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lunes, 4 de abril de 2016

La invitación

El recorrido de la vida es un sendero atravesado por los accidentes. No sabes cuándo irrumpirá en tu trayecto. Puede ser como un coyote que irrumpe delante de tu coche sin que te dé tiempo a reaccionar. No sabes cómo afrontarás la pérdida, el dolor. Si serás capaz de mitigar y sajar la pesadumbre de los otros, y la propia, para poder continuar el trayecto. Un golpe seco, y evitas que pueda dilatarse el dolor, aunque no desaparecerá, te acompañará como un agazapado pasajero. Pero al menos sabes que te acompaña. No dejas de mirar por el retrovisor la pérdida que ya ha dejado huella en tu vida. En cambio, quizás incapaz de afrontar el rumor de un dolor que no desaparecerá intentes matar ese dolor a través de otros. Infligir daño quizá pueda ser la solución para encontrar la mágica respuesta a tu invocación de la mitigación de tu dolor. El sacrificio de otros, sea animales, o humanos, ha sido recurrente como ritual que camufla la negación de lo real bajo la sublimación de la contraseña que conecta con lo trascendente que resuelve como un resorte tus faltas y necesidades. En 'La invitación' (2016), de Karyn Kusama, se realiza un mordaz cuestionamiento sobre cómo se afronta la pérdida y el dolor en nuestra sociedad. Will (Logan Marshall-Green) es invitado por su anterior pareja, Eden (Tammy Blanchard), a una reunión de viejos amigos que no se ven desde hace dos años. En el trayecto atropella a un coyote. Para evitarle sufrimiento en su agonía lo remata. Es un gesto que define su actitud. Asistir a ese evento abre heridas de su pasado. O evidencia cómo aún no están cerradas. La narración se hace eco de esa fractura a través de irrupciones del pasado, evocaciones de su vida conjunta, rota por la muerte de su hijo. Ambos han afrontado aquella pérdida y el dolor de un modo diferente.
La narración se sostiene cual ágil funambulista sobre un filo. En Will se va sedimentando la impresión de que aquella cita resulta particularmente extraña. Siente que le van a dar un golpe seco pero no para mitigar el dolor de su agonía sino para proporcionar la ilusión de que se libera la de quien inflige el daño. Hay una intangible fisura que le hace sentir que hay algo amenazante en la cortés y sonriente actitud de Eden y su actual pareja, David (Michiel Huisman). ¿O quizá esa impresión se deba a la pesadumbre que aún arrastra? ¿Su percepción está ofuscada por esos sentimientos? ¿La amenaza agazapada es real como la siente el protagonista o es fruto de su ofuscada percepción? La narración se despliega fluidamente sobre esa ambivalencia. Los detalles desconcertantes, anómalos, quizá simplemente sean reflejos de una diferente forma de afrontar la pérdida y encauzar, habitar, la realidad. Quizá no haya nada inquietante, más allá de resultar chocante, en el hecho de que se hayan unido a esa secta, ni siquiera en el hecho de que les pongan una grabación en la que una integrante de esa secta afronta en paz su muerte. Quizá sea todo una extravagancia, las particulares elecciones con las que intentar maquillar las aristas de la realidad.
Tampoco hay que preocuparse por el hecho de que se una al grupo de amigos alguien, Pruitt, que pertenece a esa secta, aunque lo sea por el hecho de que está encarnado por John Carroll Lynch, el actor que interpretaba al personaje sobre el que recaían las sospechas de que fuera el asesino del Zodiaco en 'Zodiac' (2008), de David Fincher, detalle de resonancia siniestra con el que también juega hábilmente la narración. Se introducen brechas de oscuridad, como esa imagen que entreve Will al llegar, la figura en penumbras de una mujer, que porta sólo una camiseta corta, desnuda de cuerpo para abajo, en el umbral de una puerta, que resulta ser otra integrante de esa secta, Kira (Lindsay Burdge), o el detalle de que David coloque un farol rojo en la rama de un árbol del jardín, quizá como una señal, quizá como una luz para evitar naufragios, y que nadie sea de nuevo atropellado. O quizá la señal de que somos uno más que no sabe afrontar la pérdida y el dolor, una lágrima que se niega en la sangre de los que sacrifica para mantener la ilusión de que todo puede permanecer indemne. En el daño a los otros puede residir la propia inmunidad.

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