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lunes, 16 de junio de 2014

Las dos caras de enero

Hay películas que parecen que llegan tarde, fuera de tiempo. 'Las dos caras de enero' (The two faces of january, 2013), debut como director de Hossein Amini, guionista de adaptaciones como 'Jude' (1996), de Michael Winterbottom, 'Las alas de la paloma'(1997), de Ian Softley, 'Las cuatro plumas' (2002), de Shekah Kapur, o 'Drive' (2011), de Nicolas Winding Refn, es una película que intenta ser de otra era y parece de ninguna, ni siquiera de esta. Además, sobre todo, no extrae todo el potencial dramático que le proporciona la obra de Patricia Highsmith, empezando por el diluido personaje de Oscar Isaac, Rydal. Ese latente contraste entre su personaje y el de Viggo Mortensen, Chester, aquel en que pudiera convertirse, su posible futuro de vida de rateo, las consecuencias funestas de una vida entre parasitaria y pícara, está completamente desaprovechado. Queda, por eso, una película de superficies, una película de papel cuché, aplicada, correcta, demasiado pulida, como si nunca se despeinara ni perdiera la compostura, pero con parca, o diluida, sustancia, sin remarcable densidad dramática. Una película que se queda en amago o esbozo, más interesante por lo que pudiera haber sido, por la potencial película que se insinúa entre planos y gestos. Una película que se deja ver con encogimiento de hombros, porque se parece demasiado a otras ya vistas, sin que logre desprenderse de la pesada sombra de unos precedentes cuya huella no logra difuminar. Por ello, se olvida nada más verla. Por ello, incita a revisar la magnífica 'A pleno sol' (1960),de René Clement, lo que de ni de lejos logra ser aunque lo intente (empapándose de entrada con tonos dorados y el fulgor solar mediterráneo).
De todos modos, por mucho que se diluya o no se extraiga todo su potencial, la película se erige sobre unos cimientos lo suficientemente sólidos, por sugestivos, para que se siga con interés una narración que, por otra parte, fluye con modulada progresión. Se agradece su concisión, aunque deje regusto de restricción, de no apurar a fondo los conflictos de y entre los personajes. Es una obra que queda a medio camino, entre tiempos, entre conflictos, como el personaje de Kirsten Dunst, Colette, comenzará a debatirse entre dos hombres, pero todo queda en la distancia, entre lo sutilmente perfilado y lo no suficientemente propulsado de modo dramático. Hay eficaces momentos de tensión, como en el aeropuerto, y un buen trabajo interpretativo del trío protagonista, pero no deja calado, como si se pasara de puntillas. Desaprovecha, me parece, algo que Highsmith suele plantear con aristas bien afiladas en sus construcciones dramáticas, en cómo perfila el conflicto a través de dualidades o proyecciones, de personajes que son los reflejos de otros, lo que pudieran ser, su lado siniestro (y patético, en este caso: Chester es, más que una figura perversa, alguien superado por las circunstancias, que desesperadamente intenta mantenerse a flote, sobrevivir, y que reacciona como el que antes que ahogarse opta por apoyarse en la cabeza de otro; por eso, la indefensión de su desolación cuando teme perder a Colette). Y ahí, también a diferencia de 'El amigo americano' (1977), de Wim Wenders o 'Extraños en un tren' (1950), de Alfred Hitchcock, es donde no logra elevarse, despegar definitivamente, la película. Las corrientes tumultuosas de los rápidos de un río quedan restringidas a las salpicaduras de una fuente decorativa de sofisticado diseño.

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