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miércoles, 13 de julio de 2022

Lawrence de Arabia

 

La pregunta que vertebra el desarrollo dramático de Lawrence de Arabia (1962), de David Lean, es cómo o quién es Thomas Edward Lawrence (Peter O'Toole). La narración se inicia con el accidente que causa su muerte al estrellarse con su moto en 1935. Se presenta al personaje como una figura temeraria que atraviesa el espacio con la firmeza de quien quiere hacerlo propio. Pero en el espacio hay otros que también circulan, y al intentar esquivarlos se estrella. Ya anticipa el desarrollo dramático y la misma evolución del personaje. El último plano de la secuencia encuadra un objeto relacionado con la mirada o percepción, sus gafas de motorista que penden de unas ramas desnudas. En la posterior secuencia, un periodista pregunta a varios asistentes al funeral cómo era. Algunos que le trataron, como el general Allenby (Jack Hawkins), contestan, elusivos, que no le conocían demasiado. El coronel Brighton (Anthony Quayle) comenta que era extraordinario aunque cuando le preguntan si le conocía contesta con un escueto Lo conocía (acompañado de una expresión teñida de pesadumbre). El periodista estadounidense Jackson Bentley (Arthur Kennedy), responsable de que fuera conocido internacionalmente, señala que era un hombre poliédrico, un poeta, un sabio y un gran guerrero, pero apuntilla que era un exhibicionista, declaración que molesta a otro asistente, un oficial médico, que no le trató y solo le saludó una vez. Para ese hombre representaba algo fuera de lo ordinario, por lo tanto alguien que reverenciar. La imagen y la impresión que suscitó, por tanto, es diversa. En las siguientes secuencias, que retroceden a 1915, cuando Lawrence era un teniente en el Departamento de Inteligencia Militar, y su perspectiva se reducía a los mapas y a la visión de la calle a través de unos barrotes desde el sótano en el que trabajaba, queda constancia de la concepción que tenían de él los otros militares, sea un payaso irreverente, un esnob petulante que alardeaba de su instrucción o educación cultural, o un insubordinado que no respetaba los códigos (como el saludo a su superior). Sin duda, alguien que se salía de la norma, de un patrón covencional, un excéntrico. Durante su conversación con sus compañeros, demuestra cómo puede apagar una cerilla sin mostrar signos de dolor, mientras que un compañero no puede evitar realizar manifiestos aspavientos cuando siente cómo se queman sus dedos. Lawrence remarca que el truco consiste en que no te importe el dolor. Curiosamente, el trayecto dramático dirige hacia la desolación o difícil asunción de dolor.

La cerilla cobrará relevancia en su tránsito o umbral hacia el territorio en el que vivirá, padecerá, esa experiencia, ese mundo afuera, o (radicalmente) diferente, que no tiene que ver con su restringido espacio de mapas (de realidad) y sótanos, el amplio desierto que es el espacio de vida de otra cultura que es muy distinta a la suya. Ese tránsito se produce con una de las elipsis más deslumbrantes y hermosas de la historia del cine. Tras saber que ha logrado que le transfieran de la anodina vida burocrática de El Cairo al centro de la experiencia en Arabia, para averiguar cuáles son los planes del príncipe árabe Faisal (Alec Guinness) en su lucha contra el Imperio Otomano, sopla la cerilla que ha encendido, y en el siguiente plano vemos cómo asciende lentamente el sol en el desierto (a la vez que la música de Maurice Jarre se despliega y alza el vuelo). Incluso, podríamos verlo cómo una quintaesenciada metáfora del mismo cine. Hágase la luz, y hemos traspasado la pantalla, ya estamos en ella, como realmente representa para Lawrence que dispone, por fin, de la oportunidad de sentirse protagonista de la película de la vida. En el siguiente plano se distinguen las figuras mínimas, sobre una gran duna, de Lawrence y su guía. Unas figuras indiscernibles en la inmensidad, para quien aspira a sentirse inmensidad, una figura extraordinaria. Lawrence se sentía un espectador de la vida, burócrata militar, ávido de experiencias plenas, y extraño como se siente en su propio mundo, no hay nada que le estimule más que conocer ese otro mundo desconocido, la cultura y costumbres árabes. Sentir como siente el otro, aquel en el que no se siente reconocido en el espejo (aquel otro que sus compañeros militares generalmente desprecian con términos como monos o moros, ya que, para ellos, representan una categoría inferior).

Hay un momento, inmediatamente posterior, que parece una prolongación de esa elipsis, o una rima de correspondencia. Tras haber cabalgado por el desierto con su guía durante varios días, fascinado y entusiasmado cual niño, y aún no consciente de que no está viviendo en una fantasía ( o película) tal es su eufórica emoción, acontece un encuentro crucial en un pozo en mitad del desierto. En el difuso horizonte de líneas en fuga donde la calima crea una patina que difumina los contornos y la percepción de las distancias y de lo que se ve o discierne, parece insinuarse una pequeña y oscura figura. Lentamente, como aquel sol que veíamos antes cómo ascendía, gradualmente se perfila esa aparición, un jinete que, cuando el guía realiza el gesto de apuntarle con su pistola, le dispara, matándole. Es Ali Ben el Kharish (Omar Shariff), uno de los lugartenientes de Faisal. Ali Ben se convertirá en el principal introductor, e intermediario, en ese mundo que fascinaba a Lawrence desde la distancia de sus sueños y proyecciones. Una sombra, como el sol, que le hará visible a Lawrence su condición real, porque de esa paradoja estará constituida su experiencia, de sombras y luz, a veces no convergentes. Esa aparición dispondrá, a su vez, de otro contraste, con otra aparición, que amplifica esa naturaleza paradójica. En su posterior trayecto, con el ejercito de Faisal, hacia Aqaba, para atacar la ciudad desde el ángulo inesperado, el extenso desierto, o Yunque del sol, que hay que superar (solo se concibe el ataque desde el mar, motivo por el que los cañones apuntan en esa dirección), uno de los hombres, Gasim (I.S Johar), se caerá dormido del camello. Lawrence se empecina en volver en su busca, pese a las protestas de Ali Ben, quien considera que es una acción destinada al fracaso, un suicidio. Piensa que está escrito que sea así, pero para Lawrence no hay nada escrito, todo depende de la propia voluntad o determinación. En la citada secuencia que ejerce de contrapunto de la aparición de Ali Ben, Farraj, uno de los dos chicos que asisten a Lawrence, espera sentado en su camello. En determinado momento advierte que en el horizonte comienza a perfilarse la figura de Lawrence, a quien acompaña Gasim en la grupa del camello. Frente a la aparición de Ali que anuncia la violencia y la muerte como acontecimientos recurrentes en la experiencia de lo extraordinario que Lawrence vivirá, la vida, la acción generosa y compasiva que intenta Lawrence que sea lo que prime. A Lawrence le caracteriza su rechazo a la violencia que, como apunta Faisal, está relacionado con la compasión, mientras que en su caso está relacionado con las buenas maneras.

Lawrence también cuestiona ese absurdo de definir las relaciones con los otros en términos de rivalidades entre tribus. Una posterior secuencia, en la que también es figura crucial Gasim, expondrá una primera derrota del propósito de Lawrence. A punto de llegar a Aqaba, un hombre de la tribu de Ali Ben mata a otro de la tribu que lidera Auda Abu Tayi (Anthony Quinn). La única solución para que ambos queden satisfechos es que sea alguien que no pertenezca a ninguna tribu, Lawrence, quien ejecute al asesino que, para horror de Lawrence, resulta ser el hombre que previamente había salvado de una muerte que todos consideraban segura, Gasim. De nuevo, le remarcan que efectivamente debía estar escrito que ese hombre muriera. Lawrence bregará por conseguir que no sea así, que no prime la violencia ni las rivalidades, pero su propósito está condenado al fracaso, a la vez que absorbe la vida en él, como si progresivamente se tornara en sombra. La misma violencia ejecutada por aquella primera aparición, que Ali Ben justificaba porque alguien de otra tribu estaba aprovechándose de un pozo propiedad privada, ya señaliza el reverso de primitivas y viscerales conductas con las que se va a enfrentar. Su impotencia se incrementará cuando, durante su posterior trayecto cruzando el Sinai, con los dos chicos que le asisten, para contactar con el ejército inglés en El Cairo, sea testigo de la muerte, en unas arenas movedizas, de uno de ellos, Daud.

Además de su desesperación, el extrañamiento de Lawrence se acrecienta gradualmente. No se siente ingles, quisiera sentirse árabe, pero no es árabe. Aunque vista como tal, con su atuendo característico, desde que salva a Gasim. Se pasea, de hecho, solo, disfrutando de su nuevo atavío, tras que se lo ponga por primera vez, como si se desplazara por una pasarela (para perplejidad de Auda Abu, que le contempla). En cierto momento, Faisal comentará que Lawrence ama el desierto, pero el desierto es nada, un vacío. Quizá, cual pantalla en blanco, representa a esa realidad que él quiere moldear, en la que quiere influir de modo benéfico, como modo de afirmación de que es él, su voluntad, o la mente, la que escribe o traza el destino. Cambia un uniforme por un atuendo característico de quien vive en el desierto, y caracteriza a otra cultura, pero ¿Cuál es su lugar? ¿Quién es?. Lawrence es un personaje en tierra intermedia. Comprende, y se aproxima al modo de sentir Árabe, como ningún ingles siquiera lo intenta, pero también colisiona con sus patrones o particulares mapa culturales (como le ocurría con los que representa Inglaterra, tierra de gordos, como él la considera, en la que él es una anomalía también en términos de constitución física). Lawrence busca en lo otro una amplitud pero no deja de colisionar con los límites, restrictivos, en los que se configura cada cultura. Ali Ben, tras la victoria en Aqaba, le califica como príncipe y hombre, pero él no se considera ni uno ni otro. Para los diplomáticos o superiores militares es sólo un instrumento, o una pieza de ajedrez, en el tablero táctico de la guerra. Los árabes aceptan a Lawrence, incluso siguiéndole cual caudillo u oficial militar, pero, como bien sabe Ali Ben, nunca podrá ser uno de ellos, porque no podrá sentir como ellos, y el extrañamiento se convertirá en desgarradura. Esa diversidad perceptiva, o divergencia con respecto a cómo le conciben los demás (pero también él mismo), que además colinda con el desenfoque y la distorsión, encuentra su mordaz reflejo en el hecho de que el oficial médico que, en su funeral, se indigna porque el periodista califique a Lawrence como exhibicionista, solo recordara que le había saludado, emocionado, en una ocasión, pero no cómo previamente, cuando Lawrence portaba el atuendo Árabe, le había abofeteado al ser testigo del estado en que se encontraban los prisioneros turcos en Damasco.

Lawrence comenzará a sufrir un proceso de enajenación, cual sombra que se siente sol, inmune: tras el asalto victorioso a un tren turco, se pasea por los techos de los vagones, y su sombra se refleja en la arena. Cuando un soldado malherido le dispara, alcanzándole en un brazo, permanece quieto mientras el soldado sigue disparando sin volver a acertarle de nuevo. Tiempo después se califica como alguien que no es cualquiera, y que es invisible, por eso acepta pasearse por un poblado controlado por el ejército turco porque está seguro que no le pasará nada. Pero tras que sea torturado, azotado y violado, su perspectiva variará. Ya sabe que puede ser cualquiera, y que no es visible. Pero un cortocircuito acontece en su mente. Aunque señale a Allenby que quiere retirarse porque quiere sentirse un hombre ordinario, no tardará en dejarse convencer de que es crucial su intervención para que las distintas tribus árabes lleguen a Damasco y formen por fin el Consejo árabe, porque él es extraordinario. Pero la combinación de sentimientos que forcejean en él van convirtiéndole en una sombra, poseído por su ánimo visionario, o mesiánico, cual adalid de la revolución justa. Su identidad, o su imagen, se emborrona, casi como si sólo le sostuviera su papel en una representación, su rol protagonista en una película, que no lograra habitar plenamente, en particular cuando actúe del modo opuesto a lo que afirmaba cuando comenzaba a transitar, con la ilusión del explorador, en ese otro espacio. Se desprende de la compasión, y se torna en su sombra siniestra, una figura cruel que ordena el ataque contra un destacamento turco que se retira. Quienes le admiraban como Ali Ben o el periodista Bentley le ven ahora como alguien que se ha traicionado a sí mismo o como alguien despreciable que nada tiene que ver con la figura heroica que parecía en principio. Ali ben le sigue amando pero a la vez le teme, aunque comparte con Auda que no sabe cuánto se temerá el propio Lawrence, ya que se odia a sí mismo.


Esa amargura o sensación de fracaso se acrecentará cuando sea testigo de cómo no se sabe materializar la armonía entre las diversas facciones o tribus. Y cómo los acuerdos con las potencias europeas serán lo que prime (o cómo, realmente, desde un principio, la intención de ingleses o franceses no era la de ayudar a los árabes a sublevarse contra la imposición de los turcos sino la de convertirse en el relevo de estos como potencia dominante). Cambian posiciones de dominio, cambia el mapa geopolítico, pero esencialmente nada cambia. Las identidades siempre serán rígidas, enquistadas en su autoafirmada e inflexible posición, en la imagen en cuya representación se sostienen, y afirmada en rivalidades (con otras tribus, culturas o naciones). Tan inmutable como el mismo desierto. En esa secuencia, en el despacho de Allenby, con Faisal y Dryden (Claude Rains), del Departamento árabe (quien envió a Lawrence, en principio, a su misión, y uno de los principales titiriteros de la función), la cámara comienza encuadrando el reflejo de Lawrence en la mesa. Cuando le encuadra directamente está envuelto en sombras, y su semblante está definido por la gravedad y la desolación, como si todo el entusiasmo que brillaba en su rostro cuando inició su aventura, que esperaba fuera extraordinaria, hubiera sido extraído. El anhelo de cambio o de transformar se convirtió en una mera ilusión, otro espejismo, como los de los inciertos horizontes del desierto, en el que la mirada no sabe lo que realmente percibe, porque igual sólo existe lo que se quisiera ver. Cuando se percibe que es sólo una pantalla, se evidencia nuestra condición de meras sombras. 

La conclusión es tan desoladora como lo serán las de las posteriores, y también magistrales, Doctor Zhivago (1965) y La hija de Ryan (1970). Lawrence, ya con uniforme británico, retorna a Inglaterra, aunque su expresión delata que no es a casa, como sí, en cambio, expresa con entusiasmo el conductor del jeep, ya que no siente que tenga un hogar. Se cruzan con unos beduinos en sus camellos, y se incorpora para comprobar si son Ali Ben y sus hombres, pero no lo son. Una motocicleta les supera, y vincula con el principio de la narración, con su muerte, como sugerencia de que hasta el fin de sus días fue más bien un muerto en vida que había perdido la ilusión. El hombre que quiso ser protagonista, la voluntad que escribía el destino y la cerilla que encendía el sol se confrontó con su condición de nada, de hombre cualquiera, cual reflejo del desierto, en el que abundan los espejismos. Ya sólo fue una figura que atravesaba el espacio como si la velocidad fuera el modo de contrarrestar su impotencia. Ya solo fue una sombra de lo que soñaba con haber sido.


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