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miércoles, 27 de noviembre de 2019

La hija de un ladrón

Precariedad y desamparo se conjugan como el vacio con las retículas de una frágil red. La vida es una ladrona, no sabes cómo, porque no hay respuesta para el por qué. En La hija de un ladrón, opera prima de Belén Funes, Sara (Greta Fernández) tiene 22 años pero en su semblante parece que se perfilara la erosión de lo vivido como si, cual anticipo, le hubieran sustraído años de vida. Es una mirada cargada de sombras que pesan, como si las ojeras las llevara adheridas a las retinas. Sostiene su vida material con empleos como limpiadora y cocinera, en los que siempre se cierne la sombra de lo provisional y perecedero. La vida podría terminar en cualquier instante, como una función que cierra antes de lo previsto porque no vende entradas. Nadie le suministra nada, porque su padre, Manuel (Eduard Fernández), viudo, acaba de salir de la cárcel en la que ha estado recluido varios años y en, cambio, de ella depende su bebé. La relación con su padre se define por la hostilidad y la necesidad, por las alternancias. Pugna con él por la custodia de su hermano pequeño, pero no deja de perseguirla, como una sombra fría, la añoranza de un afecto, de lo que no fue, de un soporte, que siente que perdió, o le fue sustraído, arrancado. Es su padre, pero no es una relación definida, estable, como su vida se caracteriza por la inestabilidad. La presencia y la ausencia se enmarañan en su figura. Lo que no fue y lo que aún quisiera que fuera y lo que se quiere impedir que sea. El gesto de afecto y preocupación se puede tornar desplante, las palabras de aliento quizá fueran meras cortesías, o arranques del momento, cuando más bien quieres sentirte en conciliación con alguien. Pero las palabras y los gestos pueden ser sólo eso, maquillaje, también provisional, que no esconde las manchas del deterioro.
Sara habita la realidad como si dispusiera de un fragmento o un resquicio en un margen de la realidad. Comparte pisos de modo pasajero, porque es una pasajera de la realidad que no sabe si su trayecto tendrá conclusión, porque ni siquiera sabe cuál será la próxima estación. Si los servicios sociales le podrán facilitar otra habitación en otro de sus pisos, o encontrará el apoyo, casi como el gancho de salvación cuando sientes que la tierra se corre bajo tus pies, de ese otro hogar, el que ha formado su padre con otra mujer. Sara siente que se precipita en una intemperie que le hace sentir más desvinculada y aislada, porque tampoco parece factible que recupere la relación con el padre de su hijo, aunque el afecto y el apoyo definan su relación. En la frágil e insegura red de su vida precaria se abre cada vez más el boquete de la soledad, del desvalimiento, y enfrenta al abismo de la pregunta de ¿para qué sostenerse si la vida parece una ladrona que no ceja de sustraer los vínculos con los que sentir el impulso de resistencia?
La hija de un ladrón se ajusta a las convenciones de un cine realista que se desprende de cualquier estilización. Transmite la sensación de que se comparte cualquier instante que puede componer nuestra misma rutina. No es un otro lado del espejo, sino un reflejo crudo que confronta a la precariedad en la que de modo inestable tantos nos podemos sostener. La cámara no se agita demasiado ni el montaje se hace entrecortado, ni enfatiza la degradación o sordidez ambiental, aunque no falte algún desplazamiento de cámara que siga la nuca de un personaje para quien la realidad parece darle la espalda. Es una mirada que parece priorizar la noción de registro. Pero no sólo de la apariencia, sino de lo que falta. Es una convencional imagen de lo real, y su negativo desvelado. Es lo que es y no es. Un ser que bordea, cual funambulista, la noción de nada. No redunda con el esteticismo de lo miserable, ni sobrecarga con las turbulencias de la desgracia. Es una narración seca, cortante, como su misma conclusión. Mira desde esa distancia justa que constata la progresiva sustracción, constituida por suscesivos cortes, de la posibilidad de sostenerse siquiera con unos sentimientos solidarios, abismándonos en un aislamiento que es desvalimiento.

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