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domingo, 31 de marzo de 2013

Ingrid Bergman

 photo TheVisit_opt_zps8c6a4001.jpg Ingrid Bergman en una imagen promocional de 'La visita del rencor' (The visit, 1964), de Bernhard Wicki. Vestuario diseñado por Rene Hubert. y realizado por Nina Ricci.

Hitchcock, Balke y Sieff: Norman era Alfred.

 photo Jean-Loup-Sieff-1962-hitchcock-harpersbazaar--e1330001262147_opt_zpsc2f44216.jpg  photo 6952090694_fe723427c2_z_opt_zpsa8fc2cfb.jpg  photo 6a00e55290e7c48833013482506b17970c-320wi_opt_zpsee75ca7b.jpg  photo ina-balke-dress-jane-derby-and-alfred-hitchcock-universal-studios-hollywood-harper_s-bazaar-1963_opt_zps11bf7f39.jpg Alfred Hitchcock e Ina Balke, con vestuario de Jane Derby, fotografiados por Jean Loup Sieff (pareja entonces de Ina), en los Estudios Universal, para la revista Harper's Bazaar, en 1963.

Plácidas pausas de rodaje:Jack Lemmon, Shirley MacLaine e Ina Balke

 photo actress-shirley-maclaine-model-ina-balke-and-actor-jack-lemmon-on-the-set-of-the-film-22irma-la-douce22-photo-by-jeanloup-si_zps639de30f.png Jack Lemmon, Shirley MacLaine y la modelo alemana Ina Balke durante una fumadora pausa del rodaje de 'Irma, la dulce' (Irma, la douce, 1963), de Billy Wilder. Fotografía de Jean Loup Sieff.

Rostros y contrastes: Lemmon, Collins y Wagner

 photo 14-jack-lemmon-joan-collins-y-robert-wagner-caffe-dellc2b4epoca-1961_opt_zps7f3defdb.jpg 15 de octubre de 1961. Caffe dell'Epoca. La 'dolce vita' en su apogeo. Robert Wagner y Joan Collins posan ante las cámaras como si lo hubieran realizado desde que aún agitaban el sonajero en la cuna, mientras, a su lado, Jack Lemmon pareciera aún inmerso en su personaje de CC Baxter, aturdido aún por el catarro que había pillado por pasar la fría noche fuera de casa, en 'El apartamento' (1960),de Billy Wilder, o ensayando el alzamiento de copa y el descenso a las simas de la dentada adicción en su expresión de entumecida cogorza, para 'Días de vino y rosas' (1962), de Blake Edwards

Fellini 8 y medio

 photo 81-23_opt_zpsf09ebcf8.jpg Apocalipsis now. El atasco, la asfixia creativa, vital. Guido (Marcello Mastroianni) se mira en el espejo. Suena ‘La cabalgata de las Walkirias’. Se encoge al son de sus primeros acordes, como si fuera una marioneta a la que aflojaran sus hilos. Burla de sí mismo, de su confusión, de su infructuosa búsqueda de sí mismo. No se encuentra o quizá el reflejo que devuelve el espejo tiene algo de patético, de expresión que se desfigura. Guido es director, Guido es Fellini, uno de sus reflejos, una distorsión, una mueca de cansancio. El cine de Fellini como el de Bergman era un cine de rostros, de reflejos. Pero si el cineasta sueco se concentraba en unos contados rostros, escrutando cada poro de sus entrañas, el cineasta de Rimini traza una orografía de múltiples rostros, encontrando la peculiaridad en la diversidad. Cada rostro en su cine era un universo, quizá paralelo. En esos rostros se desperdigaba, quizá fuga, quizá encuentro, quizá celebración de la realidad como una pista de circo.  photo ottoemezzo-10_opt_zps4317abe7.jpg Federico Fellini colocó un papel en la cámara cuando comenzó el rodaje de ‘Fellini Ocho y medio’ (Otto e mezzo, 1963): ‘Recuerda, esto es una comedia’. La comedia es el despliegue de la exuberancia vital, pero también la sonrisa afilada que desentraña nuestros patéticos reflejos. Hay otra secuencia en la que vuelve a escucharse la composición de Wagner, en la fuga imaginativa de Guido con su harén, en el que concurren las mujeres de las diversas etapas de su vida. Cual emperador romano, con el látigo en ristre, se complace en sentir, en el espacio en el que sí controla, su imaginación, su mente, que la realidad puede responder a sus mandamientos, a su voluntad. Porque la realidad se le cae a trozos, del mismo modo que ya su creatividad es un boquete. ¿Cómo puede con su arte intentar ayudar a la mejora del ser humano ayudando a enterrar lo que está muerto si él no lo logra con su propia vida, repleta de fugas de agua o gas?  photo tumblr_lqrv72Chxj1qf7r5lo1_500_opt_zps0fdaef37.jpg Fellini no quería convertirse en el periodista que encarnaba Mastroianni en ‘La dolce vita’ (1960), su previo largometraje; no quiere, como él en la secuencia final en la playa, encoger los hombros, con expresión aturdida, demacrada, como si la luz ya le dañara, entregado al entumecimiento vital, a la corrupción de una mirada estéril. Se pregunta por qué no puede escuchar a aquella chica, por qué no puede cruzar esa herida de agua que les separa, y dejar de sentirse extraviado. Su vida, la de Guido, la del reflejo que se interroga, no despega.  photo 5203819339_29db69235a_opt_zps5edae9b4.jpg  photo fa2997fabc539950277db1138c6_opt_zps966c9e97.jpg Se ha erigido una construcción que recrea el lugar de lanzamiento de una nave, pero no hay historia, no hay proyecto, no habrá rodaje, se siente seco, figura errante entre figuras de mujer entre cuyos reflejos se siente perdido, abrasado por sus propias mentiras, las que desenfunda, sin descanso (como un actor atrapado en su personaje), a su esposa, Luisa (Anouk Aimee), por sus juegos con su amante Carla (Sandra Milo, con la que Fellini mantenía realmente una relación entonces) que tienen algo de inercia, porque realmente no le hubiera importado si no hubiera llegado en aquel tren, y por ese resplandor idealizado que es la actriz Claudia (Claudia Cardinale), que encarna lo que anhela pero no resuelve en su vida, a lo que aspira pero sabe que está atascado en un callejón que no conduce a ninguna parte. Esa irresolución, ese atasco, que tiene que asumir y confrontar y que clama por un borrón y cuenta nueva.  photo dpi7t1_opt_zpsfd4b0b73.jpg En uno de los borradores del guión Fellini pretendía que se finalizara con el tren, en el que viaja Guido con Luisa, introduciéndose en un túnel. Un final que rezumaba nihilismo, asunción de una impotencia. El desenlace elegido opta por una danza en ese decorado de la nave que no despegara como rodaje no habrá. Una danza, al son de los payasos del circo, y del niño que fue. Siempre quedará ese escenario, esa ilusión de seguir, al menos, haciendo el payaso, o desentrañando el absurdo de una vida de escenificaciones, de símbolos de pies de barro como Casanova, un modelo de virilidad al que revela en su condición autómata gimnasta.  photo 8_y_medio5_opt_zpsd9f20dde.jpg Como en ‘Ocho y medio’ se expone a sí mismo en la pantalla, para reflejar su confusión, como una marioneta que desconoce la raíz de sus hilos, o que se siente ya atrapado en su enmarañamiento, suspenso, inmovilizado, lanzando interrogantes como sondas en el espacio ignoto. Tiempo pasado y presente, realidad e imaginación, danzan en una pantalla que se revela como una deriva que es búsqueda e interrogante, un juego de espejos, el temblor de la película en el proyector que desentraña los poros de su desenfoque, el apocalipsis del yo.  photo images_opt_zpsc3e64dd5.jpg  photo 8218904_1_l_opt_zps5fa9c024.jpg  photo 080509_812_sub1_opt_zpse0cf08cd.jpg  photo 8-1-2-1963-tou-02-g_opt_zps9efe32cf.jpg  photo tumblr_m9qz47gb0P1qzyk5wo1_500_opt_zps9ac24de6.png  photo tumblr_m9qy4oirfn1qzyk5wo1_500_opt_zps65b72f2f.png  photo ocho_7_opt_zps34faeaea.jpg  photo 8-1-2-1963-tou-01-g_opt_zps30ed0f4d.jpg  photo -8-1-2-01-g_opt_zpse99cdc36.jpg

sábado, 30 de marzo de 2013

Solaris - Imágenes de un rodaje (y II)

 photo solaris1_thumb_opt_zps8523b009.jpg  photo solaris_opt_zps1ce7ad88.jpg  photo 7209C174-69A3-4701-80B3-56FA2B9BA3C8_mw1024_n_s_opt_zpse6cb4d3f.jpg  photo solaris2_thumb_opt_zps5b395fd0.jpg Andrei Tarkovski y Donatas Banionis, entre otros, durante el rodaje de la sublime 'Solaris' (1972)

Ingmar Bergman, Liv, la isla y su cincuenta cumpleaños

 photo bergman5014julio1968gunnarkallstromislafaro_opt_zps8417f6d5.png Ingmar Bergman celebra su 50 cumpleaños (el 14 de julio) junto a Liv Ullman en las inmediaciones de su hogar en la Isla de Faro. Fotografía de Gunnar Kallstrom.

El día que nací y el sendero de baldosas de absenta hasta la trapecista más allá de Solaris

 photo tumblr_lziqv4z5rq1qf7r5lo1_1280_opt_zps807f2565.jpg Hace cuarenta y nueve años, cinco minutos después de medianoche, me convertí en calabaza, digo, broté al mundo (con ayuda de forceps dada mi reticencia: debía estar leyendo alguna novela de Conrad en la biblioteca uterina; al fin y al cabo fue mi madre quien me propulsó hacia el entusiasmo voraz por la lectura). Durante años en aquella clínica, del Doctor Guerra (ya empecé desde entonces tocando los...susodichos), se comentó que nada más salir a este torbellino de existencia no emití los usuales gemidos sino que lancé una pregunta (con acento escocés): ¿Ha visto alguien a la trapecista?. Una vocecita, que parece sólo escuché yo, respondió que debía seguir el reguero de absenta, y que pasado Solaris, allí me encontraría con ella, y nos dedicariamos al funambulismo risueño por los evos de los evos...

viernes, 29 de marzo de 2013

Isabella Rosellini

 photo isabella1988matthewrolston_opt_zps5c9c599d.jpg Isabella Rosellini, fotografiada por Matthew Ralston en 1988.

Friedrich Wilhelm Murnau

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Fanny y Alexander - Imágenes de un rodaje (y II)

 photo tumblr_liqwm27E751qek7v6o1_500_opt1_zpse779e16a.png  photo clipboard1ln9_opt_zps7f869584.jpg  photo the-making-of-fanny-and-alexander1_dvd_opt_zps147302c0.jpg  photo tumblr_lq0a7wfYeg1qlvw76o1_500_opt_zps13e94349.jpg  photo tumblr_maasmnUfV01r755xzo1_1280_opt_zps378143bd.png  photo fanny_och_alexander_7_opt_zps8f46855c.jpg  photo fanny_och_alexander_14_opt_zps7e6fb03c.jpg  photo ingmar-bergman-and-sven-nykvist_thumb_opt_zpsb47f1d28.jpg  photo 3156715845_14013a1439_z_opt_zpsf668d28b.jpg  photo default_exc_bergman_09_0810071032_id_175685_opt_zps332e7011.jpg  photo 3156720399_d62a68b273_opt_zps0604080e.jpg Ingmar Bergman, Sven Nykvist, Erland Josephson, Ewa Froling,Gunn Walgren, Allan Edwall, Gunnar Bjornstrand, Bertil Guve, Pernilla Allwin y Borje Ahlstedt, entre otros, durante varios momentos del rodaje de la fabulosa 'Fanny y Alexander' (Fanny och Alexander, 1983)

Otras pantallas: El batería inconstante que no logró ser un beatle pero se casó con Eleanor Rigsby

 photo George-Harrison-John-Lennon-and-Paul-McCartney-in-1957_opt_zps3d69f7a7.jpg John Lennon, Paul McCartney, George Harrison, adolescentes en 1957, junto a Colin Fowler el primer batería del grupo, aunque no duró ni dos meses. Fue quien sugirió que se cambiarán de peinado, aunque la propuesta fue más bien accidental, cuando en estado de embriaguez (habían apostado si era capaz de meterse treinta pintas seguidas: lo logró) puso un bol (con macarrones dentro) en la cabeza de Lennon, lo que inspiró ese corte de pelo 'tazón' que les caracterizó. Fowler dejó la música, aunque realmente tampoco es que le sedujera más allá de aporrear una batería como si fuera la cabeza de su padrastro ( pero este murió cuando tenía 16 años y perdió interés en la percusión). Durante años se dedicó a suministrar palillos en los restaurantes chinos de Liverpool, ampliando su negocio a otras ciudades con el paso de los años. En los setenta reapareció para reclamar a sus antiguos compañeros la autoría de la canción 'Simpathy for the devil', pero no prosperó ya que la canción era de los Rolling stones, y no había tenido contacto alguno con ellos. Escribió un poemario, en 1979, 'Sometimes yesterday' (Algunas veces ayer), pero sólo vendió dos ejemplares (uno de ellos parece que lo tenía Mark David Chapman). Se nacionalizó iraní, aunque se trasladó a vivir a Sebastopol, donde montó una zapatería. En un congreso de zapateros, en Seul, conoció a Daniel Day Lewis, quien le propuso producir una película sobre su vida, en la que él le interpretara. Entre ambos pergeñaron un argumento titulado 'Los cordones de mi zapato izquierdo están rotos', pero no parece que entusiasmara la idea a ningún Estudio. Uno de sus sobrinos, que fue popular delantero del Liverpool, le financió una peluquería en Liverpool, porque su idea era propulsar un revival de peinado 'tazón'. La propuesta llegó a oidos de los productores de la serie 'The bing bang theory', que lo propusieron como peinado de uno de los personajes fijos. Gracias a la peluquería, ya que un día entró para hacerse un cardado, se reencontraría con la que se convertiría en su esposa, a la que no veía desde su adolescencia, Eleanor Rigby.

Charles Chaplin

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Ojos negros

 photo ojos_opt_zps4324c0f0.jpg En ‘Ojos negros’ (Oci ciornie, 1987), de Nikita Mikhalkov, un hombre, Romano (Marcello Mastroianni), se introduce, con gesto vivazmente circunspecto, en la piscina de lodo de un balneario para recuperar el sombrero de la mujer cuyos ojos negros le han deslumbrado, y alumbrado, Ana (Elena Sofonova). Es una imagen que propulsa el ‘erase una vez, o más bien, el ‘podría ser’. Una risa, también de Romano, surca unos prados, unos jirones de niebla, mientras se cruza con unos zíngaros. También impulsa la música, la danza, del ‘Podría ser’. Pero Romano dejó de escuchar a los zíngaros, dejó de meterse en piscinas de lodo, esas que suponen cruzar cualquier distancia, esas que no saben de límites, de adversidades, como cuando, portando un cristal entre las manos, fue hasta Rusia en busca de la amada que temerosa del amor había preferido huir de aquel balneario, de Romano, y encorvarse en la triste prosa del paso uniforme de los días. Romano promociona el cristal como irrompible, pero su voluntad no lo es. En aquel viaje, poco antes de cruzarse con los zíngaros, poco antes de saber que aquello no era un comienzo sino una despedida, una renuncia, la carreta en la que viajaba se quedó estancada en un riachuelo, y le portaron hasta la orilla, como él había hecho con el sombrero, le portaron como él hacía con el cristal, con sus sueños, que su inconstante voluntad quebró.  photo 3724278_l2_opt_zpsa2f8383e.jpg  photo ojosnegros1_opt_zps77af987a.jpg Romano se convirtió en una parodia de lo que pudiera haber sido, una imagen bufa, esa imagen patética que trabaja de camarero en un barco de recreo, y que narra su historia a un pasajero, Pavel (Vsevolod Larionov), que acaba de casarse, que inicia un nuevo viaje en su vida, el reinicio de una ilusión, a la inversa que Romano que dejó de desplazarse, ya varado, como un maniquí engominado. Romano, al renunciar a los sueños, ha convertido en mero relato su existencia, Y continúa engañándose, aceptando lo que no pudo ser, porque era alguien caracterizado por desenfundar una mentira tras otra en cualquier circunstancia de su vida. Aunque por un momento pareció un héroe que surcaba piscinas de barro y la burocracia rusa en busca de una firma que le posibilitara reencontrar a su amada para lograr rescatarla del mullido infierno en el que dormía. Su presencia sacudió las plumas de la almohada en la que reposaba durmiente, como plumas vuelan alrededor de ambos cuando de nuevo se abrazan y besan en su reencuentro.  photo Elena_Sofonova_les_yeux_noirs_film_Nikita_Mikhalkov_opt_zps9d13d7ef.jpg Destellos, sombreros que vuelan, ilusiones, cristales, oportunidades que se desperdician, la fragilidad de los sentimientos, de las voluntades. Hay un bellísimo travelling que conjuga el arco en el que oscila esta hermosa obra (amalgama de varios relatos de Anton Chejov), entre la risa y las lágrimas. Ese travelling que se dirige desde Romano y Elena desayunando en su primera, y única, mañana juntos, tras haber hecho el amor esa noche también por primera vez; la música se va imponiendo sobre el relato de Romano mientras la cámara se desplaza hacia la cama, donde unos segundos antes estaba tumbada Elena, de espaldas a él y a la cámara, para encuadrar sus lágrimas sobre la almohada. El porqué de espaldas, ella lo revelará en la carta que le escribe, el porqué de su renuncia a las emociones que la despertaban, que habían convertido por un instante su vida en risa.  photo 19821684_opt_zps8bd72d98.jpg Pero el héroe que la podía rescatar no fue muy perseverante. Su odisea se convirtió en patética. Al retornar al hogar, optó por la medrosa renuncia, de nuevo optando por la mentira. Pero la vida puede convertirse en una afilada ironía, en un demoledor reflejo, y quien escucha el relato de su fracaso, no es sino aquel que sí supo perseverar, que sí supo esperar, largos años. Pavel insistió, aunque supiera que ella no le correspondía, hasta que ella aceptó casarse con él. Y no es otra esa mujer que la mujer herida, que el sueño herido, de Romano, Elena. El rostro que dejó atrás. Prefiriendo no volver la cabeza, o sólo como un relato de unos ojos negros que le incendiaron, pero cuyo fuego prefirió apagar con la pusilánime renuncia.  photo Corbis-0000221619-003_opt_zpsab323f7d.jpg  photo Corbis-0000221619-002_opt_zps1ecc92a5.jpg  photo oci_ciornie_marcello_mastroianni_nikita_mikhalkov_007_jpg_cqfy_opt_zps96037b07.jpg