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sábado, 27 de octubre de 2018

Quién te cantará

La vida y sus sombras. En Phoenix (2015), de Christian Petzold, Nelly aceptaba hacerse pasar por sí misma, valga la paradoja. Aceptaba ser instruida para actuar como ella misma. Vestir la ropa que vistió, recuperar su firma. Acepta ser una ficción que implica ser la representación de ella misma, o la versión de sí misma que niega un dolor, unas heridas, una vejación, una desfiguración. Aceptaba ser instruida, esculpida, cual Galatea, para ser ella misma porque quien se lo pide, su particular Pygmalion, es aquel a quien amaba, su marido, y lo hacía porque él no la había reconocido después del tiempo que ella había permanecido recluída en un campo de concentración. Aceptaba para poder ser recordada por quien la había olvidado, por quien menos deseaba que la olvidara, porque si en su memoria era nada se sentiría nada. O quizá aceptaba por no asumir un engaño, que él no era no como le imaginaba, que él era quien realmente la delató como judía. Una y otro son la imagen que, respectivamente, quieren ver. En Quien te cantará (2018), de Carlos Vermut, la cantante Lily Cassen (Nawja Nimry), que sufre amnesia, acepta ser instruida para recordar quién era, o más bien para recordar a aquella que fingía que era, la mujer escénica o pública, la mujer imagen, la estrella que tantos han admirado, en un escenario o en una pantalla, desde hace más de dos décadas. Y será instruida por Violeta (Eva Llorach), un remedo suyo, una imitadora, su copia, una admiradora que conoció su música precisamente cuando daba a luz a su hija, Marta (Natalia de Molina), veintitrés años atrás. De hecho, ella misma nace cada vez escucha su música. Sin esa música, sin su figura inspiradora, como si fuera respiración asistida, se siente un cadáver en vida.
¿Por qué ha sufrido amnesia quien ha dejado de cantar desde hace diez años? Quizá para olvidar lo que no es, quizá una impostura, una carcasa que sólo existía como máscara en un escenario. Un mero brillo en la distancia que ilumina la vida triste de quien siente que no es única. Pero ¿Cuál es su voz real,o cómo es, más allá de esa imagen o gestualidad que se admira e imita? Y, por otro lado ¿Cuál es la voz de Violeta?¿Es la voz y los gestos que imita como ilusión pasajera de singularidad? ¿O es una voz que tiembla porque se reprime? La cuerda del funambulismo de vidas ordinarias como la suya, como ella reconoce a un cliente del karaoke donde trabaja, no es sino la asunción de que no eres singular ni única, que no has sido ese fulgor que otros admiran desde la distancia que uniformiza a todos, como las chicas con pelucas y buzo naranja que cantan en una de las fiestas en el karaoke. Aún más, la pesadumbre puede no sólo residir en la uniformidad, en tu condición anónima e intercambiable, sino en la miseria de las violencias cotidianas que erosionan como un filo y amplifican el boquete de tus carencias, de tu frustración. La amargura de sufrir a una hija inestable que sufre desquiciados arrebatos de intemperancia, desequilibrio que soportas como una condena. Te sientes nada, y, por añadidura, la vida te raspa con un filo el tuétano. Quisieras borrarte, pero sólo logras olvidarte, por un breve instante, cuando eres otra, aquella que es única y singular, como si viviera por encima o fuera de la realidad.
En la orilla del mar la consejera (y protectora y cuidadora), Blanca (Carme Elias) encuentra el cuerpo desvanecido de Lily. En otra orilla alude a Violeta cuando esta quiere internarse en el mar. Quizás ambas quieren desaparecer, de un modo u otro. La orilla es ese espacio intermedio, como las identidades difuminadas, entre lo que se quiere ser y lo que no se puede ser, entre lo que se aparenta y lo que realmente se es. Tu vida no es como quisieras que sea, o tu vida es una representación, como una vitrina en la que te escondes y proteges. Parece transparente, pero quizá no lo sea. Lily vive entre cristales, espacios pulidos, pulcros, como si carecieran de mancha o sombra, pero no es sino una ilusión, como su misma caracterización, constituido en icono singular, ese peinado, esa sombra de ojos, esa imagen que se ha creado. Es lo que no es y no es lo que parece, aunque su apariencia sea lo que es, en cuanto entidad trascendente, para el resto. Y quizás no quiera que su vida siga siendo una impostura, como Violeta querría que su vida fuera otra, esa en la que no sufre el paulatino filo, en forma de hija, que, no podrá evitarlo jamás, degradará de un modo u otro su vida. Quizá sólo la desaparición procure el remanso deseado.
¿Quien te cantará? es una canción de Juan Carlos Calderón, que cantó Mocedades. Ausencia, o más bien falta. El vidrio de lo que falta, vida en unas existencias carentes que se encogieron en sus sueños, o se consumieron en su propia condición ilusoria de sueño. Los planos se dilatan, como celdas, o espesuras de las que no es posible escapar, y los primeros planos hieren como la interrogante que quiere recobrar su condición de afirmación, de presencia. ¿Quien te cantará si tu vida es un hueco o una hélice que te desgarra, como el filo de ese cuchillo con el que tu hija amenaza con cortar su cuello como reiterado chantaje emocional con el que desapareces lenta y progresivamente?. La cámara gira alrededor de quienes se angostan entre máscaras que asfixian y carne que se torna mirada fija de pánico, sombra de ojo que se derrama y se revela un agujero negro. Si aún queda la máscara, aún queda la posibilidad de no ahogarse en los temblores de una vida que no logra ser, porque, simplemente, es una sombra que se derrama.

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