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martes, 20 de septiembre de 2011

Plácidas pausas de rodaje: Mark Hellinger, Burt Lancaster y Ava Gardner. Hellinger, un rugiente productor noir. Forajidos y Ciudadano Kane.

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Burt Lancaster, Ava Gardner y el productor Marke Hellinger, durante una pausa de rodaje de 'Forajidos' (The killers, 1946), de Robert Siodmak. Hellinger fue uno de los productores más relevantes y determinantes en la década de los 40, sobre todo para la producción de film noirs. Hellinger había ya destacado a principios de los años 30 como crítico de teatro y columnista ( fue uno de los primeros 'Broadway columnists) y escritor, reflejando en sus historias, a diferencia de Damon Runyon más tendente a reflejar figuras arquetípica, a la gente real que conocía en Broadway Colaboró como guionista, por ejemplo, en 'Esctrictamente confidencial de Frank Capra' (1934), y una de sus historias, 'The world moves on' se convirtión en guión de una de las grandes obras maestras de Raoul Walsh, 'Los rugientes años veinte' (1939), para la Warner, cuyo éxito determinó que el Estudio le contratara como productor asociado, aunque, al año siguiente se producirá un choque de voluntades con Jack L Warner y decidirá dejar el Estudio, siendo contratado en 1941 en la Fox en donde se le propicia las condiciones adecuadas para que actúe como productor de hecho sin interferencias. A él se deben obras como 'Forajidos' (1946), de Robert Siodmak o 'Fuerza bruta' (1947) y 'La ciudad desnuda' (1948), ambas de Jules Dassin, esta realizada en localizaciones reales. En cuanto al magisterio de 'Forajidos' me permito recuperar (que realmente me promociono poco) un fragmento de un artículo, 'Los trucos del mago', que escribí sobre 'Ciudadano Kane'(1941), de Orson Welles, en Dirigido por (Junio 2010, nº 401), en el que destaco cómo es más rigurosa la construcción narrativa de la obra de Siodmak, que sigue el patrón de la sobrevalorada obra de Welles.

EL HOMBRE SIN ALMA
Von Stroheim, que también sufrió su particular vía crucis con la industria hollywoodiense, admiró la creatividad visual de Ciudadano Kane, pero puso el dedo en la llaga sobre su limitado equipaje dramático cuando escribió: No hay nada particularmente nuevo en todo esto. Ha tenido lugar miles de veces en la vida, y ha sido filmado muchas veces. Y se ha repetido el mismo error cometido en películas precedentes. Se ha olvidado el análisis de laboratorio – bajo el microscopio – del corazón y alma de Ciudadano Kane(8).
En primer lugar, consideremos la pretensión de crear una visión poliédrica del personaje, difícil de calificar o enfocar, a través de las diversas perspectivas de otros personajes. Y comparémosla con una obra, Forajidos (The killers, 1946), que emula su estructura narrativa planteada a modo de encuesta a través de variados flashbacks Ambas coinciden en un enigma que pone en movimiento la narración. En una, la palabra que dice antes de morir Kane, Rosebud, y de la que el periodista que entrevista a todos aquellos que le conocieron intenta descubrir el por qué. En otra, el enigma es por qué El sueco (Burt Lancaster) se dejó asesinar por dos sicarios, y esa frase resignada de Hice algo malo una vez, y que intriga al agente de seguros, que va más allá de su cometido de encontrar a su heredera, preguntándose por lo que hay tras esa fatalista actitud de quien no quiso huir de la muerte aun cuando le avisaran de su inminente peligro. En ambas, hay un objeto que corporeiza ese enigma, respectivamente, la bola de cristal con nieve y el verde pañuelo con liras irlandesas.
Pero la originalidad de Ciudadano Kane se ve superada, en complejidad, por su emulación. No es tanto por la coherencia de los puntos de vista de cada flashbacks con lo narrado. En un par de momentos de algunos de los de Forajidos, quien lo relata no pudo ser testigo de lo que las imágenes nos muestran, aunque son escasos en comparación con los que, en Ciudadano Kane, son narrados por Leland. En algún caso, como esa sucesión de desayunos que registran elípticamente el deterioro, con el paso de los años, de la primera relación marital de Kane, podría justificarse su construcción artificial como una licencia poética desde la perspectiva creativa de alguien como Leland. Pero, en cambio, no tiene mucha consistencia que se narren hechos de los que no fue testigo presente, sobre todo los relacionados con el chantaje político del que es objeto Kane por mantener una relación adultera con Susan. En este sentido, se revela un recurso fácil para aglutinar hechos en los que cruciales personajes en ellos no están ya presentes como la primera esposa o su rival político, ambos ya fallecidos. No responden a una evocación ni a la perspectiva de Leland, con lo que pudiera haber implicado de especulación subjetiva que le hubiera agregado un añadido interés a esas secuencias. Es un flashbacks con truco.
El principal problema no está relacionado con ese verosímil, sino con el núcleo dramático en juego, la entraña del personaje enigmático. En la obra de Siodmak la estructura no pierde de vista el enigma, el desgarro dramático que ya se intuye en las sombras que dominan el rostro de El sueco cuando nos lo presentan. De modo agudamente dosificado, se va proyectando luz a la motivación de su resignado gesto final, aunque no difumine del todo las sombras, cargando de tensión el relato entre lo que vemos, o se nos relata en los flashbacks, y lo que queda fuera de campo, aquello de lo que no somos testigos. Véase el segundo cuando se nos evoca su desesperado intento de suicidio. Su por qué no lo sabremos hasta las secuencias finales, y además no visualizado, en consonancia con un personaje al que se le ha hurtado la ilusión, el amor por una mujer, Kitty (Ava Gardner), que se trocó en decepción, y le convirtió en un hombre ausente, un espectro en vida.
Por el contrario, en Ciudadano Kane, los diversos episodios que se nos narran sobre su vida, tanto su ascenso en el poder mediático, como su frustrado asalto al poder político, y sus fracasos sentimentales, no ahondan en los contrastes o matices. Erich Von Stroheim lo condensó con contundencia: Ningún hombre es tan abominablemente egoista e insensible en el que no se pueda encontrar algún aspecto que le redima en sus motivaciones, acciones y reacciones. Excepto por el singularmente bello incidente de ‘Rosebud’, el nombre del trineo que susurra él cuando muere, no hay ningún toque en el film que tendiera a hacer de Kane humano y comprensible. Para hacer la insaciable ambición de un hombre, su cruel egoísmo y su vesanía, realmente comprensible e interesante, se debería haber aportado razones visuales para el por qué ha derivado en tal monstruo (9). Esto es lo que particularmente echo en falta sobre todo a partir de las evocaciones que realiza el personaje de Leland, como si se hubiera perdido un eslabón. Porque da la sensación de que algo nos han hurtado, por ejemplo, en el tránsito de ese Kane que en sus comienzos apoyaba al desfavorecido al ya conforme con esa posición de poder que detenta. En concreto, desde ese momento en el que le vemos bailar con las starlettes en el periódico, cuando ha contratado a las más notorias figuras del periodismo, que puede implicar que se pliegue a ellos, como teme Leland, lo que más adelante achacará a Kane cuando lo vea corroborado. Alguien pudiera apuntar que precisamente Kane es un camaleón que se adapta a cualquier circunstancia por conveniencia, como reflejan esos fragmentos del documental inicial en el que se le ve sucesivamente con diversos líderes políticos, entre ellos Hitler. Pero sigue faltando esa pieza del puzzle, o no desarrollada, que es aquella que al final le hace añorar su infancia, o más bien la inocencia perdida.

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