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jueves, 26 de noviembre de 2015

El almuerzo

'El almuerzo' (Meshi, 1951), de Mikio Naruse, arranca con las palabras de una mujer que constatan cómo siente su vida arrancada. Michiyo (Setsuko Hara) se pregunta a dónde fueron sus sueños. Se pregunta si su vida se ve confinada a una vida de preparación de almuerzos para su marido. Cinco años atrás se casó con el hombre del que se enamoró en Tokio, Hatsunosuke (Ken Uehara). Dos años atrás, se trasladaron a Osaka. Su vida se detuvo. Quedaron atrapados en el engranaje. Su marido es un oficinista con un sueldo que les permite sobrevivir con justeza. Y mientras desayunan, mira más ya el periódico que a su esposa. Su mirada se atascó en la distancia de la rutina que encasquilla la proximidad. En la mirada de Michiyo, en cambio, tiemblan las brasas de una insatisfacción y un hartazgo, aunque las palabras de reproche a su marido se amortiguen con una sonrisa. Enfrente vive otra mujer que tomó otra dirección, mujer que vive con más lujos porque optó por ser una mujer mantenida, una mujer de recreo de placer para los hombres. Al otro lado de la calle también se encuentra su futuro, la mujer ya entrada en la cincuentena que señala que la edad sólo es una condena para las mujeres. Cuando dejan de ser jóvenes dejan de habitar en el tiempo, su vida será siempre la misma, una vida en sombras, una vida a la sombra de su marido. Una vida sin sueños ni ilusiones, cautiva y esclava de la cocina.
La llegada de Satoko (Yukiko Shamizaki), la sobrina de su esposo, abre la brecha de la insatisfacción. Ambos se confrontan con el paso del tiempo, con lo que dejaron de ser, con lo que no lograron ser ni disfrutar. La amargura de Michiyo se acrecienta con la observación del flirteo entre sobrina y tío. Michiyo se cita con las antiguas compañeras del colegio, y se confronta con las otras direcciones que pudiera haber tomado su vida, con la mujer casada que disfruta de una posición desahogada, atendida por sirvientes, o la mujer soltera que disfruta de una libertad que a la vez es frustración (una y otra se envidian mutuamente). El marido sigue sin saber ver la mirada de su esposa, o ve la recriminación por sus errores y torpezas, y opta por dejarse llevar por el entumecimiento del alcohol, ese en el que se dejan llevar los hombres cuando están fuera del hogar, porque en el hogar no encuentran espacio para el aturdimiento del olvido.
Michiyo opta por establecer una distancia que se convierta en interrogación que quizá implique ruptura o quizá reinicio. Viaja a Tokio para visitar a su madre y hermanos, y disfruta de los placeres sencillos que no degusta porque vive al servicio de otro. Disfruta de dormir hasta la hora que quiera, disfruta de las sabrosas viandas que le prepara la madre. Escribe una carta a su esposo en la que expresa lo que siente, pero no la envía. Es ya un juego de ajedrez, ninguno envía cartas, no expresa de modo explicito lo que siente. La corriente tiene que tomar desvíos, alejarse, para que se reencauzada, y se reestablezca una proximidad que al menos se sienta como proyecto en común, la convicción de que el viaje lo realizan juntos, una vida que configuran uno junto al otro, aunque en el trayecto a veces alguno se quede dormido, entumecido en una vida de inercias. por el peso de las rutinas y el desgaste de las obligaciones. 'El almuerzo' fue la primera adaptación de una novela de Fumiko Hayashi en la filmografía Naruse. Después realizaría las también excelentes 'El relámpago' (1952), 'Esposa' (1953), 'Crisantemos tardíos' (1954), y las particularmente magistrales 'Nubes flotantes' (1955) y 'Crónica de una vida vagabunda' (1962). La narración comienza con una frase de la escritora: 'Siempre me conmovió la tristeza que se puede encontrar en la vida sencilla de la gente'. Una frase que seguramente suscribía el propio Naruse.

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