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domingo, 19 de febrero de 2017

También somos seres humanos

Una de las escasas escenas de confrontación bélica expuestas de modo directo en 'También somos seres humanos' (The G.I Joe story, 1945), de William A Wellman tiene lugar en una iglesia en ruinas. La mayor parte de los combates acaecen fuera de campo, sobre todo la batalla que copa más atención, la que acontece en Montecasino, en la que es crucial, también, un monasterio. De hecho, el mando se muestra durante un tiempo reticente a efectuar un bombardeo sobre un emblema de lo sagrado. Pero, al final, deciden priorizar la importancia de la vida de los soldados sobre un símbolo. Porque es la vida lo sagrado, no un símbolo, pese a que el ser humano haya insistido en segar vidas durante siglos en nombre de algún símbolo sacralizado. 'También somos seres humanos' nos lo recuerda de modo contundente y descarnado, por eso centra su atención, sobre todo, en las fatigas y padecimientos, privaciones y nostalgias, de estos soldados de infantería, los que integran el pelotón 18 de la Compañía C, desgreñados, sucios, desgarbados, a diferencia de los impecables y bien aseados representantes de las fuerzas aéreas. Importa sobre todo su vida cuando a esta la amenaza en cada recodo una posible muerte.
Cómo es la vida la principal protagonista de una obra atravesada y surcada de muerte entre largas caminatas bajo la lluvia o sobre el barro es el papel crucial de una perrita, Ara, que será, de hecho, una de las escasas supervivientes de este pelotón al final. En la primera secuencia, el capitán Walker (Robert Mitchum) ordena a sus hombres, que aún no han entrado en combate, que abandonen a la perrita para que no muera, pero las apesadumbradas expresiones de los soldados consiguen que cambie de opinión. Aquella perrita representa la ilusión de vida, la añoranza de la vida que han dejado atrás. En la primera confrontación, cuando un avión les ataca, será el soldado que portaba a la perrita el primero que sea abatido. Casi todos fallecerán a lo largo de la serie de enfrentamientos bélicos en su periplo primero en Tunez y después por Italia. En esa primera secuencia es también presentado el corresponsal de guerra Ernie Pyle (Burgess Meredith). Las vivencias relatadas están inspiradas en las columnas que publicó este periodista.
De la misma manera que el pelotón, que realmente no participó en la campaña de Italia, concentra varios pelotones que Pyle conoció, también algún personaje concentra varios, caso del capitán Walker, que protagoniza dos de las secuencias más brillantes, aquella en la que confiesa a Pyle, mientras escribe cartas a los parientes de los soldados fallecidos, cómo se siente un asesino de los jóvenes reclutas que llegan porque no hay tiempo de prepararles para el combate. Y la secuencia final en la que los pocos soldados supervivientes de ese pelotón inicial muestran sus respetos ante su cadáver, en especial uno de ellos, que acaricia su rostro y se queda junto a él hasta que todos ya se han marchado. Cinco minutos permaneció así en realidad, sin decir palabra. La columna inspirada en aquel suceso fue la más leída de las escritas por Pyle. La evolución de otro personaje, el sargento Winnick, condensa el desgaste y desquiciamiento que minaba la resistencia de estos soldados. Durante meses intenta escuchar en un fonógrafo, al que puso como aguja un imperdible, el disco con la voz de su hijo, que aún no ha conocido, Cuando lo logra, en una de esas cuevas que excavaron en el barro bajo el monasterio de Montecasino, en las que permanecieron durante semanas, mientras patrullaban bajo la lluvia y sobre el barro, su mente se quiebra definitivamente, y debe ser reducido en su desesperación por sus propios compañeros.
El título original, la historia del soldado de infantería (G.I Joe), condensa cómo es una mirada sobre cualquier soldado, sobre todo los soldados, sobre la vida que cada uno de aquellos soldados que padecieron aquellas desoladoras y míseras condiciones, muchos de los cuáles perecieron en combate, El hecho de que pocos de aquel pelotón inicial sobrevivan, representaba a aquel pelotón que Pyle conoció, de cuyos doscientos integrantes iniciales sólo ocho sobrevivieron. Wellman, en pleno estado de gracia, dota de fisicidad lúgubre los desplazamientos y las esperas de estos personajes, los espacios en blanco entre combates, los rostros demacrados y exhaustos que retornaban de otra batalla, las ausencias que se iban convirtiendo en agujeros en sus miradas, como tachones en una hoja. Pero entra tantas sombras que pesan y desgaste que convierte a esos cuerpos casi en bultos que prosiguen como autómatas, vibra ese insurgente vigor vitalista, ese que ríe, pese a todo, cuando Ernie se reencuentra en la secuencia final con los que aún viven y observa que la perrita está entre ellos, y pregunta si aún no se la han comido. Cuatro años después Wellman rodaría otra espléndida obra protagonizada por el periplo de otro pelotón, 'Fuego en la nieve', cuyo título original es también tan abstracto como sintético, Battleground/Campo de batalla. Ni una ni otra podría admirar Ernie Pyle quien murió dos meses antes del estreno, en los prolegómenos de la batalla de Okinawa.

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