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martes, 23 de febrero de 2016

The cooler


Una inyección de vitalidad, compuesta por Mark Isham, para la interesante 'The cooler' (2003), de Wayne Kramer. A veces, las circunstancias cambian, y es para mejor. Si tu mala suerte te lleva a la ruina, quizá sea beneficiosa para el negocio del juego que te contrate para proporcionar gafe a quien está ganando demasiado a la banca. Es la tragedia patética del esbirro. Encima, beneficia al poderoso.. Bernie Lootz (William H Macy), se convierte en la antimateria del sueño del jugador en Las Vegas. Incluso, arruinó sus relaciones, sea con su esposa o con su hijo (al que reencuentra como reflejo distorsionado de su fracaso: carece de escrúpulo alguno: es pura impostura). Convertirse en el fetiche del dueño de un casino, Kaplow (Alec Baldwin). Hasta le agradece que le rompiera una rodilla porque de ese modo consiguió que no recayera en el juego (una peculiar variante del Síndromede Estocolmo). No deja de ser irónico el nombre de ese casino, Shangri la, aquel sueño de lugar incorrupto que nada tiene que ver con esta representación de la codicia. El soñador se convierte en una herramienta, como gafe oficial, que favorece al que marca las reglas del juego, aquel que necesita atraer los clientes al panal pero no que no ganen lo suficiente para que así sigan suministrando más beneficio. El esbirro sirve para poner limites que les mantengan perpetuamente insatisfechos. Claro que el sistema se tambalea cuando entra en escena una camarera, Natalie (Maria Bello), y se pone en juego un sentimiento generoso llamado amor que poco tiene que ver con el intercambio de egoísmos simulados al que se refería Max Frisch cuando hablaba de las relaciones. Ahí no valen las cartas marcadas. Y quizá los esbirros despierten.

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