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viernes, 5 de junio de 2020

Escándalo en París

Eugene Francois Vidocq fue un criminal reconvertido en agente policial y detective durante la era napoleónica. Fue el fundador y primer director de la Sureté nacional y de la primera agencia de detectives. Se le considera el primer detective con firma reconocida, y pionero en ciertas técnicas científicas que se siguen aún utilizando. Inspiró a Edgar Allan Poe (su detective August Dupont) o Victor Hugo (la pareja protagonista de Los miserables), entre otros. Durante este siglo, fue figura central en la artificiosa y mortecina Vidocq (2001), de Pitof, y la sugerente El emperador de París (2018), de Jean-Francois Richet. Pero sus memorias ya inspiraron varias obras en la era silente, La Jeunesse de Vidocq ou Comment on devient policier (1909) y dos secuelas L’evasion de Vidocq (1910) y Vidocq (1911). Con el título de esta última, Jean Kemm realizó otra adaptación en 1922, y ya en la era sonora, en 1938, Jacques Duroy, que se centró en su etapa criminal. Escándalo en Paris (A scandal in Paris, 1946), de Douglas Sirk, también está inspirada libremente en las propias memorias de Vidocq, adaptadas por Ellis St Joseph. Nos encontramos en el territorio de Sirk, el de los espejos, el de los movedizos territorios de las identidades y las proyecciones, planteado como un juego, con un tono picaresco y vivaz a la par que culterano, desde los refinados diálogos hasta la relevancia significante de decorados y vestuario diseñados, por otra parte, con la meticulosidad de un orfebre, pasando por la exquisita dirección de fotografía de Eugene Schufftan.
El relato se inicia con la evocación, en voice over, del propio Vidocq (un admirable George Sanders) de su nacimiento en la celda de una cárcel (donde su madre solía tener sus hijos, y él fue el doceavo; detenida siempre por robar pan tal era su precariedad), ignorante de quién pudo ser su padre (nunca supo su nombre). Una elipsis de tiempo nos lo presenta ya adulto, en la misma celda, también preso por robar. Un hombre sin nombre que puede ser cualquiera por cuanto su vida se define por la carencia. Tras su fuga, con su compañero de andanzas, el bruto Emile ( Akim Tamiroff), quien contrasta con la exquisitez de modos de Vidocq, se encuentran en la singular situación de convertirse en modelos para representar, respectivamente, a San Jorge y el dragón en el mural de una iglesia, dado que en ambos rostros el sacerdote y el pintor aprecian los contrastes de la bondad y lo siniestro. Lo que representan no son lo que son. Son dos pícaros que para comer y sobrevivir aprovechan cualquier oportunidad, y disponer de un caballo puede ser ventaja para algo, por lo que aprovechando que posa sobre un caballo blanco, ambos se dan a la fuga. Con ironía, el narrador, el propio Vidocq, nos exime con una elipsis, del relato de los dos años en que sirvió en el ejército. El hombre con apariencia de santo seguirá aprovechándose su apariencia para conseguir la confianza necesaria, como es el caso de la cantante de variedades Loretta (Carole Landis), a quien roba la joya de su ligueron,para amargura del jefe de policía Richet ( Gene Lockart) que la utilizaba como reclamo.
En su camino, aprovecha uno de los cruces que inspira el azar, otra circunstancia peculiar. Se encarga de recuperar al mono de una acaudalada marquesa de Pierremont (Alma Kruger), y con reflejos se inspira en la inscripción en la lápida de un cementerio para cambiarse (o dotarse) de nombre, y de nuevo saber usar de modo beneficioso las apariencias, ya que la lápida pertenece a un aristócrata que conoció la marquesa. La dualidad definirá su circunstancia. Aun siendo huésped del hijo de la Vidocq, nada menos que el Ministro de Policia (Alan Napier), no duda en proseguir con sus andanzas de ladrón, ya que decidirá robar sus joyas. Pero surgirá la atracción por su hija, Therese (Signe Hasso), quien, ironías, se ha enamorado de su imagen de San Jorge, y, por lo tanto, de él. Literalmente, arrobada, en su presencia no logra articular palabra. En parte convicción y en parte ironía, Vidocq comenta que si también se queda sin habla la cuarta vez, se enamorará de ella. Vidocq utiliza sus artes escénicos para la feliz idea de montar una representación con el ministro de policía, haciendo alarde de sus capacidades deductivas, para encontrar las joyas que él mismo ha robado, y así conseguir que le nombren jefe de policía. Eso sí, con la idea, junta a la pintoresca familia de rufianes de Emile, a los que contrata como trabajadores en el banco, de robar éste. Pero entran en juego dos interferencias, una proviene del pasado, Loretta, y complica su circunstancia suspendida entre su apariencia de policía y su dedicación de ladrón, y otra perfila un futuro deseable, Therese, ya que, como explicita, está relacionado con quien puede ser, con quien desea ser. Hasta ese momento es alguien más bien definido por las apariencias, por la imagen que proyecta, por el juego de las simulaciones y fingimientos. Therese es la promesa de lograr ser una presencia y no una mera fluctuante apariencia, cual carrusel con forma humana, como ese tiovivo junto al que conversan Vidocq y Therese durante una cita en la que ella desvela cómo sabe quién no es, ya que sabe que posó como modelo que se apropió del caballo y que es un ladrón, pero no es óbice para que le ame. Está dispuesta a cambiar, y convertirse en ladrona, compinche, si él no cambia.
No deja de ser irónico que el cruce casual con Loretta sea por un sombrero que ella ha comprado, el cual es pisoteado por un caballo. Al fin y al cabo, la vida de Vidocq se ha definido por una sucesiva serie de máscaras como quien cambia de sombreros. A la par que Vidocq consolida su amor, lo que implica una transformación, y redefinición de su vida, esa otra alternativa o dirección de vida, la que representa Loretta, casada, por conveniencia, con Richet (aquel a quien quitó su puesto Vidocq) dispone de una trágica conclusión, determinada por los celos de él, quien, en el momento de asesinarla, va disfrazado de mendigo portando en su espalda unas jaulas de pájaros. Dispara sobre ella, una sombra tras un biombo (la primera vez que la vemos, en el escenario teatral, es una sombra). Un sutil juego de espejos. Disfraces y sombras. Esa otra vida de la que se desprende Vidocq. Pero Vidocq, aunque no haya hombre que sea un completo santo, debe desprenderse completamente del dragón que hay en él. Desiste de realizar el robo en el banco, lo que no satisface a Emile. Su enfrentamiento se dirimirá en el mágico escenario del tiovivo en el bosque, allí donde Vidocq y Therese se declararon no sólo su amor, sino donde descubrió Vidocq que ella, que se había enamorado de su imagen, realmente sabía quién era realmente tras su máscara de jefe de policía, y cuál era su pasado de ladrón. Ahí, Vidocq se enfrentará a su propio dragón, el que fue, luchando con su encarnación, Emile, como si fuera una acción de muda y transformación. Gracias a Therese, al amor, se ha convertido en su propio San Jorge, ha hecho de una imagen realidad.

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