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sábado, 11 de marzo de 2017

Rififi

28 minutos dura la extraordinaria y minuciosa secuencia del robo a un joyería en 'Rififí' ( 'Du Rififi chez les hommes, 1955), de Jules Dassin, la quintaesencia, y quizás la cota más elevada, de este particular subgénero que es el de 'atracos'. Su trayecto narrativo condensa todo el proceso. La selección de los necesarios integrantes, en este caso cuatro. La meticulosa preparación, con sus consiguientes ensayos y pruebas (cómo encontrar el modo de poder anular la alarma; el seguimiento de los hábitos y horarios de los comercios cercanos o del paso de policías, lo que determina el plazo de tiempo del que dispondrán, hasta las 6 de las mañana cuando se active el movimiento cotidiano; cuál es el más adecuado modo de acceder la joyería: perforar una agujero desde el piso de arriba, y hacer un uso de un paraguas para que los cascotes no causen demasiado ruido en la caída ni estropeen las joyas en las vitrinas). La metódica ejecución (la perforación, el descenso por cuerdas, la desactivación de la alarma y la perforación última de la caja fuerte), antecedente de la excelsa 'La evasión' (1960), de Jacques Becker. No se hace uso de música en la banda sonora, sino que cobra realce el uso dramático del silencio ya que tienen que evitar el mínimo sonido audible para los sensores de sonido. La tensión de tener que finalizar la tarea a contrarreloj se estira hasta el extremo, y determina que tengan que dejar inconscientes a una pareja de policías intrigados por la presencia de su coche aparcado en un callejón. Y, por último, las complicaciones posteriores (en este caso debidas al error o la negligencia de uno de los componentes de la banda, quien no tarda en regalar una joya a una mujer que desea seducir, lo que propicia que se entere otra banda: esto determinará el acoso, torturas incluidas, para conseguir las joyas, el secuestro del hijo de uno de los de la banda, su rescate y el inevitable enfrentamiento violento).
Jules Dassin logra un equilibro modélico, una medida y concisa manera de narrar los distintos trances narrativos, conjugada con una turbadora y soterrada intensidad. En este aspecto es crucial el dibujo de su 'fronterizo' protagonista, Tony (un gran Jean Servais). Un hombre ya superados los 50 que exuda fatiga y deterioro, como la tos que a veces le supera por sus problemas pulmonares. Es presentado en una timba de cartas, y necesitado de dinero, como quien va a la deriva. Esa condición de ánimo fronterizo empapa la narración. La negrura de su mirada rebosa amargura y decepción. Es una sombra resentida. Recién salido de la cárcel, de la que acaba de salir tras cinco años, aún es prisionero del despecho: piensa que su antiguo amor, Mado ( Marie Sabouret) fue quien le delató a la policía. Su principal deseo es volver a encontrarse con ella para escupirle su rabia herida, por eso en primera instancia rechaza la propuesta del atraco que le plantean Mario (Robert Manuel) y Jo (Carl Mohner). Tras que se haya desahogado con ella, humillándola, exigiéndole que se despoje de las joyas que le relacionan con su nuevo amante, y que reflejan su prosperidad en contraposición a su deterioro, y azotándole con su cinturón, será cuando decida aceptar la propuesta. No hay piedad en él, porque es una sombra. 'Rififi', la canción que canta Vivianne (Magali Noel) en el night club alude a la violencia masculina con una mujer, reflejado en el juego con las sombras de figuras tras la cantante (aunque el título original amplia esa virulencia, en alusión a una masculinidad bronca: De bronca con los hombres/Du Rififi chez les hommes).
Esa herida emocional se conjugará con el atraco, ya que ambas líneas dramáticas convergerán. El amante de Mado, es decir su rival, el dueño del night club, Grutter (Marcel Lupovici), será quien intente apropiarse del botín cuando se entere por una de las chicas que trabaja para él del regalo que le dio el cuarto componente del grupo, Cesar (Jules Dassin), el experto en abrir cajas fuertes que, irónicamente, será el que deje en evidencia su participación en el atraco, y la de sus compañeros cuando los delate tras ser torturado. Su ejecución no estaba planteada en la novela. Dassin la añadió como vínculo con su propia experiencia. Fue delatado por los cineastas Edward Dmytryk y Frank Tuttle en 1951, ante el Comité de Actividades Antiamericanas, por lo que fue puesto en la lista de negra de Hollywood que le impedía conseguir trabajo como director, motivo por el que abandonó el país. Intentó desde entonces realizar un par de películas, pero la presión desde Estados Unidos lo imposibilitó. Hasta que conoció al productor Henri Berard, quien admiraba su anterior obra, la también magistral 'Noche en la ciudad' (1950), por lo que le ofreció la dirección de este proyecto que había considerado Jean Pierre Melville (el autor de la novela adaptada en 'Rififi', Auguste de Breton, había sido dialoguista en la excelente 'Bob el mentiroso',de Melville). A Dassin le disgustaba las diferencias étnicas entre las dos bandas. No quería que fueran argelinos los rivales, ni tampoco estadounidenses como le planteó Berard. Le parecía que distraía de la cuestión nuclear, esa condición humana bronca que despliega la violencia por falta de escrúpulos o por resentimiento herido. El trayecto final, de honda emoción, supone una particular redención para Tony, la recuperación de su confianza hacia Mado y la asunción de un sacrificio para restituir sus errores, ya que enfrentarse al dueño del night club supone enfrentarse también a su propia turbia oscuridad. Excelente la banda sonora compuesta por Georges Auric.

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