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jueves, 20 de agosto de 2015

Continental, un film sans fusil

Un día decides dejar de realizar el mismo recorrido. Decides que no quieres que tu vida sea circular en la misma línea de autobús día tras días. Decides que no quieres realizar las mismas acciones, decides que no quieres detenerte en las mismas paradas. Y te sumerges en la oscuridad, y desapareces. No eras mientras eras algo, ahora eres porque ya no eres. Nada es seguro, para qué seguir engañándose. La oscuridad siempre estaba ahí aunque no quisiera verla. Incluso en el propio interior, en la propia mirada. En la secuencia inicial de la excelente 'Continental, un film sans fusil' (2007), opera prima del cineasta canadiense Stephane Lafleur, un hombre desciende del autobús detenido en mitad de la noche y se interna en la oscuridad del bosque, y ya se convierte en una foto borrosa en los carteles que indican su desaparición, por si alguien le viera. Aunque, ¿quién ve a quién? El relato se alterna a través de cuatro perspectivas, cuatro bailarines solitarios, como un cuerpo que se hubiera descosido, la esposa, Lucette (Marie Ginette Guay), el hombre que ocupa su puesto de agente de seguros, Louis (Real Bossé), la recepcionista del hotel en el que se aloja Louis, Chantal (Fanny Mallette), y el hombre que arreglará el casette de esta cuando se estropee, Marcel (Gilbert Sicotte), quien a su vez es paciente del socio dentista de Lucette.
Emociones a la deriva, que sienten como tiemblan los raíles sobre los que se sostienen sus frágiles líneas de vida. Lucette asiste a clases de baile, pero ha perdido el paso porque no entiende por qué ha desaparecido su esposo, si no había una razón visible, por lo menos para ella. De repente, ocurre, y cambia todo el escenario, y quien estaba a tu lado durante años ya no está porque revela que no estaba del todo contigo, había algo en él que no habías advertido. Y sus objetos, sus prendas, permanecen, y son lazo con el pasado, con el recuerdo, pero también agujero negro porque impiden mirar hacia el futuro. Louis parece el pasado del desaparecido, el que un día quizá desaparezca como él, el que realiza su trabajo como un autómata, mientras la insatisfacción se va propagando en su interior como un tumor. Intenta persuadir a sus clientes de que encontrarán la paz de espíritu si deciden contratar el seguro pero se percibe que su vida se está desintegrando lentamente. Las conversaciones telefónicas con su esposa delatan una distancia, una crispación que se ha ido sedimentando pero no ha explotado; cuando su esposa le pregunta si está con alguien, él alza el teléfono para que escuche el silencio; aunque en la habitación de al lado no deja de oír cada noche los forcejeos amorosos de una pareja que, más adelante, para su sorpresa le planteará si le apetece mirar mientras lo hacen. También Chantal se ha fijado en él, como si fuera esa figura que pueda hacer sentir que la vida palpita con un acontecimiento, en vez de sentir que eres alguien que esperas, y esperas. Y esperas aparecer.
Pero Louis parece más bien una figura entumecida que se difumina en la distancia porque también siente que todo es lo mismo, la misma línea, las mismas palabras, las mismas puertas que se cierran ante él, ancianos que necesitan de oxígeno para respirar a los que intenta vender un seguro, cuando a él falta el aíre porque va perdiendo la motivación. Y Marcel es el futuro de lo que se va ya degradando, unas encías ya deterioradas, un silencio solitario que pesa en el hogar, un silencio de añoranzas de quien ya no está contigo pero desearía que estuvieras. Y se tiñe el pelo, pero la piel de la realidad no se puede teñir. Y de nuevo, vuelve a apostar, en las máquinas de juego, como si de ese modo intentara mantener la ilusión de que aún lo posible alienta en él, no una cuesta abajo en la que se irán sumando las pérdidas. A veces, quizá lo más apropiado sea desaparecer, en vez de seguir con la inercia del movimiento mecánico, como quien ya conduce en círculos sin saberlo, y pierde conexión. En otras, cuando menos lo esperas, apareces, o reapareces, porque sabes conectar, o reconectar de nuevo, y sientes que hay dirección, y a tu lado quizá haya alguien que te hace sentir que los viajes reales son los que realizas dentro de tí a través de alguien. A veces, ocurre.

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