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jueves, 11 de mayo de 2017

Quelques heures de printemps

Alain (Vincent Lindon) es un hombre de mirada triste que sale de prisión tras cumplir su condena de dieciocho meses. Yvette (Helen Vincent), su madre, siente que el escaso horizonte de vida que le queda se asemejará a una prisión, cuando le diagnostican una enfermedad que le condena a una pronta muerte. Alain no sabe cómo continuar su vida, siente que se asemeja ya a un desperdicio, como esos que separa en la cinta corredera en el único puesto de trabajo que ha podido encontrar. Su tristeza es también amarga, enturbiada por la rabia y la frustración. Siente que ese trabajo representa el inicio de otra condena en vida, el sumidero en el que deberá permanecer cautivo porque no parece haber otra opción para quien se reintegra en la sociedad tras haber estado en prisión. Por eso decide dejar ese trabajo, como quien no acepta la posición asignada en el umbral de un vertedero. Esa amargura se torna en animosidad y hostilidad con su madre, con quien vive hasta que pueda vivir en su propio espacio, con quien comparte unas 'horas de primavera', como indica el titulo de 'Quelques heures de printemps' (2012), de Stephane Brizé. No soporta sus cuestionamientos, como si hurgaran en una herida abierta. Esa amargura se torna también en vergüenza cuando conecta con una mujer en la bolera, Clemence (Emmanuelle Seigner). Se atasca cuando tiene que compartir su intimidad, su vida, porque no quiere reconocer que ha salido de prisión, que vive con su madre y que no tiene trabajo.
Yvette, por su lado, siente que no quiere continuar, no quiere que sus últimas días de vida se conviertan en desesperación y tortura como ya padeció con la degradación de la enfermedad en los últimos de la vida de su marido. Por eso, para liberarse de esa condena solicita un servicio de muerte asistida,que no será posible en Francia porque está prohibida por ley, por lo que implicará un último viaje a Suiza. Ambos se engullen su propia amargura y su propio dolor, su intemperie que convierten en coraza, por eso su colisión determina que él abandone el hogar, por lo que ella, para tenerle cerca en los últimos días de su vida, optará por una medida extrema, enfermar al perro con veneno para propiciar el acercamiento. Porque si ambos aman a alguien es a la perra. Que tengan que envenenar (aunque no sea con consecuencias fatales) a quien muestra su amor de la forma más pura refleja qué grado de emponzoñamiento tiene el atasco de sus emociones, su ciega soberbia.
Brizé narra magistralmente con lacerante sobriedad y cortante síntesis, puntuada por los tristes acordes de la bella música de Nick Cave y Warren Ellis, mediante una distancia que enfrenta del modo más descarnado a la inconsecuencia de las actitudes, a la soledad que se aprieta con orgullo los dientes, a la desesperación que no sabe desplegarse en la proximidad. En contraste con el intercambios de primeros planos a través de plano y contraplano cuando se conocen y se sedimenta su atracción, el reencuentro entre Alain y Clemence se encuadra en la distancia de un plano general; Alain se disculpa, pero permanece como una estatua, ella realiza un amago vacilante de aproximación, pero acaba marchándose. Otro extraordinario largo plano general, en cambio, refleja el primer y último momento de efusión entre madre e hijo, el abrazo, entre sollozos desgarrados, previo a la muerte de la madre, antes de que esta pierda definitivamente el conocimiento que la sume en la muerte. Segundos antes de que ya no se vean nunca más logran decirse por fin que se aman. No se puede expresar de modo más claro y doloroso de qué manera desperdiciamos nuestros sentimientos y nuestras emociones con esos absurdos pulsos de orgullos y verguenzas que convierten la vida en una prisión y condena.

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