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jueves, 2 de febrero de 2017

Jackie

Por un breve y esplendoroso instante existió un lugar llamado Camelot. Durante un instante se sintió el fulgor de la plenitud; a veces, ese fulgor se siente en la expectativa de que sea posible. Durante un instante se soñó con un escenario deslumbrante con caballeros que realizaban grandes gestas, conciertos en la corte que se escuchaban ataviados con las galas de quien siente habitar una casa de muñecas inmune al mundanal ruido, y bailes en el que el tiempo permanecía suspendido. Pero el tiempo irrumpió como una fisura que resquebraja un escaparate y evidencia que ya sólo quedan los maniquíes después de despertar del sueño. ¿Y sí sólo eras una maniquí? En Jackie (2016), de Pablo Larrain, Jackie Kennedy (Natalie Portman) no canta como Richard Harris 'Finale ultimo', el tema con el que concluye el musical 'Camelot' (1967), de Joshua Logan, pero se siente en ella las brumas pálidas de una luz que aún no abandona la noche y se muestra remisa a recibir el día, como el cielo de luz difusa de la secuencia final, previa a una batalla, mientras el corazón del rey Arturo se lamenta de las heridas de un amor truncado, una guerra perdida, desprovisto ya de la ilusión, e intenta recobrar el impulso pese a saber que por siempre, de un modo u otro, permanecerá postrado en sus entrañas por lo que ya no podrá ser. Así se siente Jackie cuando escucha esa canción mientras vaga como un espectro por las estancias del Casa blanca, entrecortada como el mismo montaje, fracturada, poniéndose diversos vestidos, como quien ya no sabe qué atavío refleja lo que siente porque ha perdido la sensación de que es cuerpo, entrando o saliendo de estancias como quien ha perdido la dirección, porque el relato, el sueño, concluyó, tras la muerte del hombre que amaba en el atentado de Dallas. Recoge las fotos en las mesillas, como si pudiera plegar lo que es irremisible, el dolor que la desborda, como un espasmo que intenta afrontar que la han extirpado del sueño para arrojarla a una realidad de restos mutilados.
'Jackie' es, en cierto modo, un musical de fantasmas. La excelente banda sonora de Mica Levi se ajusta al cuerpo de la narración como si reflejará el interior del fantasma de una mujer que sintió que no podía seguir viva si él había muerto, una mujer que parecía antes ser más un reflejo que un cuerpo, porque parecía habitar entre vitrinas y espectáculos, o emanar de vitrinas y espectáculos, como si fuera parte integral de una pantalla, como mostraba con orgullo y satisfacción en un programa televisivo las estancias de la Casa Blanca, y se vio precipitada al vacío, a su condición de mero cuerpo a la deriva, cuando la cabeza del hombre que amaba estalló junto a ella. Portaba un vestido rosa. Y sintió de repente que no sabía cómo vestir la realidad. Su vestido estaba rasgado por las manchas de sangre, como el telón de un escenario que se desgarra. Si el decorado se desmonta, ¿qué propósito tiene la vida? ¿Para qué proseguir?
'Jackie', como esa canción final de 'Camelot', te hace sentir que lo que fue, y lo que fue soñado, no será ya, pertenece ya de modo irremisible al pasado. Te hace sentir, incluso, que quizá sólo fue soñado: quizá mucho de lo que vivías no se correspondía con lo real sino con una fantasía. Bobby Kennedy (Peter Saasgard) se pregunta qué logros habían realizado en los dos años de presidencia. Podrían haber realizado muchas cosas, pero ¿qué ha quedado sino una imagen que ahora, despojada de cuerpo y ya proyecto, deviene ridícula, como la cáscara que parece representar la misma Jackie, la vertiente seductora, espectacular, que proyectaba la ilusión de que eran personajes de un cuento de hadas, un caballero que podía realizar gestas que por fin parecían posibles, y la dama que dotaba de espacio y luz y color el decorado de ese sueño?
El sacerdote que oficiará el funeral, McSorley (John Hurt), le plantea que quizá sea cierto que nada tenga propósito. Comparte con ella que él también tiene dudas pese a la convicción que parece reflejar en principio, pero sabe que esas dudas son las que le suministran inyección vital a quien, como Jackie, siente que también debe morir como el hombre que amó, porque también fue la muerte de lo que representaba, y que ella permanezca en escena sólo la revela como un ser ordinario sin sustancia ni propósito, como si la hubieran desnudado delante de todos, y evidenciado que no era nada, un engaño, un mero maniquí. Es la inyección vital que necesita, porque despojada de escenario, papel y propósito, sólo queda el movimiento que impulsa a unos y otros a seguir cada día y levantarse y seguir realizando esas acciones ordinarias que dotan de columna vertebral al mero paso de los días. Como un ordinario fantasma, pero un alivio esa sensación fantasmal de inercia para quien se sintió como un espectro doliente que perdió el paso porque le habían extirpado violentamente del sueño breve y esplendoroso que había vivido por un instante.

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