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viernes, 6 de diciembre de 2013

The act of killing

Sonría por favor, pero de modo natural, como si actuara en un musical, mientras evoca cómo asesinaba a cualquiera de aquellas mil personas que reconoce haber asesinado. Evoque aquellas torturas, cómo se regodeaban en la crueldad, mientras despedazaban a las víctimas, o a los bebes de las víctimas. Evoque aquellos crímenes e, incluso, recréelos, escenifíquelos, porque al fin y al cabo los ve como si fueran películas, una de esas películas protagonizadas por Al Pacino o John Wayner (pero con la apariencia de Sidney Poitier), que le hubiera encantado protagonizar. ¿Acaso aún no te paseas por las calles como si te sintieras el centro de otras miradas? Tus evocaciones son escenificaciones porque después de más de cuarenta años sigues sin tomar consciencia de lo real, de lo que aquellos cuerpos sufrían. Eras un gangster, como aquellos que utilizaban sombrero de fieltro en las producciones estadounidenses, pero en versión indonesia. Para más autoengaño (autocomplaciente), asocias ganster con free man (hombre libre), ese free man que también asocias con el cowboy ( y cuyo sombrero también portas en alguna de las escenificaciones).
Os hacíais llamar gansters, vivíais del juego clandestino, pero allá por 1965, Suharto tomó la decisión de utilizaros como escuadrón de la muerte, asesinos a sueldo con vía libre para cualquier desmán (un año que otros vivieron pelígrosamente cuando os convertisteis en una marabunta humana sanguinaria sin freno alguno en el ejercicio de la crueldad y la abyección). Os convirtieron en ejecutores de comunistas e incluso de chinos que no parecían muy dispuestos a aceptar la extorsión que se intentaba realizar sobre ellos (alguno de vosotros incluso no tuvo reparos en matar al padre de quien era vuestra novia china en una de las escabechinas que realizabais por la calle). Y matasteis miles. Tú, Anwar Congo, matastes, tú solo, a mil personas. Ahora, décadas después, acompañado de tu amigo Herman Koto, evocas y escenificas en 'The act of killing' (2013), de Joshua Oppenheimer, los crímenes que realizaste, aunque las pesadillas comenzarán a dominarte, como aguas subterráneas que afloran como una inundación. Como si la escenificación te enfrentará con tu reflejo en el espejo. Verás a la bestia que fuiste, y que aún eres, y sollozarás.
Tras la primera evocación, en la que Anwar relata en una terraza cómo asesinaba a granel con un cable, para así evitar el excesivo derramamiento de sangre (consecuencia del asesinato a granel o en serie), el encuadre se dilata en un plano general sobre la ciudad, como la mirada intenta recobrar la respiración, como la mirada que se aparta hacia otro lado, hacia un espacio vacío en el que encontrar una suspensión que amortigue el horror de haber contemplado una aberración que supera lo soportable, la inconsciencia, combinada con jactancia, que emana de Anwar. En la siguiente secuencia Anwar contempla en la televisión lo grabado en esa terraza en la que no sólo ha relatado cómo asesinaba, sino que con orgullo ha destacado su ingenio en el acto de matar. Se convertirá en situación recurrente: Anwar, junto a su amigo Herman, contemplan en el monitor del televisión todo aquello que graban, y escenifican. Guionistas, directores, y actores y espectadores: la celebración del ensimismamiento, de la vida como escenario. Anwar se tiñe el pelo, como si se metiera en el papel de sí mismo como era entonces.
También se intercalan, de cuando en cuando, en la narración, imágenes de Anwar en su habitación, tumbado en la cama, con su pelo sin teñir, cano. El poso real, la figura postrada, que se reanima con la escenificación, con el personaje en que se ha constituido, y por lo tanto como se evoca. Oppenheimer calificaba 'The act of killing' como el documental de una imaginación', es el documento de la mente de Wong, de cómo se relaciona con la realidad, con su pasado, y cómo la evocación conjugada con la imaginación derivan en una transformación: el espejo inconsciente al convertirse en consciente modifica la propia mirada. Hay otros de aquellos gansters que no tienen remordimientos. Aquellos hechos lo consideran como algo pasado. De nada sirve calificarlo de crimen contra la humanidad, expresa uno de ellos, mientras pasea por un centro comercial con su familia. Sonría, por favor, continúe sobre la cinta corredera como si nada hubiera pasado. Hay quien ahora forma parte de los poderes fácticos, del gobierno, quien sigue dirigiendo a las huestes de la organización paramilitar Pemuda Pancasila que ejercieron aquel genocidio entonces, y no ha variado un ápice su actitud despectiva con respecto a las vidas ajenas. Quienes murieron tuvieron su merecido. Y aún siguen siendo despreciados como una infección, sus hijos, sus herederos, los comunistas del presente.
Hay quien reconoce, despreocupadamente, como quien se siente inmune y se sabe impune, que se manipularon las apariencias y se les presentaron como una amenaza, como criaturas crueles, cuando la crueldad la ejercieron ellos de un modo desorbitado, de lo que aún se jactan. Hay quien sonríe imaginando que la figura disecada de un leopardo abalanzándose sobre un cérvido fuera la de un hombre haciendo lo mismo sobre una mujer. Al finy al cabo, los otros, los diferentes, son presas que desgarrar de modo inclemente, son piezas disecadas, sin vida, representaciones que se pueden despedazar. Hay quien, como buen ministro a quien le preocupa la imagen pública, tanto la imagen conveniente como la imagen persuasiva, apunta que no se debe ser demasiado gráfico en la escenificación de las crueldades que realizaban, o más bien presentarlas como lo que podrían hacer, como la amenaza que pende, cual doctrina del shock, para anular posibles oposiciones. Los monos son testigos de la escenficación, devoran la carne que se ha utilizado como parte del atrezzo, recreaciones de hígados o penes que se arrancaban. Anwar indica a sus nietos que sean cuidadosos con los pequeños patitos, porque su brusquedad ha propiciado que se lesione la pata de uno de ellos.
Anwar y Herman escenifican junto a un gran pez, una atracción de feria, y una esplendorosa cascada, un musical colorido, en el que participan, como coro, unas chicas. Sonríen. Aunque la sonrisa de Arwan se hará arcada que expulsa una bilis invisible tras que en una escenificación (emulación de una película de gangsters) se haya puesto en el lugar de cualquiera de los torturados que asfixiaba con el cable. En aquella terraza donde evocaba orgulloso cómo se le ocurrió el sistema más limpio para asesinar, ahora su cuerpo se ve sacudido por estentóreas arcadas. Una nausea que llega con décadas de retraso. Ante la música de la escenificación la arcada de lo real desafina. PD. El texto se ha escrito considerando no la versión de 122 minutos estrenada en los cines, sino la de 159 minutos.

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