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miércoles, 25 de enero de 2017

Billy Lynn

¿Qué hay ahí afuera? Miras desde las gradas que no lo son porque están apartadas en un margen del escenario principal, el estadio, y te preguntas qué puedes hacer con tu vida si de cualquier modo será la misma nada. El mismo vacío delante de tí, sea el de un campo de batalla en el que tu cuerpo puede despedazarse y desaparecer o ese falso escenario, esa impostura de película, que confecciona, trama y es tu sociedad, que lo intenta recubrir, por lo tanto negar, con la pirotecnia de las representaciones y las historias que no son sino el más conveniente modo de presentación para convencerse que se es todo, de que se es lo mejor, y que te convierten en una mera imagen en la que desapareces. En uno y otro te matan. En 'La tormenta de hielo' (1997), se decía que la familía es nuestra animateria, un vacío que nos absorbe. En la última obra de Ang Lee, la magistral 'Billy Lynn' (Billy Lynn's long halftime walk), se amplía a la misma sociedad.
¿Qué hay más allá de la imagen? En una de las extraordinarias transiciones que tejen la elaborada y compleja narración, que alterna tiempos de este largo paseo por la mitad de una vida de un joven tejano que no ha cumplido los veinte años como si realizáramos inmersión en su fractura emocional, se pasa del rostro de la muerte, el rostro de quien has matado, cara a cara, en un campo de batalla, alguien que no conocías, alguien que quiso también matarte porque representabas otra idea, otra patria, a tu propia imagen, la imagen del hombre, recibido como héroe, Billy (magnífico Joe Alwyn), en la pantalla en el escenario donde se ha celebrado, en un estadio deportivo, la ceremonia de homenaje al acto heroico de ese tejano, emblema social de un combate al Terror, acompañado de sus compañeros de pelotón (denominado Bravo por los medios de comunicación para realzar su imagen heróica). Billy se había quedado en suspenso, como si hubieraperdido la noción del tiempo, porque no sentía esa celebración, esa impostura, esa vana pirotecnia de desfiles, actuaciones de estrellas de la canción, fuegos artificiales, vítores, estruendo y coreografías de formas, colores y huecos. Se había quedado suspendido en su malestar, en su desgarro, en su perplejidad, en su mirada hacia una ausencia de escenario, esa donde palpita la vida innombrable, y la muerte que es fisura de toda escénica suficiencia. Se había quedado suspendido en el agujero negro del acto de quitar la vida a otro que podrías ser tú.
¿Qué hay detrás de la imagen? ¿Cuál es la película o la serie de películas sobre las que se configura una sociedad y cada vida de los que la conforman? Billy pasea entre todos aquellos rostros para los que es la imagen de un héroe, una figura mediática (imagen con la que se inicia la narración: la imagen de su acción en el campo de batalla socorriendo a su superior y enfrentándose al enemigo). Pero ¿qué siente? ¿Alguien se preocupa o se pregunta qué siente? Aquella película no es su película, es la de una sociedad que necesita esa película, una sociedad de niños (emocionales) que se relaciona con la guerra y la muerte como idea e historia, no como vivencia. Billy sabe lo que es, sabe que es vivir esa experiencia, sabe la extrema diferencia hay entre la idea o la historia y la vivencia. El espectáculo en el que se ve envuelto, entre conferencias, ceremonias, frases admirativas y preguntas sobre qué se siente matando, hace aún más dolorosa la sensación para Billy de sentirse desencajado, de no sentirse en ninguna parte. No hay hogar.
Los componentes de ese pelotón sienten que corre más peligro su vida en ese falaz universo que representa la ceremonia deportiva que en un campo de batalla. Los tres jóvenes que fuman en esa grada que no es grada porque está al margen, como al margen se siente Billy aunque le consideren figura central en el escenario, se preguntan en dónde pueden encontrar su lugar, si en la sociedad civil su destino quizá sea trabajar en un establecimiento de comida rápida, y en la guerra les pueden matar. Decides que vas a la guerra porque no encuentras en tu vida un propósito o una posibilidad de realizar algo que se parezca a un sueño esplendoroso. No hay pirotecnia. Sólo el ruido de un vacío, de una vida apagada en la rutina intercambiable con otras vidas que se atropellan al margen como espectadores aturdidos. En un campo de batalla, al menos te sientes parte de algo, de un pelotón, es tu familia y hogar, porque compartes desorientación e intemperie, es un hogar precario, porque es más vulnerable que cualquier otro, porque la muerte puede arrebatarte en cualquier instante, pero es lo más parecido a la consistencia y certeza de vínculo con quienes te rodean y compartes vida. Y compartir vida implica compartir cicatrices, la consciencia de que puedes ser herido, y muerto.
Esa que conoce la hermana de Billy, Kathryn (Kirsten Stewart), con un rostro y un cuerpo surcado por múltiples cicatrices debido a las heridas sufridas en un accidente automovilistico. Esa que no conoce la animadora Faison (McKenzie Leigh), de la que se queda prendado Billy, a quien ella ve como la representación de un héroe, el protagonista escénico de la película, con quien ella poder sentirse también protagonista por extensión. Por eso, mientras Kathryn insiste a su hermano en que no vuelva a la guerra, en que no hay mayor héroe que el que desafía al propio país, Faison considera inconcebible que Billy pueda tener alguna reticencia en volver al frente. Pero Billy siente que el frente está en ambos lugares: en aquel,en la lejanía, en otro país, en el que combaten contra lo que les señalaron que es el enemigo, la representación del mal, el Terror; y en este, presuntamente cercano, en el que se formó, que presuntamente es el que representa, este en el que el novio de su hermana la abandonó tras que sufriera el accidente, al que destrozó su coche en respuesta y persiguió con un martillo para asustarle, para ver cómo corría aquel ser insensible, motivo por el que tuvo que optar por alistarse en el ejercito, no por creencias en dioses ni patrias, este en el que empresarios deportivos quieren convertir su acto en mero emblema de una idea y una historia, sacando beneficio con la ley del mínimo esfuerzo de economizar gastos, y espectadores necios que hacen irrisión con zafios comentarios sobre su posible confraternización homosexual (mientras, en contraste, el pelotón se dice que se ama antes de la batalla sin complejos de virilidad). Para ellos no son nada sino una representación, personajes de una pantalla. A unos y otros les escupen su desprecio. Y Ang Lee escupe a toda una sociedad, con una soberana lección agudeza y precisión dramática y narrativa, con una demoledora obra de lacerante belleza que nos confronta con nuestra intemperie y vacío. ¿Qué hay ahí afuera?

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