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martes, 9 de febrero de 2016

And then there were none

En 'And then There were none' (2015), la excelente adaptación de 'Diez negritos' que ha escrito Sarah Phelps para la miniserie de tres capítulos dirigida por Craig Viveiros, con una narrativa impresionista, modulada como una composición musical, se recupera la atmósfera tenebrosa y turbia que transpiraba la novela, y sobre todo su desoladora conclusión, que hace honor a su título: 'Y entonces no quedó ninguno'. El plano final es elocuente, un plano cenital hacia una mirada ya muerte que segó otras vidas por haberse librado de los crímenes que cometieron. Pero ¿el ejecutor no se equipara con ellos con sus asesinatos, como él mismo reconoce que sintió una afinidad con un criminal que condenó a la horca en su último intercambio de miradas?. ¿Dónde quedan las alturas desde las que se corrige una injusticia? ¿Son actos de justicia sus asesinatos de los criminales? Por eso, resulta tan expeditivo ese cortante plano de clausura. 'And then there were none' no es la adaptación de la obra de teatro que la propia Agatha Christie escribió para amortiguar su lúgubre condición, adaptada luego al cine por René Clair en 1944, y George Pollock en 1965, en la que dos de los protagonistas sobreviven. De hecho, el tratamiento de estos dos personajes es una de las principales notas de distinción de esta versión, en la que no son las figuras simbólicas ni negritos ni pequeños indios, sino, muy mordazmente, soldados.
Aunque en la espléndida introducción se condensa en un montaje secuencial cómo son invitados a la mansión en la isla los ocho asistentes, a los que se sumaran el matrimonio de los sirvientes para conformar la decena, se centra la narración particularmente en la secretaria contratada, Vera (Maeve Dermody) Durante el relato sus evocaciones pretéritas puntúan como fisuras, relacionadas con la muerte del niño que cuidaba, el desarrollo, como también de modo más conciso, o puntual, las de los otros asistentes. El hecho de que se atienda más a su personaje abunda en el resquicio de la posibilidad de que la abyección no defina a todos, en un grado u otro. Su apasionada afirmación de que la muerte se debió a un accidente mantiene en suspenso la posibilidad de que sea un error de apreciación la acusación sobre ella y de que sí sea alguien que pueda no haber tenido ni siquiera turbias intenciones. Por otro lado, en el otro extremo, Lombard (Aidan Turner) es el primero que no duda en revelar que es el responsable de aquello que se le acusa. No oculta su turbiedad, ni convive con la culpa ni con el arrepentimiento. Desde el principio, se puntúa su colisión entre una y otro (las miradas manifiestas de deseo de él a las que ella responde con desprecio). No deja de ser el más consecuente, y el más lúcido, como remarcará al final el juez Wargrave (Charles Dance), el artífice de la puesta en escena y de los crímenes.
Mientras los otros personajes tardan más en reconocerlo, o siguen bregando con su culpa o remordimientos (el doctor Armstrong, encarnado por Toby Stephens), o ni siquiera, porque no piensan que hicieran algo que no debían o que les quite el sueño (el sargento Blore,encarnado por Burn Gorman, o Emily Brent, interpretada por Miranda Richardson), Lombard desde un principio no esconde a los otros lo que es, no tiende a proyectar una imagen conveniente o soberbia. Los opuestos aparentes, Vera y Lombard, mantienen esa colisión que deriva en atracción sexual, y al final en equiparación. Los flashbacks desvelarán que ella es la que menos de todos asume lo que hizo, un crimen que realizó con toda la intención. Como dice el general (Sam Neill), poco antes de morir, frente a un acantilado, ninguno de ellos abandonará la isla. Cada uno de ellos ya vivía en su propia isla, convertida ya en un precipicio. Sólo quedaba que alguien les diera el empujón definitivo.

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