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viernes, 15 de abril de 2016

Les chateaux de sable

¿En qué momento quien es el centro de tu vida ya es cualquier otro?¿En qué momento quién más amabas se convierte en un extraño? Ya un fotografía en blanco y negro, tiempo ya no capturado sino atascado, como si hubiera sido extraída la vida y sólo quedara la tumescencia del recuerdo. El sueño es ya sólo un eco, una figura carbonizada en papel de fotografía. Pero no dejas de sentir su ascua, y aún colea como el rabo cortado de una lagartija. Pero ¿se anhela que crezca, o es un impulso que te supera? ¿Qué es ya posible? ¿Se puede restituir la conexión? ¿Queda sólo el fantasma del vínculo seccionado, del sueño desmontado? ¿Es un mero espasmo la recuperación provisional del forcejeo de los cuerpos o se restituye lo quedó magullado por los miedos, las torpezas, aquella repentina necesidad de buscar en otro cuerpo una espita en la rutina de la estabilidad de la relación? Aunque quizá fuera la atracción del abismo que necesita la convulsión porque teme que la gravedad de la armonía pueda asfixiar como cemento de estatismo. Quizás aquel desafío manifestaba resentimientos no conscientes, también como un espasmo que buscara en otro rostro una variación que no espera que afecte de modo drástico aquella armonía sino que sólo sirva de acicate, de reprimenda también. Sólo se pretendía agitar el envase, la peana del sueño. Pero se resquebrajó el sueño. Samuel (Yannick Rennier) no aceptó que Eleonore (Emma de Caunes) mantuviera aquella pasajera relación con otro hombre. Un acicate, una reprimenda, se puede convertir en daño. Por eso ¿En qué momento se produjo esa transición? Por eso, el castillo de los sueños es un castillo de arena, y el agua acaba deshaciendo la arena, y desfigurando lo que se creía que era inalterable.
En 'Castillos de arena' (Les chateaux de sable, 2014), de Olivier Jahan, los personajes principales tiemblan, indecisos, ofuscados, en sus afectos, en los rescoldos de sus emociones, como si la marea les arrojara, una y otra vez, a una orilla que nunca se logra definir, con una sensación de extravío, como un náufrago en una tierra extraña. Aún no se discierne dónde se diferencia el yo y el él. ¿Quién es el otro? ¿Qué siento yo? ¿Brota lo que siento de la falta y de la pérdida, o de los rescoldos que aún vibran entre uno y el otro? Es una transición en la que se pierde pie ¿cómo perfilar de nuevo los cimientos? No sé cuál es el cuerpo que es mi hogar, cuál quiero, por qué busqué otro, por qué me apoyo en otro que es sólo eco o pálido remedo de aquel otro. La película transmite en los vaivenes de la narración, en los saltos de perspectiva y voz, ese vaivén de confusiones emocionales y sensación de extravío. Se inicia con la voz de Eleonore que evoca en escuetos planos la vida de su padre fallecido en su última casa. Esa casa a la que se dirigirá, acompañada de quien ya no es su pareja, Samuel, para venderla. Un hogar que ya no es, una relación que ya no es. Lo lleno es ahora vacío. ¿Cómo superas el fantasma de la pérdida? En ocasiones se corporeiza el fantasma del padre, el vaho del aliento del espejo. Hay otros fantasmas que aún están dotados de cuerpo.
En momentos puntuales,los personajes se dirigen a cámara. Pero predominará una tercera voz, o voz en tercera persona, que puntuará y comentará la narración, y hasta revelará lo que piensan y desean, pero no manifiestan, los personajes, una voz que al final se descubrirá que pertenece a un personaje secundario, quien descubrió que para la persona que amaba era un sustituto que no logró ensombrecer el eco de quien había amado antes. Hay grados. Hay quien se convierte en el centro de tu vida, y lo seguirá siendo su fantasma aun cuando desaparezca como si hubieran seccionado un miembro de tus entrañas. Conectarás de nuevo, pero no será lo mismo. Esa mujer amaba al padre de Eleonor, el padre que ha perdido, por lo que esa tercera voz, o voz en tercera persona, no deja de representar esa sensación de confusión y pérdida en cuya resaca se siente zarandeada. Y lo mismo Samuel, quien no sabe por qué la acompaña, si debería estar alejándose de ella, ahora que mantiene una relación con otra mujer, si aún le abrasa el resentimiento. O ¿qué es eso que siente? ¿No ha realizado aún la transición? ¿Aún no ha encontrado el hogar de sus emociones, está aún escindida entre el cuerpo que enmascara una desazón y el fantasma de la herida que aún duele y quisiera que cicatrizara y recobrara la ilusión de cuerpo indemne? Una casa que cambia de habitantes. Qué se quiere dejar, qué se quiere conseguir. Un hogar, unos sentimientos, mudanzas, cambio de relaciones, transiciones que necesitan definirse, si lo son o no lo son, quién es el otro y quién yo, qué quiero yo y qué quiere el otro, ¿hay que asumir la mudanza o hay posibilidad de que las conexiones dañadas puedan ser restituidas?. Confusión de los castillos de arena de los sentimientos. Interrogantes que flotan en la orilla incierta. Uno de los bellos excursos en primera persona, sobre la diferente forma de (sentir) dormir con una pareja, al son de la música de Patrick Watson

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