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miércoles, 13 de marzo de 2019

The escape room

Los reflejos del laberinto. Si restringes las variables en tu vida, si te encierras, no reduces tu vulnerabilidad. Más bien cierras los ojos y esperas que la vida discurra sin que se produzca la temida explosión que quiebre tu vida. No te expones, no intervienes, permites que el escenario sea delineado y dominado por otros, por aquellos a los que se les halaga con la consideración de que se salen del molde, por su éxito, cuando se ajustan, mejor que nadie, al patrón del molde establecido, ese que rige en nuestra sociedad, el molde que valora a quien proporciona beneficio a costa de otros. Su éxito es su eficiencia. Habitamos el escenario de la eficiencia, en el que no tienen cabida, en primera línea, los que no se ajustan a ese molde, o no disponen de las cualidades requeridas, por lo que que son relegados. Los títulos de crédito de aquella lúcida disección de la infección del ensimismamiento de nuestra sociedad, La habitación del pánico (2002), de David Fincher, se superponían sobre edificios, construcciones cerradas, metáfora y emblema de una sociedad cerrada en sí misma, cuando no crispada (una sociedad en la que para el individuo la realidad gira alrededor de sí mismo: la habitación del pánico es el escenario, cual fortaleza, en el que nos recluimos cuando la realidad nos contraría). Lo mismo en los título de crédito de la notable The escape room (2019), de Adam Robitel, guionizada por Bragi F Schut y Maria Melnik, con seis personajes en busca de una salida, aunque no dejarán de preguntarse quién es el autor de ese juego, que es tortura, en el que son contendientes o piezas de una competición por la supervivencia para la que han sido reclutados sin su consentimiento. Piensas que te han elegido, porque has sido llamado, pero has sido reclutado para una competición en la que eres una pieza prescindible, incluso sacrificable. Un reflejo de lo que es la realidad afuera. Es un edificio que se asemeja a otros edificios. Uno entre tantos múltiples edificios intercambiables. En el cuerpo de una de las participantes destacan las quemaduras sufridas durante una contienda bélica. Como una contienda se disimula en ese escurridizo escenario de apariencias afuera, nuestro afuera, que genera quemaduras, heridas de guerra no visibles.
Por eso, ese juego, o esa competición, es, como plantea uno de los responsables del juego, también un reflejo del gusto del ser humano por el espectáculo de la violencia. Como decía la voz en off de Morgan Freeman, en Million dollar baby (2005), de Clint Eastwood, al ser humano le gusta la violencia, por eso se detiene ante un accidente. El cuadrilátero, en esa película, era otro reflejo o símbolo de esa atracción o ese deleite. Aquí lo son las seis habitaciones que deben superar los seis personajes. Seis pasajes de un laberinto: al fin y al cabo, la empresa se llama Minos, como el que debía superar Teseo para enfrentarse, en el centro que debía alcanzar, con el minotauro. En este caso, es la salida lo que buscan los personajes, aunque algunos de ellos encontrarán su centro en el proceso, su confrontación con su particular minotauro, la resolución de sus conflictos, como es el caso de Zoey (Taylor Russell), quien precisamente señalará que la configuración de ese escenario, a su vez reflejo del afuera, quizá sea como las equívocas o paradójicas perspectivas de Escher. Un edificio que es muchos más, camuflado en la multiplicidad. Por eso en esos seis pasajes, en esas seis habitaciones, de las que hay que lograr escapar antes de morir, prima la distorsión, las falsas perspectivas, la manipulación artera que mina las voluntades, el control sibilino. Las palabras de un nombre si son combinadas de otro modo pueden evidenciar la manipulación que pretende ser aviesa conducción y determinación. De nuevo, un reflejo de nuestro afuera.
Son seis personajes, pero de modo significativo, en el prólogo se centra en tres de ellos. Zoey, una estudiante de Física, que se esconde en la supuesta seguridad de la invisibilidad, de no hacerse notar, como si así evitara llamar la atención a la vida que genera accidentes por exponerse demasiado. Reduce las variables de posibilidades de su vida. Para el sistema, sin que lo sepa, es una actitud idónea para ser controlada. En esa clase inicial no responde a una pregunta del profesor sobre el efecto cuántico Zenon, según el cual, si hay observador no hay movimiento. Está (o parece) detenido (o en un sentido estricto, se ralentiza la evolución de la acción) cuando se hacen medidas en intervalos muy cortos. De alguna manera, Zoey permite que la congelen (controlen) de ese modo por su actitud temerosa. No te enfrentas a un sistema, no intervienes en la realidad, y por eso propicias, o permites, que esta se configure según un molde en el que no encajas, ese que representa Jason (Jay Walker), un eficiente comercial al que premian con la consideración de que se sale del molde, pero él es la quintaesencia del molde del sistema, aquel que sabe arrollar o ahogar a quien sea para conseguir el éxito (y beneficiar de paso a su empresa). Su ecosistema, la distorsión persuasiva y la mentira conveniente para conseguir su propósito. Siempre habrá un Ben (Logan Miller) al que dejar en la cuneta, alguien que se sienta frustrado y fracasado, sin perspectiva de encontrar la salida de su reclusión en las casillas marginales, del mismo modo que le niegan una mejora de posición en su trabajo en un supermercado, porque no consideran que disponga de las condiciones para ser la imagen adecuada cara al público.
En el transcurso de la superación de los seis pasajes se evidenciarán, en su pasado, las circunstancias que los marcaron, paralizaron o congelaron, o de las que se aprovecharon para superar la circunstancia, aunque procuraran distorsionar el relato del mismo a su conveniencia. Esos seis pasajes, esas habitaciones que deben superar, abrasan, congelan, paralizan, envenenan, aplastan o precipitan la caída. De nuevo, un reflejo de nuestro afuera. Por eso resultará inevitable que los opuestos se enfrenten, precisamente, en el escenario que envenena con la distorsión de las equívocas apariencias. Alcanzar el centro no implica que se alcance la salida. Puedes alcanzar tu centro, confrontarte con tu minotauro y superar lo que te congelaba, quemaba o paralizaba, pero, desde luego, eso no implica que el sistema varíe.

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