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viernes, 23 de marzo de 2018

Thelma

Las alas y el hielo de las emociones. Nuestra mirada puede desplegarse, o puede atascarse. Hay múltiples ángulos con los que contemplar la realidad, aunque algunos se conviertan en interferencias, interrogantes turbadoras, o incluso amenaza. En la primera secuencia de la producción noruega Thelma (2017), de Joachim Trier, Thelma, aun niña, y su padre, caminan sobre un lago helado. Thelma contempla bajo la superficie el desplazamiento de los peces. El cambio de plano será desde la perspectiva acuática, por lo que vemos la figura difusa de Thelma. En la siguiente secuencia, el padre apunta a un ciervo pero, sin que se percate de ello Thelma, varía su punto de mira, y apunta a su hija, aunque no apriete el gatillo. Interrogantes y percepción alterada. El cine fantástico se define por la alteración de la percepción. Lo que resultaba familiar se trastoca. Thelma (Eili Harboe), adolescente que inicia su carrera universitaria parece que no se distingue del resto, como resalta el encuadre aéreo en el que no es sino una figura más en una plaza, pero no es así. Del mismo modo que su cuerpo sufre convulsiones súbitas, su realidad se trastoca cuando comienza a sentir (¿se sugestiona?¿percibe?) que una serie de fenómenos sorprendentes parecen relacionados con lo que su mente desea, o con lo que la conmociona o agita emocionalmente. ¿Colisiona con sus mismas emociones, del mismo modo que aves contra las cristaleras de la biblioteca?. Su mente tanto sufre alucinaciones como parece disponer del poder de influir en otras voluntades, desplazar cuerpos o alterar la misma realidad. Thelma se siente desbordada por lo que no comprende. En su perspectiva influye, o quizá sea interferencia, su educación cristiana. Parece colisionar con sus deseos, con su atracción por una compañera, Anja (Kanya Wilkins), como si el deseo fuera un pájaro que no vuela sino que se estrella contra un cristal.
La narración se va alterando, con movimientos de cámara, en ocasiones intrigantes, hacia espacios, caso de las copas de unos árboles, como esas interrogantes que no encuentran respuesta en la desesperación de Thelma. ¿Lo que sufre se debe a algún trastorno físico, neuronal?¿Como lo que quizá sufrió una abuela suya que fue ingresada por su padre? ¿Sus convulsiones son expresión de ataques epilépticos o somatizaciones de conflictos emocionales, por tanto de un estado emocional estresado? ¿Por qué resulta su madre, impedida en una silla de ruedas, tan sobreprotectora, llamándola cada día? La realidad se evidencia como una espesura en la que se perfilan brechas que multiplican las interrogantes. Durante la narración se alterna el presente con el pasado, en el que se revela, incluso para ella misma, otra relación conflictiva, en aquel caso con su hermano recién nacido.
La premisa argumental podría evocar la de Carrie (1976), de Brian de Palma, pero afortunadamente, aunque su puesta en escena también también transite los extremos emocionales , no incurre en la aparatosidad estridente del gran guiñol de la película de De Palma. Trier transciende intrigas argumentales y resonancias simbólicas gracias a la orquestación atmósferica, impulsada, o hecha cuerpo, a través de la excelente banda sonora de Ola Flottum. Delinea con fisicidad pasajes y estados emocionales. Nos sumerge en otra mirada, en las sensaciones de Thelma, en su desconcierto, y en una alteración, que no es sólo la que vive, o padece Thelma, sino la que amplifica ángulos a través de esa apertura de perspectivas, aunque sea desde la extrañeza de la hipérbole: esto es, la somatización de los conflictos emocionales. Cómo nos trastorna lo que inhibimos, cómo impedimos con el hielo de la represión que se despliegue lo que sentimos con sus alas y se exprese y exponga sin restricciones.
Más allá de la particular peripecia, fuera de lo corriente, que vive Thelma, por sus singulares poderes, o la específica colisión que relaciona educación restrictiva religiosa y expresión de deseos que no considera legítimos, ese es el núcleo que atraviesa el conflicto: el reflejo, a través de la hipérbole fantástica, de nuestras somatizaciones e inhibiciones. Tras sumergirnos en las profundidades de nosotros mismos, y quemar lo que nos lastra, o lo que interfiere en nuestro despliegue emocional, como se expresa en los trances alquímicos, expulsamos nuestras inhibiciones, como si escupíéramos un ave que echa a volar. Y ya, entre la multitud, somos alguien más, pero ya no una soledad que no sabe conectar, sino alguien que ya sabe sentirse junto a alguien con quien comparte la conexión de deseos y sentimientos,.

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