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jueves, 6 de agosto de 2015

En terrains connus

Si pierdes un brazo, la realidad ya no será un territorio familiar. Si no sabes arrancar la moto de nieve, y siempre tienes que pedir ayuda a tu padre, la realidad es un territorio familiar, demasiado familiar, que no funciona. El cineasta canadiense Stephane Lafleur tiene un gran talento para hacer cuerpo de la extrañeza. Lo logra en su primera obra 'Continental, un film sans fusil' (2007), en su tercera y última obra, la admirable 'Tu dors Nicole' (2014) y lo consigue en la segunda, y también estupenda, 'En terrains connus (En territorios familiares, 2011). Es uno de esos cineastas que reconstituye la mirada, como si la realidad no hubiera sido mirada antes. Maryse (Fanny Mallette) es testigo de cómo un hombre pierde un brazo en la fabrica donde trabaja. Lo ve desde la distancia. Y ya mirará la realidad desde esa distancia que te hace sentir separada, desgajada, como si se hubiera roto la conexión, como si hubiera perdido un brazo en su interior. Mira su brazo como si percatara por primera vez de su presencia, como algo que podría perder. Contempla a su marido en su bicicleta con la que simula con la pantalla que le acompaña que corre una etapa del Tour, como si fuera de otra dimensión con la que no puede comunicarse. Sus lágrimas son signos que ni siquiera procura entender. Todo parece solucionarse, en este paisaje adormilado cubierto de nieve, con irse a tumbar un rato. En ese paisaje parece que tiene más vida el muñeco de elevada altura zarandeado por el viento. En la bolera aparta la espalda cuando él, en un gesto inercial, pone su mano sobre ella, aunque ni se percata de que ella rehuye el contacto.
Benoit (Francis La Haye), su hermano, busca en la nieve quizá algún tesoro con su maquina de detectar metales. Quizá intenta detectar vida, como cuando la usa sobre el cuerpo de su padre, otro ser de otra dimensión con el que no se entiende. No consigue arrancar la moto de nieve, pero su padre siempre lo logra. Quizá porque Benoit sigue desubicado, fuera de lugar, también ha debido perder un brazo en su interior, o no ha crecido como debiera. Detecta bajo la nieve un cochecito de juguete, y se lo regala al hijo de su amante, un niño que siempre le recibe como un perro que le gruñe. Hay cierto desajuste entre la realidad y él, y en cierta medida es como un niño que aún no ha logrado perfilarse como adulto, o amodorrarse como un adulto, sea en simuladores o abotargado en un sofá frente a la televisión.
Aparece alguien del futuro, no de un futuro lejano, sino el de la vuelta de la esquina, dentro de siete meses, y ese hombre que aparece de la nada, le avisa de que su hermana tendrá un accidente fatal si van a cierto lugar. Hay direcciones que no se tienen que tomar, aunque a veces sea difícil discernir qué dirección se quiere tomar, cuál es la adecuada, para qué seguir, por qué no detenerse, como esa grúa en el jardín de la que se quiere desembarazar Maryse pero sigue sin hacerlo. A veces, ya no deseas arrancar, ni simular, prefieres ondear el muñón de tu brazo porque te hace sentir que realmente estás vivo, que no quieres quedarte anestesiado, como un muñeco de nieve, en un territorio familiar, demasiado familiar. Necesitas accidentes para desentumecerte, para despertar. Quieres dar la vuelta campana y mirar desde otro ángulo, ese desde el que sientes cómo aún brota tu aliento.

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