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lunes, 18 de julio de 2022

Nunca me abandones

 

Sy (Robin Williams), el protagonista de la previa, y también magnífica, obra de Mark Romanek, Retratos de una obsesión (2002), vivía (o quizá mejor dicho, no vivía) entre tres espacios: Un espacio público en el que trabaja como encargado de los revelados de fotografías, unos grandes almacenes de colores esterilizados (como si lo fueran a difuminar en una pantalla blanca), que adquiere la condición de ámbar que hubiera fosilizado su vida; un segundo espacio, el privado (o más bien privado de vida propia), espacio de proyección y transferencia, en el que se revela cómo vive por delegación (o aspiración): en su sala de estar, aparte de la televisión, resalta otra pantalla, una pared ocupada por cientos de fotografías relacionadas con la familia de los Yorkin. Y la vida de éstos es el tercer espacio, la inspiración de su pantalla, aquel al que desearía pertenecer: Son su modelo y ejemplo, su ilusión y paraíso anhelado. La vida de los tres jóvenes protagonista de Nunca me abandones (Never let me go, 2010), Kathy (excepcional Carey Mulligan), Tommy (magnífico Andrew Garfield) y Ruth (Keira Knightley) está diseñada para complementar la de otros, los originales; ellos son clones cultivados como ganado, cuyo futuro está limitado o dispone de fecha de caducidad, ya que su vida finalizará tras que realicen las donaciones de órganos a las que sobrevivan (unos quizá mueran con la primera, y habrá quienes, como mucho, puedan aún sobrevivir a la tercera). Son cuerpos de alquiler a los que se les hurta la posibilidad de realizar un proyecto de vida propio. ¿Dónde encajan sus sentimientos, sus ilusiones, si sus vidas se verán interrumpidas aun en su juventud, sin alcanzar la treintena? Es como si estuvieran destinados a ver o presenciar la vida desde la distancia, a través de un cristal, como en la secuencia en la que, a través de (significativamente) una agencia de viajes, observan a los del interior porque alguien les ha dicho que el original de Ruth trabaja ahí. Son seres que tampoco están preparados para la vida. O más bien que han sido preparados para ser moldeados según lo que observan en los otros, según las convenciones, costumbres o normas predominantes. Cuando salen al mundo con dieciocho años son incapaces de decidir qué quieren en un bar, y piden lo mismo que aquel a quien acompañan, o los gestos que realizan con el amado son los que han contemplado en otras parejas o en una película. Son replicantes en conducta, y suministro de reemplazos de órganos.

Nunca me abandones no fue un proyecto de Romanek. Alex Garland, amigo del novelista Kazuo Ishiguro, escribió un primer tratamiento antes de que el escritor viera publicada su novela. La casualidad, el hecho de que Romanek abandonara el proyecto de El hombre lobo (2010), que acabaría rodando Joe Johnston, posibilitó que le propusieran, por sugerencia de Garland, este proyecto que sintonizaba tanto con su previo largometraje. Esta bellísima obra, caracterizada su narración por una exquisita modulación, su síntesis y concisión, un admirable uso del contraste, en montaje, entre un primer plano y plano general (que remarca el desajuste de las frágiles vidas de estos personajes sin vida propia), y un lacerante lirismo (amplificado por la hermosa banda sonora de Rachel Portman) posee varias singularidades. La primera es que no parece una película de ciencia ficción. Dado el argumento comentado pareciera que estamos en el escenario convencional de una película de ciencia ficción, y no es así. Romanek consideró esa posibilidad inicialmente, a través de los decorados, pero se dijo que no era el enfoque adecuado. Es como si el paisaje de una característica obra británica ubicada en un pretérito, en este caso los setenta, estuviera alterado. Transpira extrañeza. Sus luminosas imágenes (formidable el diseño visual de la dirección de fotografía, de Adam Kimmel; aunque hay que reconocer que Romanek es uno de los cineastas, en el cine de hoy, que mejor trabajan el color, y la luz, de modo significante y dramático) son como una vitrina que se fuera agrietando por una fisura imperceptible. También porque las revelaciones sobre la condición anómala de los protagonistas, o la función de ese colegio, se van dosificando; se parte de una apariencia familiar reconocible, con la que nos podemos identificar, para agrietarlo con lo excepcional, que en retorno de bucle funciona o se revela como parábola sobre nuestra existencia (cómo la configuramos sobre patrones preestablecidos y límites: el horizonte como ilusión que no es sino decorado). El mismo Ishiguro resaltaba cómo eran imágenes de aparente normalidad que rezumaban extrañeza (o lo siniestro con la faz de la luz).

Su misma sobriedad es engañosa (se va sedimentando una abrasiva desesperación en sus entrañas; la de la orfandad vital, como si vivieran siempre en la periferia de la vida, una vida aparte: parecen estar lejos siempre del bullicio de vida, aunque transiten espacios públicos, reconocibles). Además de esa sensación espacial de habitar otro escenario, también se asienta la sensación de que habitáramos en un tiempo incierto. O para ser más preciso, otra singularidad de la película, no muy usual, es que parece que fluye en un soplo. Es una hora y tres cuartos que parecen que transcurren en media hora. Fluye en un soplo pero hace sentir que ha transcurrido toda una vida, y se ha condensado todo un viaje temporal del nacimiento a la muerte, aunque sus tres protagonistas fallezcan jóvenes, a edades tempranas.Y es que el tiempo es cuestión cardinal, que logra hacerse cuerpo narrativo; sus elipsis, brutales, las cuales hacen sentir que la vida se disipa sin que casi te des cuenta. Una sensación de fugacidad, de existencia que se escapa de las manos (ya presente en su construcción en flashback, es una narración que parte de una despedida al ser que más se ama; en el inicio está el final), de vida limitada con la que no hay aplazamientos o prorrogas, contra la que tampoco es eficaz la ilusión de eternidad que insufla el sentimiento amoroso: es dolorosamente bella la secuencia en la que toman consciencia de que no tiene fundamento esa leyenda según la cual si demuestras que estás enamorado, que tu amor es verdadero, puedes conseguir un aplazamiento: un mito creado (una fantasía consoladora, como las de tantas religiones), relacionado con una galería de arte en la institución en la que les educan, según el cual, a través de los dibujos que realizas, pueden discernir si tu amor es verdadero: lo desolador es que lo único que se hacía era comprobar si los clones tenían condición humana (si sienten), más allá de lo autómata, de la elementalidad biológica; secuencia que culmina con una de las más desoladoras secuencias vistas en una pantalla (no sé si he escuchado grito más desgarrador, de desolación e intemperie emocional, en alguna otra película)

Son muy relevantes ciertas imágenes que ejercen de transición: un busto o una pelota entre la alta hierba que gotea tras caer lluvia (tras que les revelen en la escuela cuál es su única función en la vida); un edificio de cristaleras, como un panal de cuadrículas (la simetría o la condena de una vida predeterminada); un barco oxidado y varado en una playa desierta (su vida nació varada). En la escuela crecen pensando que no pueden salir del perímetro porque su vida correría peligro; una artera manera de mantenerles cautivos, cual ganado en un corral, sin que sepan que son prisioneros, o reses cuyos órganos servirán para nutrir, y rehabilitar, los deteriorados de los originales. Los protagonistas son como ese barco abandonado, y varado, en la playa, con el que se encuentran: ¿A dónde se dirigen sus vidas, si ya tienen plazo marcado? Esa sensación de fugacidad y caducidad de vida, contra la que no hay forma de rebelarse (tiempo que se escurre entre las manos aunque intentes detenerlo con un clavo), se siente de modo aún más desgarrador que con los replicantes de Blade runner (1982), de Ridley Scott, que disponían sólo de cuatro años de vida, obra con la que comparte interrogante: ‘Pero ¿Quién vive?’, decía Roy Batty (Rurger Hauer). Kathy lo plantea de modo preciso (con palabras que no provienen de la novela, sino escritas por el guionista Garland): ‘De lo que no estoy segura es de que nuestras vidas sean distintas de las que salvamos. Todos finalizamos. Quizá ninguno de nosotros entienda lo que hemos vivido, o quizá sintamos que no hemos tenido el tiempo suficiente’. De este modo, Nunca me abandones se corporeiza como una soberana obra que, como pocas, logra transmitir que la vida puede ser tan efímera como un gesto al mirar a un lado y al otro de la calle que se quiera cruzar, que un día estás inmerso en un drama que creas, por soberbia y envidia, como Ruth, porque ve, cuando aún es una niña de doce años, que otros se aman, Tommy y Kathy, y ella no, y decide irrumpir en su escenario aún no afianzado sentimentalmente por sus mutuas inseguridades, para apropiarse del amado, y otro día, de repente, ya eres un cadáver en la mesa del quirófano, cuerpo y tubos, ya ajena a los absurdos escenarios en los que convertimos la vida, y en los que nos desperdiciamos, mientras quizás, al mismo tiempo, amargamos la vida de otros con esas necias alambradas que interponemos en la realización de los fugaces sueños de lo posible. Tarde se arrepentirá Ruth, ya cuando su cuerpo es más una carga, por las dos donaciones realizadas, y siente que la muerte se avecina. Casi veinte años después después de decidir frustrar el amor de los que consideraba sus mejores amigos. Casi veinte años durante los que, como tantos otros y otras, intentamos convertir la realidad en la pantalla de lo que preferimos que sea a costa de los deseos y las necesidades de otros. Kathy, en cambio, acepta su destino, tras la muerte del hombre que pudo amar cuando su muerte estaba ya anunciada de modo inminente, y piensa en lo que pudiera haber sido su vida sin la interferencia de otras voluntades.



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