Translate

miércoles, 19 de agosto de 2015

Little accidents

Los accidentes ocurren cuando menos lo esperas. La vida se define por la imprevisto, por mucho que se intente establecer previsiones, y se intente enjaularla con el afán de control. No somos inmunes, sino vulnerables, siempre. La mina donde trabajas se puede hundir, un tropiezo puede provocar que te abras la cabeza con una roca, tu hijo puede desaparecer y pasan los días y no sabes qué ha podido sucederle, dónde está, si está vivo o muerto. Y la desesperación, el extravío de las emociones que se sienten sin centro, la pesadumbre, te quita la respiración.'Little accidents' (2014), opera prima de Sara Colangelo (cuyo guión fue nominado en los premios del cine independiente, los Spirits), hace cuerpo de esa desesperación con una narración opresiva que no se libera ni con el grito del dolor que rasga tus entrañas cuando muere un ser querido. La desesperación, el extravío, puede ser la de las secuelas de haber sido el único superviviente, como Amos (Boyf Holbrook), de un accidente en una mina, en el que todos tus compañero quedaron sepultados, y despiertas del coma y debes enfrentarte al hecho de que eres un lisiado de por vida, porque una de tus piernas y uno de tus brazos ya no tienen la misma movilidad, y debes enfrentarte a tu comunidad porque tu declaración va en contra de lo que dice la dirección de la empresa, cuya versión es que el accidente fue causado por un rayo, y no por su negligencia, y debes enfrentarte a tus convecinos que prefieren que calles la verdad porque decirla supondría que quizás tomaran la decisión de cerrar la empresa con la correspondiente pérdida de empleos.
La desesperación, el extravío, puede ser la de uno de los adolescentes que ha perdido a su padre en el accidente, Owen (Jakob Lofland), que busca denodadamente ser aceptado en el grupo de unos chicos mayores que hacen mofa de él, y que provoca por un ridículo y fatal accidente, por una piedra que lanza a quien intenta hacerle daño, JT (Travis Tope), que este caiga y se abra la cabeza. Y Owen no sabe lidiar con ese peso de responsabilidad y necesita compensarlo, como si fuera una espita para ese dolor que le abruma, como si permaneciera atrapado en el interior de una mina, y favorece en sorteos de beneficencia a la madre doliente, Diane (Elizabeth Bnaks), como si por un instante, como un reflejo borroso, pudiera ser el hijo sustitutorio que no puede ser, porque no puede compensar nada lo que calla. Y la desesperación, y el extravío, de quien no sabe qué ha pasado, qué pasa, por qué ha desaparecido de su vida un hijo, alguien que estaba ahí cada día, y de repente se ha desvanecido, y siente que el aire le falta, y esa mujer se convierte en el quebrado punto de unión para los otros dos personajes, como pantalla, que a la vez encuentra un respiro provisional en ambos, en el hecho de regalar una bicicleta que su hijo ya no usaba, o encontrar el abrazo que no encuentra en su hogar. Porque en su desamparo busca refugios, algunos que no son suficientes, como reuniones en las que debaten sobre la biblia, y se entrega al cuerpo lisiado de Amos, que es el reflejo de su interior lisiado, y a la vez el opuesto de su marid, Bill (Josh Lucas), porque su marido es el representante de la empresa a quien acusan de ser responsabilidad de la negligencia, al que usan en la empresa de chivo expiatorio, como cumplió su papel de esbirro de desviar dinero hacia los empresarios en vez de en medidas de seguridad, porque, como argumenta a su esposa, así han podido disponer de los lujos de los que han disfrutado.
Y dos lisiados, Amos y Owen, coinciden en el interior de una mina, no la misma donde aconteció el accidente, sino en otra que representa esa la que aún están atrapados en su interior, y Owen acaricia la piedra como si en su textura pudiera sentir el último aliento de su padre, o su último grito silencioso, ese que no logró liberarse. Porque hay liberaciones al final, pero es la liberación que duele, es el grito mudo de la madre que cae abatida cuando la incógnita se derrumba y deja desnuda la evidencia de que su hijo ya no volverá nunca más, y es la liberación del que tiene que decir lo que calla porque es la única manera de ver luz en el túnel en que permanecía atrapado en su interior desde que lanzó aquella piedra que provocó como rebote que otro chico se abriera la cabeza, y es la liberación del que dice lo que tiene que decir, del que hace lo que tiene que hacer, decir la verdad, aunque eso implique que conviva de ahora en adelante con la animadversión de los vecinos que pierdan su empleo por su decisión de ser justo con la verdad. Y muchas veces, la verdad duele.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada