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domingo, 22 de diciembre de 2019

Mujercitas 2019

Mujercitas (2019), la peculiar adaptación que ha realizado Greta Gerwig de la novela Louisa May Alcott, es una obra sobre el reajuste de una mirada, sobre el proceso de madurez que implica la asunción de que quizá no se sea como se piensa que es ni la realidad quizá fuera como se evoca. Comienza con la figura de espaldas de Jo (Saoirse Ronan), frente a la puerta acristalada de la editorial a la que intentará vender un texto, que preferiría, si es aceptado, que no fuera firmado. Es aceptado, pero ella a su vez, debe aceptar concesiones, que el texto no se publique de modo íntegro, es decir no como ella quisiera que fuera. Lo cual nos lleva a la pregunta, ¿cómo se sobrelleva que la realidad no sea como quisiéramos que fuera? Y ¿En qué medida escribimos la realidad?¿En qué medida, y no sólo quien se dedica al arte de la escritura, lo hace sobre la realidad de la que ha sido participe y proyecta la versión que prefiere evocar, también quizá condicionada por sus limitaciones, por sus particulares desenfoques?¿En qué medida se asume que la realidad no se ajusta a cómo quisiéramos que fuera, que no nos responda, reconozca, como deseáramos, es decir que no sea complaciente, y no valide cómo somos, y escribimos, cómo pensamos o qué enfoque planteamos? ¿En qué medida cuando se escribe, importa, a quien escribe, o se expresa en otro medio artístico, más el yo que el qué?
Son preguntas que se despliegan sutilmente a través de una narración que se estructura con saltos y alternancias en el tiempo, entre el presente de quien quiere consolidarse como escritora, y afirmarse como yo y mirada (con la expectativa, en primera instancia, de la ratificación de la mirada del entorno, como validación de que se aprecia y reconoce ese yo y esa perspectiva que se proyecta), y ese pasado, caracterizado, en general, por una luminosidad que, en ocasiones, colinda con lo artificioso (¿idealización?), para ampliar, precisar, ya en las secuencias finales, la interrelación, o contraste, entre presente y pasado, sino entre realidad y ficción, o más bien entreverando, con agudeza, cómo queremos conformar la realidad como preferimos (por tanto, entre realidad y su conversión en relato), y cómo, en ocasiones, y eso refleja la madurez alcanzada, hay un matiz diferenciador entre concesiones y asunciones de una perspectiva que quizá implique una apertura que supere el ensimismamiento del yo. Como es el caso de Jo, quien, quizá, por autoafirmarse y diferenciarse, o distinguirse, de su entorno, de la imposición de unos modelos, que en su caso, como mujer, implica la asunción de unos roles o unos deseos preferentes, se obceque, en exceso, en desmarcarse, pierda la perspectiva y se angoste en la autoindulgencia.
No difiere del planteamiento de su anterior obra, Lady Bird, en la que Christine (también Saoirse Ronan) prefería que le llamaran Lady Bird. Era un modo de singularizarse en su entorno, en Sacramento, y en particular del (avasallador) influjo de su madre. La colisión era la dinámica medioambiental de su relación. Una hija que se afirmaba ante su madre, pero aún así deseaba ser apreciada por ella. La narración enfocaba en una edad en proceso de formación y definición, en relación y contraste con los otros, una edad de forcejeos contra los influjos, anuladores o no, de los otros, y con la condición de estos como pantalla de los propios propósitos y sueños, y por tanto aún variables. Christine quiere romper con lo que era, cuyo emblema es el pelo que se tiñe, pero no se encuentra, se ofusca y tantea, con las amistades y los amores. Es un cuerpo que se busca y a la vez huye. Por eso, cambia de dirección, con sus decisiones, de modo brusco, sorprendiéndose a sí misma. Es una edad de búsquedas e interrogantes, confusiones y sublevaciones, aunque se acabe siendo aquello contra lo que se rebelaba. Christine asumía, al final, que era Christine y no un personaje que intenta despegarse de la película de su entorno. Y lo que era esa película, como los escenarios que la componían como capítulos de una rutina y unos rituales, queda adherida a ella, como un telón de fondo bajo la superficie que no tiene por qué, necesariamente, cortar sus alas. En Mujercitas, ese contraste, esa colisión, y esas contradicciones (con un entorno, con un modelo), está planteado en un estadio de edad inmediatamente posterior, ese en el que se comienza ya a definir y perfilar como ser social autónomo dentro de las coordenadas sociales (y ya no como extensión o satélite de otros, como una madre). Aunque importante diferencia con respecto al tratamiento, no transmite la sensación de aplicarse a una plantilla dramatúrgica convencional, como ocurría en Lady Bird, sino que está desarrollado con más agudeza, inventiva y sutilidad.
De la misma manera que un final feliz en un relato no implica, necesariamente, una concesión (y una degradación de la perspectiva realista), lo cual se instituyó en ofuscado lugar común para la vertiente esnob artística o crítica, rebelarse contra la imposición de un molde de mujer no implica negar la posibilidad de establecer un vínculo armónico amoroso. No es una concesión, como tampoco lo es aceptar los cuestionamientos ajenos. Lo que uno escribe, de acuerdo al propio sentir, es lo distintivo, pero no por ello, necesariamente, sea un logro, o no aún, como es cuestionada por quien reconoce su potencial (a la vez hombre que la ama, y al que ella corresponde, aunque se resista al respecto por priorizar su orgullo o un escenario de realidad a la contra), pero aún considera que no lo ha materializado en una obra equilibrada, o la altura de su talento. Los cuestionamientos no están dirigidos necesariamente a la realización de concesiones de acuerdo a lo que se considera que vende o el público demanda, también puede ser una crítica sincera que exponga las carencias o los defectos de una obra aún en proceso de afinamiento, como todo aprendizaje es un proceso de prueba y ensayo no exento de errores. Y eso implica la asunción de la decepción y la pérdida, y que haya quienes no deseen lo mismo que aquello a lo que ella aspira. Cada una aspira a una particular narrativa de vida (como su hermana Meg aspira al molde convencional de casamiento, con la asunción consiguiente de las precariedades que puede conllevar, porque una boda no es la conclusión feliz sino cruzar el umbral a una realidad de incertidumbres). En la secuencia final, en parecido espacio al del plano inicial, Jo mira de frente. Ha madurado su mirada, es decir, ha enfocado su mirada con precisión sobre sí misma, extirpándose la autoindulgencia en su relación con la realidad. No mira hacia su ombligo ni pretende que la realidad se ajuste a cómo la filtre a través del cristal esmerilado de cómo quiere que sea.

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