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martes, 19 de abril de 2011

El príncipe estudiante

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'El príncipe estudiante' (1927), de Ernst Lubitsch, como reflejan los dos planos finales, es la contrarreplica a la idea de que no debe haber mayor satisfacción que ser rey,o dicho de modo más amplio, la obra refleja cómo se subordina el cuerpo al símbolo, las emociones a la representación. Constante en el cine de Lubitsch, la apuesta transgresora por el expansivo aliento dionisíaco y epicureo frente a los rígidos corsés de las tramas y convenciones sociales (o las conveniencias del valor de imagen o el status). Y queda bien expuesto en el trayecto narrativo. Se inicia con un desfile, de recepción al rey Karl VII (Gustav Von Seyffertitz), alguien convencido de su 'rol', y finaliza con otro, con alguien resignado a su rol, que ha implicado dolorosas renuncias, su hijo, Karl (Ramon Novarro). La obra, una de las cimas del cine de Lubitsch, es tanto una comedia, rebosante de ironía, como de vivaz júbilo, como uno de los melodramas románticos más bellos realizados. En la primera secuencia ya nos encontramos con detalles de esa aguda ironía, como la sucesión de planos de asistentes al desfile que se quitan el sombrero ante el paso de la carroza del rey cual si fueran autómatas. Como lo es la reacción asustada de Karl, todavía niño, cuando baja del tren, por el estruendo de los cañones. Y es que Karl no tiene esa alma de autómata. Para él ese boato tan severo como autocomplaciente más bien representa una prisión, como reflejan las posteriores secuencias, aquellas en las que contempla, más allá de las verjas del palacio, a unos niños jugando con una pelota. Al advertir su gesto, tres sirvientes se ponen a jugar envaradamente con él con una pelota, para frustración del niño. Por eso supone tal júbilo para él cuando le presentan a su tutor, Juttner (Jan Hersholt) y este da una patada a la pelota que la manda a la lejanía, para acto seguido echar a correr con él para cogerla. A partir d entonces será su cómplice en esa jaula prisión.
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Por ello, que logre pasar el examen del tribunal para que le permitan ir a studiar fuera de ese cautiverio, es crucial, es poder salir a la vida (secuencia planteada con ingenio, con los solapados intentos de Juttner para 'chivarle' las respuestas a Karl). Y allí, en Heidelberg, conocerá a quien encarnará el exultante anhelo de vida, de emoción plena y expansiva, Kathi (Norma Shearer). Una mujer capaz de enfrentarse al lacayo que dice que no son habitaciones aptas para un rey, o que bebe de un trago una jarra de cervezas rodeado de la marabunta de admirados estudiantes. Todo el trayecto de afirmación y consolidación de ambos como pareja de enamorados está rebosante de ingeniosos detalles, y de emoción arrobadora. Los pasos previos de cortejo: Karl, escondido bajo la escalera, contempla divertido ( y radiante por lo que sabe representa) cómo Kathi antes de llamar a su puerta se atusa ante el espejo. Él, al antrar tras ella, hace lo mismo. Kathi en su dormitorio acaricia la almohada en la que él reclina su cabeza. Cuando sale a la sala y se topa con él, ambos, ruborizados, se acompasan en sus atolondrados gestos,hasta que él no puede contenerse e intenta besarla, a lo que ella replica que está comprometida, aunque aclara que no 'muy' comprometida, ya que es elección de sus padres, y tras enseñarle la foto del interfecto, le pregunta si debería casarse. Posteriormente, esa noche, ambos (que no pueden dormir pensando en el otro) en el jardín, separados por un muro, lanzan un trozo de pan que cae en la cabeza del otro.
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Las posteriores secuencias son antológicas, de lo más bello rodado por Lubitsch. Un travelling lateral les sigue entre los arcos, mientras Karl insiste en besarla, hasta que a cruzar un arco, ellos ya no están en cuadro. Por la derecha, surge un perro que al verles retrocede como si se sintiera un intruso en intimidad ajena(una vivaz idea d sugerir lo que están haciendo). Al reaparecer en el encuadre, ambos exultantes, en primeros planos, 'claman' el nombre del otro (que en los intertitulos se amplifican), hasta que se unene en un beso que ya es declaración de amor. Pero la siguientes secuencia es aún más bella si cabe.Ambos en un prado de margaritas, en donde se tumban. Lubtisch encadena una serie de planos de las plantas y las flores cimbreadas por el viento que irrumpe, para finalizar en un encuadre de ambos, rodeados de agitadas margaritas, hasta que ella se 'abalanza' sobre él para besarle. Cuando ella se marcha, Lubitsch reserva otro gran detalle. Karl se tumba feliz entre las margaritas y contempla el cielo por el que cruza una estrella fugaz. Una bella manera de reflejar un momento exultante, de puro éxtasis, y a la vez anunciar lo efímero que será su relación, condicionada por las circunstancias. Porque tras vivir otros momentos de pura celebración vital (su carrera por la calle en el carruaje) a Karl le notifican que debe volver porque su padre está enfermo. Las obligaciones de su 'rol' le llaman.
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Para no extenderme en el despliegue de brillantes ideas, reseñar la ingeniosa utilización de los 'ritornellos'. Cuando Karl vuelve por un día al hostal, para verla, para regalarse un día de 'vida', y salir de la jaula en la que está confinado, Karl acaricia su almohada en el que fue su dormitorio, como hizo Kathi. A la inversa de la festiva recepción de los otros alumnos entonces, ahora no hacen sino sólo saludarle, inclinando la cabeza, porque ahora no es Karl sino 'el rey'. Y, por último, el prado ya no es un firmamento de margaritas sino que estas están 'ausentes', como lo será ya su amor. Su beso ahora es el de la despedida para siempre, aunque siempre resida en su recuerdo el gran amor que supuso para él. Por eso, el contraplano final que mencionaba al principio. Tras que dos testigos del desfile digan que no debe haber más satisfacción que ser rey, el sombrío gesto de Karl en el interior de la carroza, ya espectro abonado a vida de autómata, lo contradice.

'El príncipe estudiante' (The student prince in old Heidelberg, 1927), es una de las más bellas obras de Ernst Lubitsch, y una de las cimas del cine mudo. Proyecto de Irving Thalberg, para la MGM, que fue propuesto primero a Eric Von Stroheim, EA Dupont y John S Robertson, siendo rechazado por éstos. Lubitsch aceptó aunque no considerara al duo protagonista como los más idóneos. Shearer, pareja entonces de Thalberg, protestó ante éste por el hecho de que Lubitsch prefiriera no realizar ensayos previos, y sí en cambio realizar numerosas tomas, a lo que Thalberg replicó que siempre se aprende algo de Lubitsch. El estupendo guión de Hanss Kraly adapta la novela de Wilhelm Meyer.Forster. Portentoso es el trabajo fotográfico de John J Mescall.

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