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domingo, 29 de enero de 2017

Manchester frente al mar

Lee (Casey Affleck) se encarga del servicio de mantenimiento de un bloque de pisos en Boston. Su conducta es esquiva, hosca. Parece querer pegarse con la vida, como en el bar, tras tomar unas copas, busca pelea con otros dos clientes. Quizá porque el servicio de mantenimiento de su vida es defectuoso, y la ira, la frustración, el dolor aún no cauterizado y los remordimientos han hecho de él un cautivo como los espectros que vagan en las mansiones. Sólo que él arregla otras averías, aunque la suya aún permanezca sin resolver, como las lágrimas que quizá no acabó de derramar las busca descargar mediante puñetazos. En la secuencia inicial de 'Manchester frente al mar' (Manchester by the sea, 2016), de Kenneth Lonergan, Lee navega en el barco pesquero de su hermano, Joe (Kyle Chandler), y el hijo de este, Patrick. Eso fue años atrás. La vida entonces parecía fluir. Pero la singladura puede interrumpirse. Pueden acontecer naufragios, quedarse al pairo o navegar a la deriva. Entremedias ocurrió el naufragio que hundió la vida de Lee, quien ahora parece simplemente permanecer al pairo con su amarga furia retenida. Manchester está frente al mar, Boston en tierra, en secano, en la orilla adentro donde Lee se esconde como si se pudiera huir de los recuerdos, entre cercados y jaulas.
Pero un nuevo naufragio le llama como un canto de sirenas. Su hermano, al que le diagnosticaron pocos años atrás una afección cardíaca que pronosticaba escasos años de vida ha sufrido un infarto fatal. La muerte vuelve a llamar a la vida de Lee, como si el remolino no cesara. Y como si entre el oleaje de la tormenta se escucharan carcajadas en el testamento su hermano le declara tutor de su hijo Pat (Lucas Hedges), ahora con 16 años. ¿Cómo alguien que a la vez siente que sigue naufragando, ha quedado al pairo y se siente a la deriva entre unos rápidos puede ser la figura tutelar de un chico? ¿Cómo alguien que siente que su pasado es ya un lecho arrasado puede tutelar la vida de quien comienza a definir su vida, y da sus primeros pasos, y tantea? Lee desea huir, porque ya no siente pasos en su interior, sólo puños que desean dejar que brote de algún modo el grito de la desesperación que aún sigue arrasando sus entrañas. Y Manchester es el recuerdo de aquel que incendio que arrasó su vida. Un incendió del que se siente responsable. Un accidente que puede a ocurrir a miles de personas más porque su despiste es el que cada día pueden tener otros miles de personas. Un día te olvidas de poner la pantalla ante la lumbre y un tronco salta y provoca que arda tu casa y se abrasen tus tres hijos. Otro día puede saltar la alarma de la cocina cuando te has quedado dormido y consigues evitar que lo único que se queme sea la comida.
La singladura de la vida se define por la aleatoriedad. A veces,los accidentes son fatales. A veces, las torpezas o las negligencias, también lo son. Intentas realizar el adecuado mantenimiento de la vida pero no puedes evitar cometer algún error que otro, como puede que tu organismo sufra una afección que determine que tu vida sea mucho más breve de lo que esperabas. Nunca podremos prever ni controlar la vida como quisiéramos. No sabes cuánto durará la plácida singladura sin percances trágicos, o cuándo cometerás un error o cuándo las circunstancias o un condicionamiento ajeno a ti determinará que el naufragio sea completo. Lee se encuentra con los restos de su naufragio, con quien fue la madre de sus hijos y esposa, Randi (Michelle Williams), y se revuelven las brasas de un amor demasiado dolorido, los reproches que ahora se tornan lágrimas de perdón, la consciencia de lo que no podrá ya ser recuperable y aún duele porque ese amor aún perdurará como un miembro seccionado. Y Lee se confronta con quien se desplaza por la vida como si aún fuera un territorio desconocido. Su primer impulso es el retroceso, no quiere sentir el espacio abierto, la posibilidad de horizontes, sino guarecerse en los recovecos de una orilla que parece inmune al fragor de las tormentas. Y esos encuentros, con un pasado que se reconcilia y un futuro que se bosqueja como un barco con nuevo motor, liberan el gesto hosco y evasivo de quien, aún aturdido, pero sintiendo que las heridas comienzan a cicatrizar, recupera el impulso de sentirse frente al mar, donde la vida invita a fluir. O quizás es que por fin ya se atreva de nuevo a invitarla. Lesley Barber compone una espléndida banda sonora, un quedo lamento, que vibra especialmente en las extraordinarias transiciones de montajes secuenciales.

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