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sábado, 3 de diciembre de 2016

Dog eat dog

'Justicia, antes buscaba ante todo justicia, pero ya busco lo mismo que todos, lo demás es palabrería'. Todo gesto resulta inútil, si la realidad ya es una espesa niebla, la niebla de una realidad desmoronada. Sueño o realidad, es irrelevante, como ya lo eran los sueños de los protagonistas a la deriva de 'Dog eat dog' (2016), de Paul Schrader, una precisa adaptación de la cortante narrativa de la novela de Eddie Bunker que a la vez se desmarca como una muy personal variación, un particular ajuste de cuentas por parte de Schrader, que no deja de ser un escupitajo que se sabe sólo dirigido a un viento que lo devolverá porque la justicia no es lo que prima. Y lo hace con una desenvoltura no precisamente habitual, desmarcándose de la austeridad y laconismo de su estilo, como quien redescubre las posibilidades formales de los diferentes recursos, del color y del blanco y negro, del montaje, de las distorsiones y los ralentíes, el encuadre mismo como un espacio maleable y moldeable,en una deriva narrativa, entrecortada, discontinua, de nexos seccionados, que se corresponde a la del trío protagonista, Troy (Nicolas Cage), Mad Dog (Willem Dafoe) y Diesel (Christoph Matthew Cooke), tres ex convictos que no han conseguido encontrar la estabilidad en su vida, la inserción deseada, y recurren de nuevo a los atracos o variados golpes de encargo, como si ya estuvieran condenados a habitar un bucle que les arrojará de nuevo, tarde o temprano, a la prisión, a no ser que la muerte violenta lo impida (ese cautiverio como una segunda piel ya se refleja en el mismo hecho de que porten uniformes de policía en uno de sus golpes).
No tienen ya conexión con el mundo, siquiera con las mujeres. El mismo Mad Dog mata a dos en la secuencia inicial; su trastorno, su condición terminal ya indica el abismo en precipitación en el que están sumidos, aunque aún Troy se engañe con la posible búsqueda de justicia, y Diesel soporte el desquiciamiento de Mad Dog como si no perteneciera a su misma realidad, como si no fuera el reflejo distorsionado de su propio desajuste con una realidad con la que no hay conexión. Ni siquiera cuando alquilan el cuerpo y la atención de unas mujeres logran un provisional momento de armonía; Troy se extravía en su ensimismamiento; Mad Dog echa irritado a la mujer que le hace la felación porque aburrida por la falta de reacción de su pene se dedica a mirar su móvil al mismo tiempo; y la que parece que encuentra en principio una relación más cabal, la que está con Diesel, se asusta, temerosa de una agresión, por cierta imprevista reacción susceptible.
En el final de 'Perros de paja' (1971), de Sam Peckinpah, otra película que muerde con rabia, el protagonista, encarnado por Dustin Hoffman, conduce en la niebla, y confiesa que no sabe ya dónde está su hogar. Ya estaba definitivamente perdido tras enfrentarse al reflejo distorsionado de la violencia que él desparramaba con su actitud y maneras aparentemente civilizadas, esa violencia permitida porque el puño no es visible sino que se escuda en el maltrato y desprecio de palabras y gestos. El desenlace de 'Dog eat dog' transcurre en una cerrada niebla. Quizás sueño o realidad. Da igual si se es abatido en la niebla en un enfrentamiento con varios policías, cuyos disparos no distinguen si es el delincuente que persiguen o una pareja de ancianos inocentes, o si se es arrastrado con crueldad, enganchada la esposa que oprime su muñeca a una de las ruedas, por un coche policial. De un modo u otro, el final es el mismo. No ha dejado de ser arrastrado por la vida, por una ley que no le ha permitido un mínimo resquicio para encontrar el lugar en el espectro legítimo de la sociedad, abocado a los turbios márgenes de los trabajos sucios con pasamontañas y escopetas de cañones recortados. A Troy le dicen en repetidas ocasiones que habla como Humprhey Bogart, pero no es una película la que vive, por eso es arrastrado o abatido. Schrader ha debido recuperarse de la decepción por la manipulación y alteración de montaje que sufrió su obra precedente, 'The dying of the light' (2014), convertida en anodino celuloide. A través de unos personajes en los que ha expresado su grito de repulsa, como fantasmas de su propia impotencia (probablemente, haya disfrutado como un niño interpretando al delincuente que les encarga los trabajos), se ha desatado con su obra menos contenida, un derroche exuberante que transforma la crispación en el desapego de una carcajada irónica que hace sangre con un mundo que poco sabe de justicia y sí mucho de vana palabrería.

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