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lunes, 18 de enero de 2021

Los buenos vecinos (Acantilado), de Clara Pastor

                          

Y el día le pareció de pronto una eternidad llena de pequeñas tareas cumplidas que convivían con un  fondo  azorado de grandes cosas por pensar y resolver que ahora era incapaz de definir. Los excelentes relatos de Los buenos vecinos (Acantilado), de Clara Pastor (1970) son una cautivadora coreografía de la sugerencia. La resonancia de lo que subyace entre las palabras y frases se acompasa a lo indefinido o inexpresado que trama los distintos estados o procesos de relaciones que se radiografían con precisa y aguda luz indirecta, sea un amor no materializado, una relación que se deteriora o una relación que se angosta en las turbiedades de la rutina. En un par de relatos, a través de una carta póstuma o un diálogo en un lecho de muerte anunciada, los personajes revelan como no fueron capaces de expresar lo que sentían cuando deberían o quisieran haberlo hecho. Nos despedimos y ni ese día ni ninguno de todos los que me acompañaste fui capaz de decirte lo que sentía (…) Él lamenta no haber hablado, no haber actuado, no haber sabido ser más que la presencia que la alimentaba. Dejaron pasar las décadas, afianzaron otras relaciones que no dejaban de ser bruñidos reflejos de lo que no fueron capaces de articular con la necesaria decisión, quizá también porque en ocasiones las emociones desbordan y empantanan. Los pensamientos discurrían tras ellos como nubes encadenadas que pasan sin descargar. En el melodrama genuino los amores contrariados, por indeterminación o circunstancias complicadas, han sido una convención o constante que se funda entre el contraste entre la exuberancia de la emoción que anhela ser música y el amordazamiento de lo que no logra liberarse, un forcejeo que traza una catarsis en la sublimación del sueño intacto que no pudo materializarse. En ese instante ambos supieron que ellos eran los amantes de todas las historias de amores contrariados: ellos eran el mundo y el mundo existía sin ellos. La consciencia de la indiferencia de la naturaleza, o el mundo, la insignificancia revelada, se compensa con la plenitud y excepcionalidad de lo que no pudo lograrse. Lo que se soñó no encontró la prueba de la decepción, porque no se hizo tiempo, sino que permaneció en la mácula de la posibilidad. Yo con lo que vivía en mi interior, que nunca acababa de encontrar su materia fuera de mí. Clara Pastor delinea con agudeza la sombra de esos sentimientos, y rastrea las torpezas que impiden que logremos dotar de cuerpo al sentimiento con la relación anhelada, como si en parte temiéramos que con la materialización nos enfrentaríamos tarde o temprano a la decepción. No resulta difícil tampoco articular lo que se siente y piensa cuando las relaciones se quiebran, como fácilmente las emociones pueden enquistarse en unas hostilidades ritualizadas en lo que se podría denominar más que sentimental una relación taxidérmica. Una corriente hostil detrás de las palabras que, una vez dichas, dejaban en el ambiente un aire frío, y entre ellos una indiferencia absoluta por evitar que éste acabara de helarse.

El recurso en buena parte de los relatos del contrapunto de las figuras naturales de los animales (o plantas) evidencia, como una luz amplificada, la falta de naturalidad de las relaciones, cómo se enmarañan en lo que no logran expresar o en lo que no quieren expresar escudándose en omisiones o desvíos convenientes. O con qué facilidad nos atropellamos unos a otros con nuestras inconsecuencias, crueldades, indeterminaciones o retorcimientos. En un par de relatos se alude a los atropellos que sufren los animales. Es que hay tantos animales a los que les pasa, y es injusto. Es porque ellos no conocen a diferencia entre el camino y la carretera, y los coches los pillan por sorpresa. Nosotros sabemos de vías de comunicaciones pero parece que nos cuesta desenvolvernos con la línea recta. O establecemos códigos de circulación que más bien impiden toda fluidez de circulación comunicativa, llámese calidez y empatía, como el contraste entre las caricias de una niña a un gatito recién nacido que desearía adoptar y la aspereza con que la trata su padre, con su mano alzada en gesto de amenaza de bofetada como recurrente señal de tráfico.

 El descubrimiento del cadáver de un perro que unos cazadores dejaron morir (mataron lentamente), colgado cruelmente de un árbol, confronta con la asunción de la pérdida de un hijo. Se ha descorchado el dolor ahí donde estaba guardado y que ella ha vuelto a revivir la pérdida de su hijo recién nacido y la obsesión por repararla. La mente intenta crear un escenario que haga sentir que el dolor no nos inunda, como la protagonista imaginando que un chico con joroba y cara retorcida refleja la estampa del amor, cuando podría más bien contemplarse, desde el reflejo del perro colgado, como el fracaso de sus padres. Una niña pregunta por unos conejos que penden desollados mientras la madre se siente desollada por el desencuentro de su relación afectiva, que cuelga suspensa en la diferencia entre lo que uno tiene y lo que desearía. De nuevo, palabras que ocultan  más que precisan, emociones que se escurren porque no quieren mirar de frente. La piel de otros, cuando una se siente desollada, irrita. Duele. Una niña celebra que el gato de un vecino siempre la espere y la reciba con efusividad mientras la madre desespera porque su amante de nuevo frustra otro reencuentro por la indefinición de lo que siente, que parece desdibujarse en la bruma de lo que quiere. Un gato que reaparece, como energía reparadora, porque los gatos parecen saber cuándo nos sentimos mal, y nos reconfortan. En otro relato, una mujer salva a un gato de los juegos crueles a los que los humanos tienden en su niñez, inconsciencia que se justifica con el sinónimo de la inocencia, y que en la presunta edad adulta se justifica con la suficiencia de nuestra presunta superioridad como especie, aunque no sepamos articular nuestras emociones o tendamos a atropellar, por activa o pasiva, las de otros. Cuando no simplemente cacareamos como un gallo, aunque quizá los gallos protestaran cuando se sentían solos y no que anunciaran la llegada de algo que todos sabían. Nos angostamos en las rutinas y la suficiencia acorazada de las apariencias que ocultan los huecos con los que tramamos nuestras relaciones, con respecto a los cuales Clara Pastor efectúa una sutil coreografía de demolición con los armónicos pasos de baile de su afinada escritura.

 

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