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lunes, 30 de enero de 2017

Si no amaneciera

A veces para poder materializar tus sueños manipulas los sueños de otros para tu conveniencia. Montas una película, como una tela de araña, que convenza y sugestione de que es real lo que expresas. Sabes cuáles son los cables que debes conectar para que el motor de su ilusión arranque, aunque no imagine que realmente estás provocando una avería que determine que un día se estrelle cuando descubra, con la decepción, que tus promesas no eran reales,que nada de lo que sentías era cierto. Todo era un engaño. Resulta mordaz que el inicio de 'Si no amaneciera' (Hold back the dawn), de Mitchell Leisen, tenga lugar en la fábrica de sueños, Hollywood, entre los cables que muestran que toda película es un montaje, una ilusión. Un engaño que sientes como real. O esa es la ilusión necesaria que suspende la consciencia durante la proyección de cada película. Iscovescu (Charles Boyer), un emigrante rumano, irrumpe en este otro universo en el que se difuminan la frontera entre el sueño y el engaño. Irrumpe en los Estudios Paramount, durante el rodaje 'Viento de aguilas' (1940), del propio Leisen, mientras se rueda una escena con Veronica Lake. Iscovescu le quiere vender a Leisen una historia. Una historia que relata cómo quiso vender una ilusión que era un engaño pero que con el tiempo se convertiría en real. A veces, la vida tiene estas paradojas.
El sueño, el propósito, de Iscovescu era cruzar la frontera que separa Méjico de Estados Unidos. Pero los trámites implican un largo periodo de tiempo para que sea factible. Meses que quizás sean años, hasta cuatro o seis. El encuentro con una amiga, Anita (Paulette Goddard), con la que compartió en el pasado trabajos en Europa en el mundo del espectáculo, y amorío, le sugiere una posibilidad de realizar un atajo para conseguir su propósito, aunque implique la seducción de un peón en su jugada ajedrezistica. Esta actitud evidencia como siempre ha ido a lo suyo, como experto ya en la supervivencia. Como para Anita, cualquier medio es válido para lograr acceder a los privilegios, por lo que han estado en todo momento dispuestos a arrimarse a quienes dispongan de grandes cantidades de dinero (aunque ella, por otro lado, no ha dejado de soñar con que vuelvan a ser pareja). De ese modo, vía matrimonio, Anita consiguió el acceso a Estados Unidos. Un jockey al que abandonaría tras conseguir alcanzar la meta. Iscovescu desenfunda sus artes de seducción, como buen gigoló, y teje su tela de araña sobre una maestra. Emmy (Olivia de Havilland), que ha cruzado la frontera con sus alumnos en una excursión por la festividad del 4 de julio. La primera artimaña será sabotear su coche, para que demore la vuelta. Durante ese tiempo lograra cautivarla, tocará la tecla adecuada, el sueño adormecido, de las ilusiones románticas. Se suspende la consciencia, el discernimiento, mientras dura la proyección de la película, el sueño que parece haberse hecho realidad. Las miradas, los gestos, los objetos,los detalles, todo parece configurar el las apariencias del escenario ideal. No importa que el anillo que Iscovescu use para casarse sea el de otra mujer, con la que no duda de nuevo en besarse para celebrar el éxito de la estratagema. Lo único que resta es conseguir sortear la suspicacia del inspector de inmigración, Hammock (Walter Abel). Aunque no cuente con un imprevisto que complicará la red de cálculo cuando quede en evidencia su montaje: el engaño se ha tornado sentimiento real.
Su viaje de bodas está repleto de hermosos y tiernos detalles que modulan esa transformación que va teniendo el personaje de Iscovescu (rituales que estiran la cuerda de los reflejos para dotarlos de cuerpo, de emoción verdadera). Será la intrusión del reflejo de lo que había sido Iscovescu, Anita, la que desvele que tras la pantalla había un rodaje, unos focos, cables, que habían sido manipulados para hacerle sentir a ella que le correspondían en la proyección de su amor. Conmovedor el detalle de que Emmy reconozca cuando se entera de las omisiones de Iscovescu que ella, por su parte, no había reconocido que usaba gafas: No había sabido ver, aunque quizá sí porque las mentiras interesadas inciales de Iscovescu se habían convertido en amor verdadero. Al fin y al cabo, ¿qué vemos del otro? Ella no había sabido ver el engaño, pero tampoco ahora que lo que él siente es auténtico, por lo que opta por volver sola a Estados Unidos. Ofuscada, como si hubiera perdido el paso, la ilusión, sufre un accidente de carretera. Iscovescu deja de lado todo cálculo y prudencia y decide cruzar la frontera ilegalmente cuando se entera de su percance para estar con ella. Al fin y al cabo, ¿cuál es la única y real patria, ante la que debemos cruzar cualquier frontera, o eliminarlas, sino aquel al que amas?
'Si no amaneciera' (1941) fue la tercera y última colaboración de Billy Wilder como guionista en una obra de Mitchell Leisen. Y según declara, fue el definitivo detonante para decidir que a partir de entonces nadie llevaría a la pantalla sus guiones sino él mismo. Harto ya de alteraciones, cortes y desnaturalizaciones. Leisen fue la principal diana de sus invectivas. Según Wilder, Leisen era un esteta sólo preocupado por la decoración de las ventanas. Wilder se quejaba de que Mitchell, persuadido por el protagonista, Charles Boyer, hubiera cedido en eliminar una secuencia inicial, que consideraba el actor ridícula, en la que el protagonista hablaba con una cucaracha, como espejo distorsionado de su situación, la desmesurada y absurda dificultad de poder acceder como extranjero a los Estados Unidos, haciendo de la cucaracha imagen del aspirante y él como remedo del agente de aduanas. Todo un toque grotesco y corrosivo, reconocible en la obras de Wilder. Quizás se imposibilitó una secuencia ingeniosa, pero la verdad tampoco creo que afectara a este gran y hermoso melodrama que es 'Si no amaneciera'. Por otro lado, aunque Wilder consiguiera pronto prestigio crítico como admiración de la industria, y Leisen, en cambio, un tardío reconocimiento de sus cualidades, no considero que haya grandes diferencias cualitativas entre el conjunto de la obra de Leisen y Wilder.
El cine de Leisen destaca por su capacidad para alternar los tonos, fluctuando entre la comedia y la drama, a veces, haciendo difícil una categórica adscripción (en especial, 'Recuerdo esa noche', 1940). Del mismo modo, las alternancias, procesos y transformaciones de los personajes poseían una veraz fluidez por conseguir dotarlos de complejo relieve y matizados contrastes. Al respecto son modélicas no sólo las obras escritas por Wilder y Brackett, 'Medianoche' (1939) y 'Adelante mi amior' (1940), o por Preston Sturges, quien tampoco le tenía en mucho aprecio, 'Una chica afortunada' (1937) o 'Recuerdo esa noche', sino también 'La muerte de vacaciones' (1934),'Candidata a millonaria' (1935), 'Ella y su secretario' (1942), 'No hay tiempo para amar' (1943), 'La vida íntima de Julia Norris' (1946) o 'Mentira latente' (1950): En 'Si no amaneciera', además, como en los otros melodramas de Leisen, late como telón de fondo, de modo sutil pero corrosivo, la desgarradura de encontrar su lugar en el mundo para aquellos que no poseen la señas de identidad, por género o extracción social o procedencia, que les posibilitarían alcanzar de modo natural unos privilegios, o unos derechos, que también deberían poseer sin tener que sacrificar nada. Y hasta el amor verdadero parece uno de ellos en un mundo que no lo valora, ni posibilita, sino más bien, al contrario, alienta la conveniencia, el cálculo y el valor de imagen. Esa lucha, ese forcejeo, Leisen lo hace carne de drama con afinada y aguda inteligencia y sensibilidad

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