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miércoles, 8 de julio de 2020

Los años rugientes

En Los años rugientes (Gli anni ruggenti, 1962), de Luigi Zampa, el quinteto que controla la administración pública de Apulia teme la anunciada llegada de un inspector de Roma con el propósito de comprobar si se ajustan a la plantilla de buenos fascistas y aplicados administradores. Su temor se debe a su corrupción. Se han aprovechado de su posición de poder para enriquecerse, como si la realidad fuera una parcela de su propiedad. De hecho, se han adueñado de tierras o pisos que alquilan (sin dudar en echar a la calle a familias porque no pueden pagar el alquiler que les pide). Se creen seguros de su posición y carecen de remordimientos o escrúpulos. Por eso, resulta irónico que crean que el inspector es un agente de seguros recién llegado, Omero Battifiori (Nino Manfredi). Esa ironía define el tratamiento de comedia, a diferencia del dramático de El magistrado (Il magistrato), 1959), Proceso a la ciudad (Processo alla cittá) o Los años difíciles (Anni difficili, 1948), en la que el prototipo de hombre subordinado, que se deja arrastrar por los acontecimiento, el hombre cumplidor acostumbrado a ser invisible, un nadie que ejerce su labor funcionarial, adquirirá relevancia conflictiva cuando se sepa que no está afiliado al partido fascista. Se hace incómodamente visible por desentonar en el escenario instituido alguien precisamente que ha intentado simplemente ocupar la casilla asignada sin disentir ni replicar. Por otros motivos bien distintos, es lo que los administradores del poder en Apuia intentan evitar que les ocurra.
La circunstancia conflictiva de Años difíciles acontece en 1934, mientras que la de Los años rugientes tiene lugar dos años después, pero da igual el año, si es un régimen fascista o un Estado liberal o una monarquía constitucional en 1911 (Proceso en la ciudad), o una democracia (con la Democracia cristiana en el poder) en 1959 (El magistrado). En todos los casos la corrupción es moneda de cambio. El mordaz e ingenioso tratamiento de comedia de Los años rugientes le emparenta con El arte de apañarse (L’arte di arringiarsi, 1955) y El alcalde, el guardia y la jirafita (Il vigile, 1960), en ambos casos protagonizadas por Alberto Sordi. En la primera, encarna a la quintaesencia del arribista, ya que es socialista, fascista, social demócrata o comunista según quiénes detenten el poder. En la segunda, el guardia de tráfico aspira a ser alguien que destaca en el tráfico de la vida, sin que le preocupen demasiado las facciones (o solo en la medida que le favorezcan en ciertas circunstancias).
Los años rugientes se inspira en una obra teatral de Nikolai Gogol, la comedia satírica El inspector del gobierno (1836). La narración se sostiene de modo equilibrado sobre el equívoco, sobre la diferente perspectiva de unos y otro. Battifiori está perplejo con las sucesivas atenciones de los representantes del poder, los cuales intentan aparentar, o escenificar, que sus gestiones económicas, sociales o educativas son correctas, esto es, las que deben ser según los parámetros establecidos. Battifiori es un fascista por inercia, otro cumplidor que no se había preguntado demasiado por nada hasta esta circunstancia. Un equilibrista que se ajustaba a su circunstancia. Irónicamente, unas escenificaciones interesadas propiciarán su toma de conciencia, o el discernimiento de una realidad que ignoraba tras las imágenes que los representantes del poder (fascista) proyectan, una realidad definida por la injusticia social, las desproporciones y los desajustes entre lo que unos pocos poseen y muchos carecen. Atraviesa la narración como si atravesara el telón pintado de una falacia. En paralelo, una relación sentimental, con Elvira (Michele Mercier), la hija del alcalde, también evidenciará sus inconsistencias, o desajustes, cuando se revele que no es quienes todos creían que era. No es lo mismo amar a un fascista influyente que a un mero agente de seguros.
En la primera circunstancia de socialización de Battifiori en el pueblo, en un club, optará por la conveniencia de no complicarse la vida. Ante todo es un vendedor y no quiere situarse en una posición de conflicto que perjudique su propósito. De alguna manera es fascista más por inercia que por convicción. Aunque le parezcan desmesuradas la intervención de los representantes del poder fascista, cuando indiquen que ese club representa la actitud intelectual, por tanto, la oposición, Battifiori prefiere no ser asociado con el entorno conflictivo, con un lugar más anatemizado que privilegiado. Es una cuestión más de posicionamiento conveniente. Pero la confrontación directa con los habitantes de los barrios más pobres, precisamente cuando se le revele lo que los representantes del poder piensan que es él, será determinante para modificar su perspectiva y actitud. Incluso, propulsado por su embriaguez, no duda en poner en evidencia, en un evento en la alcaldía, los desafueros y las inconsistencias de los que rigen el escenario político como si fuera la realidad que dominan, dictan y controlan para su conveniencia y beneficio. Battifiosi varía de modo radical su modo de desplazarse por la realidad. En la conclusión, un travelling de alejamiento en el pasillo del tren, tras negarse a entrar en un compartimento en el que fascistas claman con orgullo su ideario, refleja cómo su toma de conciencia le distancia y aísla, pero también singulariza.

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