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martes, 29 de diciembre de 2020

Kim Novak nunca se bañó en el lago de Genesaret (Providence), de Hakan Nesser

                           
Esto que voy a contar ahora trata sobre lo Aterrador, sin duda, pero también sobre otras cosas. Es la primera frase de la excelente Kim Novak nunca se bañó en el lago de Genesaret (Providence), del escritor sueco Hakan Nesser (1950). ¿Qué es lo Aterrador? De modo específico, un crimen que acontece transcurridos dos tercios de la novela. Pero de modo más amplio, está relacionado con esas otras cosas. Esa realidad compleja, difusa y escurridiza, repleta de pliegues y recovecos, en la que forcejean las frases hechas, que no dejan de ser recetas ante todo tipo de adversidades, caso de Las cosas son como son, Podría ser peor o En realidad no sabemos casi nada, con interrogantes como Qué significa realmente estar muerto. Particularmente escurridiza y difusa es para quien, con catorce años, como el protagonista, comienza a perfilar las coordenadas de lo que es la realidad y la vida. Es dibujante de historietas, que no deja de ser una manera de olvidarme de toda la mierda que había en el mundo. Los relatos interactúan con la realidad, como filtros, caso de las frases recurrentes que utilizaban en  la serie Perry Mason. Las palabras, las ficciones, también ejercen de cauterización, caso de Cáncer-Treblinka-Amor-muerte- Follar, que utiliza como un mantra sin sentido, o esa ilusión en forma de mujer, de nombre Ewa, su profesora sustituta durante dos meses, que se parece a la actriz Kim Novak. Su madre muere lentamente por causa de un cáncer, y se enamora de esa mujer que es sueño. Se inclinaba hacia delante y una de sus tetas se apoyaba contra tu hombro. Casi solamente los chicos pedían ayuda, y en la habitación se respiraba un aire pesado de perfume y celo joven, reprimido. Los extremos conviven, y forcejean. Con los sueños se intenta cauterizar y conjurar la consciencia de la finitud y la pérdida. En los sueños coinciden, en un acuario, la mujer que se ahoga, su madre, y la mujer que guía, la profesora. Lo que no quisiera que fuera, lo que quiere ocultar(se), y lo que siente que le libera pero le hace sentir de alguna manera culpable, como si negara la realidad con la ilusión.

Kim Novak nunca se bañó en el lago de Genesaret, publicada originariamente en 1998, es el relato de un verano de la década de los sesenta, un verano que es evocado desde un futuro que enfoca desde el conocimiento del paso del tiempo. Un verano particular, por eso fácilmente de recordar, porque aconteció lo Aterrador. Podría asociarse, como relato de iniciación, con una excelente película que transcurre en otro país, Mud (2012), de Jeff Nichols, en la que también son protagonistas dos chicos de catorce años. Una transcurre en el delta del Missisipi, y la otra junto a un lago,  en una zona en la que, cuando se recorría en un bote, había un parecido innegable entre estos viajes y adentrarse en la marisma del Amazonas. Es un relato de descubrimiento, donde las los relatos se desprenden de las películas que las cubren para dejar asomar la realidad, que puede ser descarnada. No es lo mismo la contemplación desde la distancia de lo que se desconoce que conocer de qué materia están hechas las sombras. Había empezado a oscurecer y había lugares muy sombríos, sobre todo donde la luz de los focos no llegaba, y Ewa Kaludis estaba justo en unos de esos sitios oscuros. Pero daba igual, tenía uno de esos halos alrededor, como si fuese un ángel o estuviese pintada con pintura fosforescente.

En ambas obras, como telón de fondo se agitan las diversas y extremas vivencias del sentimiento y del deseo, u opuestas formas de relacionarse. En Mud, había algún personaje masculino que señalaba que las mujeres impiden volar a los hombres y algún personaje femenino que señalaba al protagonista que no trate a las mujeres como material desechable e intercambiable, como si fueran uno de esos objetos que encuentra entre el limo. En Kim Novak nunca se bañó en el lago de Genesaret hay quien es una fuerza que arrolla a quien dice amar, y quien descubre que la persona que en principio amaba no era como pensaba que era, sino una distorsión del sueño, como hay quien descubre que en un momento eres querido pero, de repente, un tiempo después, ya no eres querido. Y esa modificación es difícil de asumir y encajar para algunos y algunas. En ciertos casos, puede hacer sentir que es mejor no exponerse nunca que sufrir otra decepción. Y en otros, abre brechas en la mente, que se pueden extender sobre los cuerpos de otros.  Como también resulta complicado para algunos asumir las contradicciones, cómo puedes dejarte superar por la intemperancia, por los impulsos, y realizar actos de los que después te arrepientes. Entre la furia y las lágrimas hay un abismo difícil de cauterizar con los nexos de la coherencia. La realidad fuera de la cama era otro cosa (…) los ojos morados, los labios hinchados y los puños despiadados, duros como piedras. Decisiones que debían tomarse y asuntos que atender, quieras o no. Padres que pegaban y Treblinkas y rumores de cáncer que no paraban de crecer. Si hay una certeza que el protagonista puede establecer tras vivir la experiencia de esas otras cosas que experimentó cuando aconteció lo Aterrador es que a lo mejor todos somos realmente jeroglíficos el uno para el otro, y que algunos lo son para sí mismos.

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