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jueves, 22 de octubre de 2020
Tuya para siempre
domingo, 18 de octubre de 2020
Mis textos en Dirigido por (Octubre 2020)
sábado, 17 de octubre de 2020
A diez segundos del infierno
Hay películas que parecen impregnadas de una atmósfera
nublada, un aliento encapotado que emana de la pesadumbre. Las hay que vibran
con el aleteo del ave fénix, pugnando, con una febrilidad en suspenso que no
estalla pero no deja respiro, por desprenderse de las cenizas que pretenden
abocarla de nuevo a las simas de un agujero negro, el del descreimiento, el
estéril cinismo. Ambas películas habitan en Diez segundos al infierno (Ten
seconds to hell, 1959), de Robert Aldrich, una producción de la Hammer. Puede
parecer una paradoja, y quizás lo sea, pero es ante todo un proceso alquímico
(la novela que se adapta, de Lawrence Bachmann, adapta se titula El fénix).
La apuesta por la vida tras enfrentarse cara a cara con la muerte, a lo que se
enfrentan seis desactivadores de bombas, seis alemanes que fueron relegados,
como castigo, a tal tarea por no amoldarse al ideario nazi predominante (pero
no sólo por cuestiones políticas, sino también por dedicarse a ciertas
actividades ilícitas), y que ahora, ya finalizada la guerra, realizan su labor
a las órdenes de los británicos (tras que estos hayan perdido a sus
especialistas) entre las ruinas de Berlín. Esa pesadumbre que menciono es la
que parece dominar al que la mayor parte de los otros compañeros consideran su
líder, Koertner (Jack Palance), al que, aquel que le gustaría ser líder del
grupo, Wirtz (Jeff Chandler), califica como poeta
del dolor (su semblante parece en muchas ocasiones preso de una convulsión,
la de sentir demasiado), alguien noble, que siempre busca el juego limpio,
empático y compasivo. Wirtz, en cambio, es alguien más bien cínico, al que le
preocupa su propia supervivencia, su propio beneficio.
Con las mujeres también ambos son opuestos. Wirtz sólo parece funcionar por sus necesidades biológicas. Avasalla a Margot (Martine Carol), la viuda que les ha alquilado las habitaciones a ambos, la primera noche que ha salido con ella, haciendo oídos sordos de sus protestas. Koertner, en cambio, llega hasta a dudar de entregarse a ella considerando las precarias circunstancias en las que viven, un tiempo (de tránsito) de dolores y heridas demasiados recientes, de luto, y de necesidad de esfuerzo y entrega para una reconstrucción. No deja de ser sintomático el espacio en el que ambos forcejean con sus planteamiento vitales, con su desubicación, para dar una oportunidad a su amor, unas ruinas a la que ha llevado Koertner a Margot por un motivo especial, que no es capaz de revelarle, y que Aldrich destacará con un travelling de acercamiento en el último plano de la secuencia cuando ambos se marchan: es un edificio que diseñó Koertner, quien era arquitecto antes de la guerra (detalle que también había ocultado a sus compañeros). Koertner es alguien con pulsión de construir, pero tan dolido, por la desolación y la brutalidad de la que ha sido testigo, que no es capaz de desprenderse de la atracción de desafiar a la muerte, aunque ponga en riesgo su vida. Pero la aparición en su vida de Margot, es la recuperación del aliento de vida, de reconstrucción, de volver a crear una relación con la vida, con los demás, como en hermoso detalle de correspondencias, otro de los integrantes del grupo, Loeffler (Robert Cornthwaite), acoge en su hogar a una gran variedad de animales. Junto a él intentarán convencer a Wirtz de anular la apuesta que acordaron antes de iniciar su tarea: Wirtz propuso al inicio que todos pusieran la mitad de su sueldo, y quien sobreviviera al de tres meses lo ganaría. Por eso, la narración se convertirá en su último tramo en un duelo entre dos mentalidades o actitudes vitales opuestas, la del cínico Wirtz contra el espíritu revitalizado de fénix que ha recuperado Koertner.
Aldrich narra con tensa fisicidad las esplendidas secuencias en las que tienen que desactivar las bombas. Incluso, en algunos casos con ingeniosas soluciones de puesta en escena jugando con la elipsis o lo que no se visibiliza en campo. Su narrativa es precisa, sintética, y no carente de un desesperado lirismo, aunque contenido. Después de un año de inactividad, durante el cual temió por su futuro profesional, tras ser despedido durante el rodaje de Bestias de la ciudad (1957), de Vincent Sherman y Robert Aldrich, parecía moderar su tendencia a un histrionismo que se extendía a los mismos encuadres. La contención predomina en esta narración, como si contuviera una explosión, como ejemplifica la misma interpretación de Palance. No es de sus obras más populares, ni más valoradas, pero la considero, dentro del género, bastante superior a otra mucho más renombrada como Doce del patíbulo (The dirty dozen, 1967), a la que no cuestiono su eficiente músculo narrativo, aunque derive más en lo mecánico, sino el insuficiente relieve en el trazo de su personajes, y su contradictorio desarrollo con respecto al (supuesto) planteamiento (una obra que pone en cuestión al estamento militar pero deriva en la más rudimentaria hazañas bélicas). Aunque se sostenga sobre la contrastada, y enfrentada, dualidad de puntos de vista opuestos, Diez segundos al infierno no desmerece al lado de la más corrosiva y compleja (o menos complaciente) Comando en el mar de la china (Too late he hero, 1970), en la que los personajes (los dos protagonistas en especial) están dotados de más matices, y contradicciones, y hasta pueden resultar imprevisibles. Diez segundos al infierno es una estimulante obra que hace cuerpo de la reconstrucción de una ilusión tras tensar la espoleta narrativa con la inmersión en los cenicientos socavones de unas ruinas donde unos hombres, como Wirz, hacen del infierno una morada en la que ser los más fuertes y otros, como Koertner, se esfuerzan en conseguir desactivar las huellas de unos horrores pasados, que amenazan con derrumbar el presente, para lograr erigir de nuevo un futuro con firmes cimientos, los de la nobleza, el juego limpio, la colaboración y la entrega. Para que luego digan que Aldrich era un cineasta cínico.
jueves, 15 de octubre de 2020
La torre vigía (Impedimenta), de Elizabeth Harrower
El abuso, el autoengaño y la interrogante. Hay quien impone
su voluntad como si él fuese una deidad
encargada de garantizar que nada ni nadie sea valorado jamás, porque está celoso de todo cuanto está vivo,
como es el caso del empresario Félix. Su amargura le impele a ser un dictador
en su parcela de relaciones. Hay quien se vuelve adicta al autoengaño, como Laura, porque cree que él puede representar la seguridad. Cree que él puede cambiar y
ser amable con ella. Se compadece de él, eso la esclaviza. Por eso, opta por la renuncia, acata esa
voluntad, esa determinación de modo de relación (en suma, de realidad cotidiana,
como si no pudiera ser de otra manera lo que no es sino un escenario impuesto),
porque cree que, en algún momento, dado que la considera una afección o
enfermedad que curar (por lo que le ha hecho la vida), podrá transformarle
(curarle) para dejar de ser un ser colérico y agresivo. Y hay quien se
interroga sobre el por qué se enquistan ese tipo de relaciones sentimentales,
por qué se encostra ese modo de relación con la realidad, de habitarla, por
imposición de unos y resignación enajenada de otros, como Clare, que se siente como si ella fuese una recién llegada de
otro tiempo y de otro lugar, con la esperanza de que la tierra fuese un sitio
muy diferente del que era en realidad, y se dice, con desesperada
perplejidad, podríamos hacerlo todo, y
hacemos esto. Qué insuficiente. Esa insuficiencia es diseccionada en La torre vigía (Impedimenta), de la
escritora australiana Elizabeth Harrower (1928-2020). La novela fue publicada
en 1966, pero su acción transcurre entre el estallido de la segunda guerra
mundial y los años de la posguerra. Unos años de (intento de) cambio y la
evocación de los cimientos (de la inmovilización).
Bisoñas, triviales, seguras, avergonzadas, las hermanas Vaizey formaban parte de un auditorio que presenciaba la destrucción de la luz del mundo, desde las butacas rojas acolchadas en una oscuridad desinfectada que olía a lilas. Se hallaban constreñidas en sí mismas y en sus escasos centímetros cuadrados de conocimiento y experiencia. Percibían en cada una de ellas la ineptitud, la vacuidad y la frustración de quien busca agua en un pozo seco. Son espectadoras en la pantalla de una guerra más allá de su parcela de vida, sin saber que serán protagonistas de una guerra, alargada durante tres lustros, en el hogar que conformarán ambas hermanas, Laura y Clare, con el marido de la primera, Félix, al que se puede decir que traspasa, como quien pasa un testigo, la madre de ambas, tan árida y egoísta como Félix. La señora Vaizey era como un parque donde nunca se hubieran retirado los carteles de <<No pisar el césped>>. Son desiertos emocionales una y otro, y esa carencia la descargan sobre los otros, amargando su existencia. Laura y Clare resisten el asedio voraz de Félix, ya que es alguien que necesita sentir que conmociona la vida de los demás. Es lo que le suministra satisfacción, cómo afecta su conducta a la vida de los demás, cómo las zarandea. Hacía meses que ellas habían aprendido que no había mejor defensa que el silencio, que, en realidad, no era defensa alguna. Él disfrutaba engatusándolas para que hablasen, pero sabían bien que cualquier respuesta, por breve que fuera, bastaba para llevarlo hasta el borde. Y él no tenía ningún inconveniente en traspasar ese límite. Félix es ese tipo de persona, o dictador emocional, que necesita generar una circunstancia tensa, conflictiva. Cualquier intento de diálogo es inefectivo, como descubrirá Clare, porque no hay propósito dialéctico, sino el regusto en meramente revolver las aguas para disfrutar de la impotencia o desesperación de aquellas de las que absorbe su perturbación para sentir que su caos, su carencia personal, dispone de un propósito, o quizás sea mejor decir, una recompensa. Compensa su falta de autoestima generando desazón a los demás. Intenta inocularles su propia amargura.
Su dictadura encuentra un cómplice en quien se engaña pensando que si es así no es por elección sino que ha sido condicionado por lo sufrido en su vida pretérita. Laura había leído libros. En todos, salvo en las escasas historias dramáticas en los siglos anteriores, que versaban sobre personajes y circunstancias ridículamente ajenos a ella, todo acababa bien para las jóvenes heroínas. Aunque sus planes se hicieran añicos, y no hubiera ninguna esperanza, al final siempre resultaba que se había producido algún malentendido. Las chicas y sus amados se encaminaban a continuación hacia un futuro teñido de todos los colores del arco iris. ¿Acaso no era ella una joven heroína? Laura edificará su vida sobre un malentendido, la errada concepción de por qué es como es su marido, y cómo su misión y propósito es asistirle, ayudarle, a superar esa condición, que no es su naturaleza. Como buena inconsciente esbirra se convertirá en su enajenada extensión o defensora. Necesita ese autoengaño, sino su vida se derrumbaría, y descubriría que no es una heroína sino una sirvienta de un ser miserable y mezquino. Además, necesita la seguridad que le suministra, porque ¿qué sería capaz de realizar ella si dependiera de su voluntad y determinación?
En cambio, Clare no deja de resistirse. No deja de preguntarse sobre su realidad y esa realidad que hay afuera, las consonancias entre su parcela de vida y el exterior, y la dificultad de poder definir el modo de actuar de los humanos. Los extraños y molestos individuos cuyas historias se asemejaban extrañamente entre ellas no eran tan fáciles de clasificar. Se da cuenta de que resulta difícil percibir cómo son los demás, y de que, por lo tanto, lo es que sea percibida, y comprendida, por los demás. Si mintiera o actuara todo el tiempo, ninguna de las personas que conocía o que había conocido se percataría de ello; de igual modo, cuando se comportaba tal como era, tampoco nadie se daba cuenta. Por lo tanto, ¿qué o cómo somos, en qué se fundamenta ese teatro de relaciones que se establecen? Clare es testigo impotente de la paulatina desaparición de su hermana, como si se descompusiera en la misma sombra de Félix, mientras ella forcejea para encontrarse, para perfilar cuál es su lugar, cómo es en un escenario de relaciones que parecen encasquillarse en la insuficiencia, asumida con delectación mezquina o resignación por los intérpretes de una función que ellos mismos ignoran que lo es. Por eso, la pregunta no es sólo quiénes somos, sino por qué no somos buenos. Por qué, con tanta facilidad, hacemos daño. Había empezado a sospechar que el afecto, el amor, carecían de propósito alguno. Las personas podían amarse sinceramente, dormir juntas, vivir juntas armoniosa o tormentosamente durante años y, aun así, en cierto modo, para nada. (…) El exterior era un lugar de papel de seda de colores por donde las personas se desplazaban ‘ignorantes de la realidad’.
martes, 13 de octubre de 2020
Rey y patria
En los monumentos a los caídos en combate por el rey y la patria, la piedra es muda. Nada tiene que ver con el barro en el que los soldados pugnan por sobrevivir como las primeras bacterias que habitaron la Tierra tras la gran explosión con la que se creó el mundo. O sí, su condición de indiferente testigo. En la piedra se cincela la apariencia de lo que no fue, el maquillaje con el que se oculta la carne desfigurada. En el barro se incrustan los cuerpos desgarrados y mutilados. En el campo de la batalla corrían en pos de un presunto objetivo, aunque fundamentalmente intentaban sobrevivir; tampoco importaba demasiado si así era porque habría otro reemplazo efectivo. Es un escenario en el que los actores entran y salen, y los sustitutos esperan su oportunidad porque aún desconocen la materia de la que está hecha la muerte y la destrucción. Solo imaginan un escenario en el que demostrar algo, en el que sentir que saltan a escena para protagonizar una gesta que les extraiga de su vida precaria e intercambiable. En Rey y patria (King and country, 1963), adaptación de la obra teatral Hamp, de John Wolson, y de la novela homónima de James Landsdale Johnson, Hamp (Tom Courtenay) es un soldado acusado de deserción. Después de tres años de guerra, es el único superviviente de aquel grupo que conformaba su compañía, tras que se uniera a este desatino para demostrar a su esposa y a su madre que era capaz de ser algo más que un mero zapatero (un corrosivo apunte que señala que las mujeres, aunque sea por pasiva, también hacen la guerra).
Hamp está harto de balas y bombas, no solo las del campo de batalla: su esposa le había escrito diciendo que tenía un amante (otro reemplazo); ya todo le da igual, y decide salir a dar un paseo. Pero a nadie, y menos a los oficiales, de otra casta, la aristocrática (todo es una cuestión de galones y clase), le importa sus motivos y lo que ha sufrido en esos tres años entregado a su ejército, viendo cómo explosionaban compañeros a su lado en pequeños trozos. En un momento estás quejándote de algo o soñando con lo que desearías que fuera o añoras, y en otro no. En un sórdido cuchitril espera el juicio, pero en su ingenuidad no piensa que lo que ha realizado tenga especial significancia. Lleva tres años conviviendo con el barro de las trincheras o los terrenos que recorre para alcanzar la posición enemiga. No piensa en otras perspectivas posibles, otros escenarios, esos que contemplan la guerra como un tablero, una hoja de cálculo o un código de honor que no sabe de barro sino de orgullo (y el orgullo es una abstracción, una enajenación que disimula su condición con su entronización como ejemplaridad). Y entre el barro será objeto de un consejo de guerra por deserción. Y el veredicto es previsible. El oficial mando, el coronel (Peter Copley), lo llamará castigo ejemplar. El abogado defensor, Heargraves (Dirk Bogarde) lo llama simplemente asesinato. Y pregunta si realmente su ejemplaridad ha sido efectiva para cualquier otro soldado, sea ya combatiente o reemplazo. El coronel encoge los hombros, porque sabe que su finalidad no está dirigida hacia la motivación de los soldados sino para remarcar la autoridad de quienes rigen el escenario militar. Hechos como este son los que ocultan las piedras de los monumentos de la versión oficial.
Rey y patria supuso la tercera de sus cuartas colaboraciones del guionista Evan Jones con Losey. Fue la tercera de cinco de Dirk Bogarde (que la califica como su obra preferida en su filmografía). Al filo de la retórica en algunos instantes (el reflejo distorsionado de la relación de los otros soldados del pelotón con las ratas, a las que someten a un paródico juicio o apedrean, aunque luego les costará disparar contra su amigo), tiene en su tétrico y físico empleo del espacio, esas embarradas trincheras en la que afloran brazos de cadáveres, e infestada de ratas que pueden morder tu oreja mientras duermes, una de sus mejores bazas. La otra, la mirada de Bogarde, que resbala entre encontradas emociones, como en el barro aunque sea más bien por la conmoción que le causa la decisión del tribunal. En la furia con la que responde a Hamp cuando este le agradece su defensa, palpita esa desesperación. Cuando le reprocha que él no cumplió su deber es una desesperada manera de descargar su impotencia, tras que sus cuestionamientos al coronel fueran acallados cuando comenzaban a traspasar los límites de la infracción o transgresión de los códigos (los que abocan a la degradación o la muerte). Porque todos asumen o aceptan el escenario, el código, aunque difieran, caso del oficial al mando del pelotón de Hamp, El teniente Webb (Barry Foster) o el mismo fiscal, el capitán Midgley, quien ejerce de modo inclemente su función aunque, tras la conclusión del juicio, comparta con Heargraves que espera que sea declarado inocente. Todos acatan el absurdo, aunque algunos soldados del pelotón desvíen su punto de mira. Un final expeditivo y demoledor es como el último rasgón de una tragedia que a la vez es farsa. Un tiro en la boca, como emblema de las voces que callaron y mordieron su disconformidad como quien, como sumiso esbirro, se traga un veneno.
domingo, 11 de octubre de 2020
Los días luminosos (Acantilado), de Zsuzsa Bánk,
No sé por qué me eligió justo a mí y me invitó a entrar en su vida, una vida que era distinta a la que yo había tenido hasta entonces, diferente de cuanto conocía; una vida que me parecía lejana, más grande y amplia que la mía, y que se desarrollaba en un lugar sin tiempo ni fronteras. No sé qué le atrajo a mi lado, qué la empujó hacía mí en vez de hacia los demás y nos unió, no sé qué hace que las personas nos elijamos las unas a las otras. La singularidad de los cruces de la vida y los destinos compartidos. ¿Sintonía o mera coincidencia en el tiempo y el espacio? ¿Podían haber sido otras las narrativas de cada vida? En la extraordinaria Los días luminosos (Acantilado), de la escritora alemana de ascendencia húngara, Zsuzsa Bánk (tan exquisitamente modulada su escritura, como en la previa El nadador, que parece una coreografía), Seri y Aja se convierten en amigas desde niñas, pero esas preguntas también sobrevuelan a través de otros personajes, como la madre de Aja, Evi. Era como si tratara de vivir las otras vidas que descubría cada vez que metía el papel fotográfico en un recipiente (…) quizá fue por los desconocidos que aparecían en las fotografías reunidos con sus familias y que, con sus fiestas y excursiones, le recordaban sin cesar lo que ella y Aja no tenían. Pero cómo nos sentimos puede que no coincida con la narrativa que los otros se crean sobre nosotros, según la imagen que proyectamos, según lo que supone para esos otros nuestra actitud o conducta, como la madre de Seri sentía al lado de Evi algo que no existía en otro lugar y que, más adelante, estuvimos buscando en vano en otros sitios. Evi es como una paradoja ambulante, una mujer que parece rebosar moratones porque no deja de tropezarse con la realidad pero fue funambulista en un número circense, un funambulismo que parece ampliarse a su forma de habitar la realidad, como si tuviera la mirada puesta en algo que era invisible para mi madre. Otras fronteras, un lugar sin tiempo. Vida como sucesión tropiezos y anhelo de fugas (los sueños, la imaginación, la sensación de inmunidad, la liberación de responsabilidades, la sombra permanente de lo que puede ser)
Dejamos atrás los días luminosos en que saltábamos ligeros a través de los minutos y las horas, girábamos en círculos siempre alrededor de nosotros mismos, en nuestro minúsculo y delimitado mundo (…) nunca habíamos tenido que preocuparnos por nada porque aquel mundo no requería nuestra intervención y seguía moviéndose ininterrumpidamente al mismo compás, con la misma melodía. La amistad de Seri y Aja resiste los avatares del tiempo, de las nuevas direcciones y cruces, pero también dispone de alternancias y variaciones. Ha cambiado mi forma de ver las cosas; mi punto de vista sobre Karl y Aja, sobre cuánto podía ver en su interior, se ha modificado en innumerables ocasiones, a veces solo en un instante (…) de vez en cuando hemos caminado en direcciones opuestas como si solo deseáramos distanciarnos de los demás sin darnos cuenta ni poder explicar el motivo. Las relaciones y sus modificaciones, como una muda en progreso, pero también vulnerables al deterioro. Ese mismo pasado de infancia compartido se convierte en refugio. La luz de un faro que nunca se apaga. Quizá durante toda su vida, se consolaría con el recuerdo de aquel verano, sólido como una fortaleza a la que podía regresar para refugiarse con el pensamiento siempre que podía evadirse. El curso de la vida depara imprevistos, decepciones, revelaciones que trastocan la misma percepción de la vida, de los demás y uno mismo. Puedes descubrir que tu esposo mantuvo otra relación durante veinte años con otra mujer sin tú saberlo: ¿Cómo reaccionas? ¿Sigues el rastro de esa mujer como si de ese modo pudiera perfilar la imagen de una realidad que más bien ha revelado brechas inadvertidas? Puedes descubrir que tu madre biológica no es quien imaginabas. ¿Cómo encajas esa revelación? ¿Cómo reconfiguras las relaciones? En la vida todo puede cambiar de un segundo a otro. Un día tu hermano pequeño ya no está contigo, ha desaparecido, y nunca sabrás más de él. ¿Hay alguna manera de percibir la realidad para encontrar el patrón que haga comprensible sus pautas? ¿Hay en su aleatoriedad algún designio o sus trazos se asemejan más a la combustión espontánea o un truco de magia que no sabrás cómo se realizó ni nunca recuperará lo que destripa la ilusión como si fuera solo un vacío?. Hoy creo que Karl empezó a hacer fotografías porque nunca pudo compartir la visión de lo que otros consideraban importante, porque quería desviar la mirada hacia otras cosas que suceden al margen y porque no encontró ningún trabajo en que dos segundos resultaran tan decisivos. (…) dos segundos que bastaban para entrar en un coche y cerrar la puerta, dos segundos que bastaban para sacar una fotografía., pulsar el disparador y soltarlo.
sábado, 10 de octubre de 2020
El hombre clave
El hombre clave
(The nickel ride, 1974), de Robert Mulligan, con guión de Eric Roth, es una
pequeña joya olvidada en el baúl de los recuerdos, que en su momento pasó
desapercibida frente a otras obras de aquel thriller de los 70 de severa
sobriedad y empapado de una tensa atmósfera de paranoia y de invisible, por
incierta y ambigua, amenaza conspiratoria que pende cual invisible espada de
Damocles sobre los protagonistas, caso de La
conversación (1974) de Francis Coppola o El último testigo (1974) de Alan J Pakula, e incluso se puede
extender a otros con figuras de detectives inmersos en un laberinto que es
maraña y circulo sin fin (como una rueda de la fortuna trucada), caso de Chinatown (1975) de Roman Polanski y La noche se mueve (1975) de Arthur
Penn. El hombre clave, que en principio iba a estar protagonizada po George C
Scott, carece del renombre o de la mítica (fetichista) de esas obras, pero no
desmerece a su lado. O con respecto a la obra propia que sí dispone de esa
consideración, Muerte de un ruiseñor (1962). Junto a esta, y especialmente La noche de los gigantes (1968), es su
obra más sugerente y lograda, sin olvidar El
otro (1972). Su fracaso en taquilla quizá fuera la causa de que sus obras
posteriores perdieran inspiración creativa y riesgo, como quien se repliega en
zona confortable, más convencional y desvaída.
Los planos con los que se inicia la narración ya transpiran fatalidad y asfixia, la sensación de callejón sin salida, el plano del rostro de Coop (excelente Jason Miller), un pequeño jefe del sindicato de la mafia en un territorio de Los Ángeles, y el del callejón (vacío, nocturno) de unos almacenes, aquellos que está pugnando por conseguir realizar la transacción de compra para la organización. La dificultad en conseguirlo, la demora en la respuesta de quienes tienen que corroborarle si aceptan o no, añadido a fracasos como el de conseguir que un manager convenza a su púgil para que acceda a un tongo perdiendo un combate en el que sus jefes han apostado, genera una progresiva tensión, de latente crispación, en la que pende, para Coop, aunque no se lo expliciten, la amenaza de que sus jefes van a ordenar matarle en cualquier momento.
La narración se vertebra sobre la ambiguedad del comportamiento de los otros, en especial del nuevo joven sicario contratado, Turner (Bo Hopkins), de inquietante sonrisa bajo su apariencia de inocuo dibujo animado con atuendo de cowboy: cada aparición, o irrupción, es como el amago de una amenaza que parece incrementar hasta el infinito el redoble de tambor de su materialización: en cada conversación late lo imprevisible agazapado: la secuencia en la que conversan en su despacho, con Coop con una mano bajo su chaqueta asiendo la pistola mientras escucha la excéntrica cháchara de Turner (de secuencias como ésta u otras han debido tomar buena nota Tarantino o los Coen). Coop, a la espera de que le confirmen o no si es factible la compra de los almacenes (para informar a su vez a sus jefes) se refugia en su casa en el campo, con su novia, Sarah (Linda Haynes). No se disipa la sensación de que en cualquier momento puede aparecer alguien, en concreto Turner, para matarle.
Una perturbación atmosférica que se traza con la paradoja, la solar dirección de fotografía de Jordan Cronenwerth que ejerce de envenenado contraste: Hay mucha luz pero nada se ve, todo es incierto, ¿exagera en su paranoia Coop o es amenaza real? ¿Lo que se aparenta, o expresa, de modo frontal ciega como el exceso de luz que más que iluminar confunde y desorienta? La realidad se abre en canal con la incertidumbre de lo que pudiera ocurrir. Un cambio de plano y la realidad muestra un rastro que enmaraña las interrogantes con las intuiciones. En particular, el momento en que Coop y Sarah entran en la casa y descubren unas huellas de barro; Coop aprecia que no está su pistola en el cajón donde la ha dejado; mira en la casa empuñando una barra de hierro pero no hay nadie. La angustia se va sedimentando progresivamente, una sensación de urgente intemperie, de desgarrada vulnerabilidad, expresada con una narrativa tan precisa como sobria y elíptica. Da igual si es un entorno urbano o un entorno rural, si estás aislado en una cabaña con tu novia o rodeado de gente, incluso amigos, en un bar de la ciudad, cualquiera amenaza, en forma de desesperante amago, puede desestabilizar tu circunstancia. Por eso, en la resolución un vacío, por fin, se llena con la amenaza negada como un colmillo enfundado en una sonrisa. El fuera de campo anunciado, que no dejaba de amagar, hace acto de aparición. Y ya eres un cuerpo que decora el espacio de la rutina como la constatación de que la materia de la realidad esconde sus brechas como filos disimulados. A Coop le llaman el hombre clave, el hombre de las llaves. El último plano corresponde a ese llavero con múltiples llaves. Pero la realidad cerró todas sus puertas para él, como si no las hubiera.
martes, 6 de octubre de 2020
Suprema decisión
2. Montaje de una representación: Evelyn se encuentra casualmente por la calle con el amor de su vida, al que no veía en diez años, Georges (Georges Rigaud), doctor canadiense que está de paso por la ciudad. El entusiasmo de él es manifiesto, tanto que se le olvida que iba hacia el hotel para coger la tarjeta de identidad de un amigo, pediatra, que había acudido a la policía para denunciar que una madre llevara con él a su hijo a una sesión cinematográfica nocturna (lo que implicaba que le tuviera despierto pasada medianoche); contrasta con Evelyn, quien mantiene lejos de su ambiente o modo de vida a su hijo, interno en un colegio (aunque el niño retorne cuando sea expulsado). Evelyn y Georges conversan en un café, y acontece el primer flashback: aquel día en una estación de esquí, donde se conocieron, cuando hablaban sobre su proyecto de vida compartido (en una posterior secuencia, cuando ambos viajan juntos, y tienen su encuentro amoroso más intenso en una cabina en el bosque, la nieve cae copiosamente tras la ventana: el horizonte futuro difuso); el travelling que sucede a la evocación parte de un reloj que da las campanadas de las doce de la noche ( el paso del tiempo, el tiempo no recuperable; la urgencia: Evelyn se da cuenta de que llega tarde al club nocturno, por lo que tiene que irse, cual cenicienta). Dado que Georges, durante los tres días de estancia en la ciudad, desea conocer en algún momento el hogar de Evelyn, esta urde el montaje de una representación. No quiere que Georges sepa en qué condiciones vive ni a qué se dedica (vergüenza de imagen), qué ha sido de su vida, por lo que decide alquilar un lujoso piso por tres días. Para poder pagarlo recurre a un prestamista que la obliga a ser señorita de compañía de ricos con el fin de sacarles el dinero (una sucesión de engaños en abismo: para conseguir los medios necesarios para efectuar el engaño que para ella resulta vital acepta ser el instrumento de otro engaño). Evelyn se traslada con su hijo a ese piso provisional, mera ilusión pasajera que necesita sea convicción permanente para quien ama, y efectúa la correspondiente representación para recibir a Georges y su amigo (detalle corrosivo: el hijo se dejará la jaula de sus pajaritos en su piso; será por este detalle que el amigo, hablando con el hijo, descubra dónde vive realmente Evelyn: la jaula o red de vida, que es una mentira, se extiende a su propia mentira, que la atrapa: en numerosos encuadres, por la rejilla de un ascensor o la forma de un papel pintado, el fondo apuntala esa sensación).
3. Sentimiento como representación. Evelyn simula que su vida es otra para equipararse con el sentimiento elevado que siente por Georges, y para que se corresponda con la imagen que quiere que él vea en ella. Su montaje es una proyección, una película; no quiere que él vea cuán sórdida y desilusionante es su realidad; no soportaría su decepción (aunque ella no crea ya, resignada, en ningún mañana posible: el título original es Sans Lendemain, Sin mañana). El segundo flasback, no casualmente, está relacionado con otro espacio de representación, un cine: durante una proyección, a la que asistían Evelyn y Georges, fue cuando ella recibió una nota y desapareció de la vida de Georges sin explicación alguna. Más adelante, en un tercer flashback, se revelará el porqué. Y será cuando se enfrente a las acusaciones del amigo, al recelo que éste ha proyectado sobre ella, ya que piensa que está detrás meramente del dinero de Georges: Evelyn desgarra su máscara y, entre lágrimas, revela que aquel día de la proyección reapareció su marido, perseguido por la justicia, por lo que tuvo que irse con él para evitar que hiciera algún daño a Georges. Como en la posterior Carta de una desconocida una estación de tren será el espacio de una despedida definitiva. La última secuencia, de acongojante belleza, es un prodigioso ejemplo del sublime talento de este cineasta: Evelyn desea desvanecerse en la bruma, perderse; los últimos planos son espacios vacíos que reflejan una ausencia irreversible, una desaparición, en la que no habrá un mañana.
domingo, 4 de octubre de 2020
La sombra del actor (1983)
Aunque el actor sea el centro y el texto, de vibrante y omnipresente diálogo, sea una adaptación de una obra de teatro, por el propio autor, Ronald Harwood, La sombra del actor (The dresser, 1983), de Peter Yates, para la que Ronald Harwood adapta su propia obra de teatro, se centra en la relación entre un ilustre actor shakespeariano, Sir (Albert Finney, avejentado para el papel, como para su Ebenezer Scrooge, 13 años antes en Muchas gracias Mr Scrooge, de Ronald Neame), al parecer inspirado en el actor Sir Donald Wolfit, y su asistente, Norman (Tom Courtenay), tarea que el propio autor realizó con Wolfit durante la segunda guerra mundial, que es cuando acaece la acción (durante la representación, actores y espectadores continúan unos y otros en su sitio, ajenos a las bombas que caen). Es el espacio en el que (supuestamente) las máscaras se desprenden. ¿Es así? ¿Qué hay tras la máscara? Quizás añicos de las máscaras, nada más. Y por otra parte, ¿ese otro espacio no es también otro escenario para quien es el centro de su existencia? ¿y qué hay más allá? La inmensidad de un vacío, un hueco al que meramente recorre un aire frío. El título original es más escueto, no tan metafórico: The dresser, aquel que viste. Los personajes, vistan o sean vestidos, se visten con sus ficciones en un escenario explícito o figurado (que califican su vida corriente). La sombra del actor es una disección implacable de las turbulencias emocionales que acaecen entre bastidores, que contrasta con la fascinación (idolatración) que despierta en el espectador la figura que representa/actúa en el escenario. Pero también de las ficciones que visten la vida, como máscara que se hace carne. El mismo Norman, corazón de la narración, vive en su particular teatro, es el escenario que domina, el de los camerinos, en el que es rey y señor, en el que no sólo es asistente de maquillaje y vestuario, sino el nutriente e incentivador vital, el psicólogo y terapeuta del actor, de aquel que domina el otro escenario, pero que en el camerino es una figura quebradiza, desamparada, voluble, insegura, una tortuosa amalgama de emociones que le dominan y desbordan. Ese desamparo es el que el asistente, Norman, contrarresta, insuflándole la necesaria fuerza que le reafirme, que consiga que supere sus dudas y desesperaciones.
Si la película es subyugante lo es principalmente por el soberano ejercicio actoral de la pareja protagonista, Finney y Courtenay, quienes fueron los rostros, cuando comenzaron su carrera en el cine, del Free cinema; de hecho la revelación de Courtenay fue con Billy Liar (1963) de John Schlesinger, que Finney había interpretado en el teatro. Ambos actores se habían desligado del cine en la década de los 70, una década en la que la producción británica había perdido lumbre creativa (alargándose en la década de los 80), con los mismos directores del free cinema trabajando en producciones estadounidenses (excepto un Lindsay Anderson desubicado con su O Lucky, 1973). Finney sólo había interpretado cuatro películas (para Neame, Stephen Frears, Sidney Lumet y Ridley Scott), y un cameo (con Mel Brooks). Courtenay, sólo dos (para Dick Clement y Caspar Wrede). Había ya encarnado a Norman tanto en Londres como en Broadway, enfrentado a Freddie Jones y Paul Rodgers, respectivamente. Su interpretación es un despliegue de exuberante histrionismo, porque cada uno es un histrión en sus diferentes escenarios. Ambos logran transmitir, de un modo desgarrador, el desamparo que siente fuera del escenario, caso del actor, y el que sentiría si se quedara sin su trabajo o función, si tuviera que dejar de ser esa sombra que le hace sentirse no sólo protagonista sino también, para alguien que además es homosexual (en cuyo amaneramiento puede explayarse en este ámbito sin preocupación), sentirse acogido en un mundo que es su hogar, su refugio.
















































