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domingo, 21 de mayo de 2017

Personal shopper

Fantasma de lo que no es. ¿Cuál es el cuerpo de la realidad de quien se dedica a elegir el vestuario que portará otro cuerpo y a contactar con inciertas entidades que carecen de cuerpo, como es el caso de los fantasmas? ¿Cómo vistes la realidad, cómo la dotas de estructura, consistencia, dirección y sentido, cuando te sientes como un fantasma, cuando sientes que pierdes o falta la conexión con la realidad, cuando sientes que tu vida no es sino la de otros, un sucedáneo, una vida alquilada, y cuando sientes que tu vida puede dejar de ser en cualquier momento? En 'Personal shopper' (2016), de Olivier Assayas, Maureen (extraordinaria Kirsten Stewart) no se siente presente, se siente perdida. En las primeras secuencias erra en el interior de una mansión sombría, como si buscara la respuesta de otra presencia, su manifestación. Sus movimientos parecen no sólo cautelosos sino ralentizados, como si se desplazara en otra dimensión u atmósfera. Aún no sabemos la razón, pero define cómo se siente, cómo habita la realidad, cómo la interroga, cómo aún busca, vacilante. Maureen es alguien que vive en una realidad entremedias, difusa. Es una sombra, y se desplaza entre las sombras. Parece que vive en la ausencia de sí misma.
Maureen elige el vestuario (personal shopper) para una célebre modelo e intenta corroborar si en la mansión en la que vivió su hermano gemelo, fallecido tres meses atrás, se manifiesta su fantasma. Si aún permanece como huella en un espacio que una pareja quiere comprar para habitar. Su hermano falleció a causa de una malformación cardíaca congénita, que ella también padece. Como su hermano podría morir en cualquier instante, como morir dentro de cuarenta años. Se desplaza en la incertidumbre. Habita la precariedad, la consciencia de su vulnerabilidad. En cualquier momento también puede manifestarse la muerte. Lo que busca es la vibración de sentirse presencia, viva. No sabe si existe vida tras la muerte, siente que conecta o contacta con algo, pero no sabe a ciencia cierta qué, sólo siente una difusa vibración. Carece de concepción religiosa. Busca, más bien, la sensación de transcender en la propia vida ordinaria, vibrar.
Aquel con quien mantuvo una relación también está ausente, es entidad virtual, alguien con el que habla a través de la pantalla del ordenador, pero les separan cientos de kilómetros, ya que por cuestiones de trabajo está en Oman. Le dice que vaya con él, que se desplace, que opte por esa dirección en su vida, pero ella se encuentra en estado de suspensión, está esperando algo. Espera ese contacto con la ausencia irreparable de su hermano, que implica contactar con la recuperación de su sensación de vibrar como presencia. Mientras, vive como si viviera a través de otra presencia, otro cuerpo, el de la modelo, porque le suministra la apariencia, la máscara, la carcasa. Como si viviera a través de una entidad virtual. Se busca pero a la vez quisiera ser otra. Porque ante todo siente una falta, se siente un fantasma. Esa indefinida visión que tiene en su segunda visita a la mansión parece una mujer. Quizá su reflejo, quizá su proyección. ¿Qué es lo que es real y qué es lo que proyecta e imagina porque necesita que así sea?.
En el trayecto en tren que realiza, en el que recorre diversos espacios, y se desplaza en el tiempo, parece engarfiada en el espacio y la noción temporal de la pantalla de su móvil. Pregunta y responde, pero no sabe quién puede ser al otro lado del teléfono, si entidad sobrenatural o real. Le inquieta, pero le atrae. Abre una brecha que introduce un acontecimiento en su vida inmovilizada, como si se desplazara en lo posible, en la incógnita de un relato que parece amenaza a la par que liberación por su singularidad. ¿Quién es el otro cuando, como pantalla de posibles, puede ser tantos? ¿Quien se desea que sea? ¿Cómo se viste al otro cuando aún es incógnita? ¿Y en qué medida interfiere el deseo o la necesidad de lo que nos falta?. Maureen se viste con las ropas de la célebre modelo, juega con convertirse en otra, ser otra, como si así recuperara su sensación de presencia. Escucha cantar a Marlene Dietrich, mientras el vestuario con el que se atavía evoca el cabaret berlinés de los años veinte. Es un personaje, es una máscara, es un juego con el que busca liberarse de la inmovilidad, la inmovilidad de su pesar. Es una imagen, otra que no es porque se siente extraviada, expuesta, vulnerable, deslizándose en la brecha de sus fantasías, como quien resbala en la realidad sin encontrar un apoyo consistente.
El cuerpo que vestía también desaparece, se destruye, como si fuera borrado, como si lo reemplazara al haber portado sus ropas. Las fronteras se difuminan. Quien no se siente real parece difuminar su percepción de lo real o imaginario. En un desplazamiento hacia la presencia que pueda posibilitar la recuperación de su percepción de presencia quizá tome consciencia de que los fantasmas ante todo habitan su mente, como el proyector de la falta que traza sombras mientras se desplaza en la incertidumbre. Eres consciente de que en cualquier momento puedes morir, y buscas la manera de dotar de cuerpo a lo que ya sabes que es inevitablemente efímero. Somos apariencias que se desvanecen, nos desplazamos entre reflejos, entre accesorios y máscaras. En esa grieta de consciencia se desliza la película, como una pasajera interrupción. Somos fantasmas que no queremos asumir que no seremos fantasmas cuando desaparezcamos de este fugaz escenario de sombras y reflejos. Assayas musicaliza con exquisita agudeza, sutilidad e ingenio ese trayecto de consciencia que difumina fronteras para confrontarnos con nuestro propio tembloroso reflejo, con nuestra condición de difusas entidades virtuales entre pantallas.

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