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sábado, 28 de junio de 2014

El extraordinario viaje de T.S Spivet

Cuando T.S (Kyle Catlett) recibe una llamada telefónica en el aislado rancho de Montana donde vive con sus padres y su hermana, se plantea tres posibles recorridos para llegar hasta el teléfono. Uno es el más fácil, rápido y directo, cruzar el vestíbulo, pero también el más aburrido. Otro, ascender por las escaleras exteriores con unos esquíes a modo de zancos. Pero también lo deshecha, no sólo porque ralentice sobremanera su trayecto con la consiguiente considerable demora en la consecución de su propósito, contestar al teléfono, sino porque refleja cierta predominante tendencia de la naturaleza humana que T.S condensará con precisión cuando exprese su perplejidad ante el hecho de que el ser humano tienda a los ángulos rectos en sus edificaciones cuando su conducta suele ser tan retorcida e ilógica. La opción que elige, entremedias, es recorrer un habitación colindante que es como un espacio de lo mágico y de lo extraño, el espacio personal de su padre, repleto de cabezas de animales disecados y otros ornamentos de la tradición de la América rural. Es un espacio que parece aislado del tiempo, como si se hubiera detenido el aire, es el espacio en el que su padre (Callum Keith Rennie) se retira para emitir, muy de cuando en cuando, alguna fugaz frase sentado en su butaca. Es el espacio inaccesible, como siente T.S que es el afecto de su padre, al que siente en una distancia disecada, en parte porque T.S siente que su favorito era el hermano, el hermano que era capaz de acertar con su bala en un animal a muchos metros de distancia, y que murió al dispararse una escopeta, una muerte de la que no deja de sentirse responsable T.S.
El motivo de esa llamada que T.S tiene que contestar es informarle de que en la Universidad de Smithsonian de Washington le han concedido un importante premio por la invención de la rueda magnética, que posibilita el movimiento perpetuo. Claro que no se imaginan que tiene diez años. Claro que no se imaginan que a T.S le domina la pesadumbre de ser prontamente consciente de que el movimiento de la vida se interrumpe, y del modo más absurdo, y doloroso. Lo que no obsta para que se decida a realizar la aventura que narra la reconstituyente celebración de la imaginación y el asombro que es 'El extraordinario viaje de T.S Spivet (The young and prodigious T.S Spivet), de Jean Pierre Jeunet, adaptación de la primera novela de Reif Larsen. T.S no deja de asombrarse de que dos personas,o dos universos, tan diferentes que parecen contrarios o extremos, como son su padre y su madre, la doctora Clair (Helena Bonham Carter), se hayan enamorado, y convivan juntos, y hayan formado una familía. Parecen dos sustancias que no puedan nunca fusionarse, él un cowboy de escasas palabras cuyo ganado son unas cabras, y ella una científica, una entomóloga, que parece absorta en su singular universo paralelo. Esa misma peculiar ecuación se ha dado entre hermanos. Su hermano Layton parecía la transposición de su padre, y las inquietudes de su hermana parecen enfocadas en convertirse en Miss América (aunque en su mente parezca estar abierta a la multiplicidad, como cuando se muestra cómo sus diversos yoes dirimen cómo reaccionar ante cierto comentario insólito de su hermano).
En cambio, la actividad neuronal de T.S muestra una febrilidad en movimiento perpetuo de curiosidad, interrogantes e inventiva. Una anomalía en estos tiempos en que la inquietud o afán por el conocimiento, la actitud ilustrada y la singularidad, no parecen la predominantes, y que, desde luego, resulta molesta para su profesor. Ya que no puede asimilar ni aceptar que sus reprimendas se vean refutadas por la publicación de las ideas de T.S en revistas científicas. El equipaje de T.S no puede ser más inusual, detallado en una de esas fascinantes secuencias características de Jeunet en la que T.S ante cámara muestra la sucesión de peculiares elementos que integrarán su maleta, desde utensilios astronómicos a cuadernos de anotaciones de diversos colores según el objeto de las observaciones. Para T.S la realidad es un infinito en el que siempre hay algo de lo que sorprenderse, o por lo que preguntarse, o con lo que experimentar. Aunque su mente sea precoz, aunque posea unas cualidades tan anómalas en nuestra sociedad, capacidad de complejos procesos argumentativos y deductivos, un amplio vocabulario, y el fértil dominio de la abstracción de quien sabe mirar con ojos despiertos desde los más múltiples ángulos como si pudiera mirar siempre todo como si fuera la primera vez, a T.S le gusta también subirse a los árboles, o columpiarse, aunque eche en falta en el otro extremo al hermano que perdió por involucrarle en uno de sus experimentos.
T.S mira de otro modo, como Jeunet, quien logra, además, extraer un fructífero uso de los efectos 3D, algo que vaya más allá de su mera condición de efecto, de experiencia sensorial, y recupere ese asombro de los artilugios nunca vistos, de la realidad desentrañada en su configuración de ilusorios límites, que pueden ser quebrados cuando abre brecha la poesía de la imaginación. Si miras, si te ilustras, e interrogas, como T.S Spivet descubrirás que los límites los imponemos con el ensimismamiento de nuestra mirada que no parece pasar, en sus dones e inquietudes, de acertar, y destruir, con una bala a algo que se mueve en la distancia, en vez de preguntarse por qué hay distancias, y cuál es su constitución y trama y reflejo, y por qué la imaginación sí puede surcar lo posible, allí donde la ilusión de los movimientos perpetuos del impulso de acción convive en armonía con la consciencia de la herida de la finitud.

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