, una vida de submundo, cual personaje dostoyevskiano. La excepcional música de Michael Brooks amplifica la lacerante atmósfera que se va cargando, sutil y progresivamente, en este relato sobre la desaparición definitiva de un hombre en los márgenes de la historia, cuando no logra construir la propia, fracturada entre la frustración, el resentimiento y el dolor; una historia que comparte con tantos otros hombres periféricos. La investigación de ese posible crimen no es más que el desesperado último intento de recuperar el centro de su vida, que no es, por otra parte, sino el intento de resolución del crimen en que siente se ha convertido su propia vida, a la que solo resta conjurarse con un incendio que le borre de la superficie de la historia.
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