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miércoles, 14 de noviembre de 2012

Junior Bonner

Photobucket ‘Yo estoy a punto de conseguir mi primer millón y tú aún persigues los ocho segundos’, le dice Curly (Joe Don Baker) a su hermano Junior (Steve McQueen), en una de las secuencias de la excelente Junior Bonner’ (1972), de Sam Peckinpah. Junior es el hombre que busca la realización en el trabajo bien hecho, en el logro de su arte, alcanzar esos ocho segundos tras resistir sin caerte sobre un toro. Curly es el hombre de ‘futuro’, el representativo espécimen del capitalismo que ‘especula’ con todo, el que sabe que la especulación es un negocio beneficioso, aunque arrase con todo, aunque despedace el presente, y las huellas del pasado (no le importa ni comprar por la tercera parte de lo que valen sus terrenos a su propio padre). Es como el bulldozer que echa abajo la casa en la que creció, como contempla Junior cuando llega a su pueblo, para actuar en un nuevo rodeo, y busca a su padre. Este es un personaje que empieza a sentirse, a verse, desubicado, sin futuro (ya no es el que era en los rodeos, como refleja la primera secuencia, de la que sale contusionado), pero es alguien que ya incluso empieza a perder su pasado, lo que fue, del mismo modo que desaparecen del paisaje los signos de lo que fue (la casa de su infancia). Photobucket Photobucket No deja de ser elocuente, en brillante ocurrencia de guión (de Jeb Rosebrook), que durante buena parte del primer tramo de la narración Junior esté buscando a su padre, Ace (Robert Preston) sin lograr coincidir con él (cuando le ve en el hospital, recuperándose de un accidente leve de coche, está dormido). Cuando lo logran por fin es durante el desfile, un espacio de escenificación, de una tradición, que ya empieza a ser carne de representación, de museo, residuos del pasado (además, el padre cabalga en el caballo de su hijo; Junior sigue la senda de su padre, es su réplica, tan fuera de lugar: por eso, al final le pagará el viaje a Australia para que siga con sus extravagantes sueños, en este caso, de buscar oro allí). En el centro de la narración, y corazón de la misma, una hermosa secuencia en la que padre e hijo conversan en una estación, solos, como si estuvieran aislados del mundo, frente a los railes del tren. En un momento dado un tren cruza, y les separa por un instante. Es un momento de consciencia silenciosa, trazada en los rostros, en las miradas, de que son tal para cual, de presente precario (ambos sin dinero), y que ambos tienen un muy incierto futuro. De algún modo, para Junior su actuación en su ciudad natal tiene algo de despedida, incluso de sí mismo, reflejado en la secuencia final, en los ‘congelados’ sobre los rostros de aquellos con los que tiene o crea un vínculo afectivo, caso de su madre, Elvira (Ida Lupino) o Charmagne (Barbara Leigh) la chica con la que establece una pasajera pero cálida relación. O de su padre, aunque no deja de ser significativo que no se vean (Ace le ve pasar en el coche, y le grita, pero Junior no le oye). Deja su pasado, encara un futuro muy incierto, con el coche enfilando el horizonte. Photobucket Pero pese lo que pueda parecer la película no destila amargura. De hecho, quizá sea la obra más luminosa, distendida, radiante de Peckinpah. Transpira incluso conciliación, el sabor de la templanza. El humor brota de un modo más armónicamente acompasado que en la más desequilibrada ‘La balada de Cable Hogue’ (1971), que a veces se resentía del trazo grueso. La secuencia de la pelea en el bar, por ejemplo, además de estar orquestada con su proverbial sentido del montaje, evoca no sólo a aquella inicial de ‘Duelo en la alta sierra’ (1962), por su planteamiento, entre lo burlón y lo irreverente, sino que vuelve a corroborar el lazo con el cine de John Ford, en el que eran recurrente esta visión humorística de las peleas, en algunas de las cuales palpitaba subyacente un cierto halo de tristeza que se intentaba contrarrestar (como es el caso de la pelea en el bar de ‘La legión invencible’). No deja de ser significativo que mientras buena parte de los presentes en el bar se enzarzan en la pelea, las parejas, en vivaz montaje alterno, se consoliden, ya sea porque se crean (cómo se ‘sella’ esa conexión entre Junior y Charmagne, que se ha ido gestando a través de miradas desde que se han visto, ‘encapsulados’ dentro de la cabina de teléfono), o ya sea porque se reconcilien, caso de Ace y Elvira. Photobucket Se hace manifiesto ese quedo lirismo que recorre la narración, como esa sonrisa en una mirada, la de Charmagne, que condensa lo que ha significado compartir un fugaz bello momento con la persona de la que te despides. O la que reaviva el rostro, el de Elvira, al escuchar unas palabras, ‘visto un rodeo, vistos todos’, porque las sabe dichas con ironía, ya que la mirada expresa lo contrario, un amor incombustible, que arraigó en un pasado que no puede ser borrado ni demolido, el de aquellos que sienten que todo lo que han compartido durante décadas nunca se quebrará, aunque se distancien, en algún momento, de modo pasajero, y una bofetada constate el dolor causado, como es el caso de Elvira y Ace. ‘Junior Bonner’ es una película solar aunque sea de aliento crepuscular, irradia celebración de vida, un saber conectar con aquello que se desvanecerá o demolerá, con aquellos que sabes que desaparecerán, como tú mismo. Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Photobucket Ace: Si este mundo está hecho para los ganadores ¿Qué queda para los perdedores? Junior: Bueno, alguien tiene que llevar los caballos...

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